Por Rafael Alfonso
Si hacemos un poco de memoria de nuestros días de escuela o recordamos alguna misa dominical lejana, es muy probable que la palabra concupiscencia nos evoque el eco de un sermón antiguo, un tono inquisidor o la sombra del pecado. La tradición moral cristiana nos enseñó durante siglos que la concupiscencia era la inclinación casi diabólica hacia los placeres terrenales. Sin embargo, si nos atrevemos a quitarle el polvo del catecismo, a despojarla de la culpa y a mirarla con la linterna de la psicología profunda, descubriremos que la concupiscencia es, en realidad, un concepto que describe quirúrgicamente varios fenómenos que hoy en día nos acontecen.
Etimológicamente hablando
La palabra proviene del latín concupiscentia, que significa sencillamente "deseo ardiente" o "apetito voraz". En términos generales, se refiere a un apetito intenso y desordenado hacia la satisfacción de deseos, encontrándose dos tipos principales: La concupiscencia carnal o sensual —que incluiría la intoxicación por bebidas o sustancias y ¿cómo no?, el apetito voraz por los alimentos—. Existe también la conscupiscencia material que se expresa en un anhelo excesivo de bienes mundanos, entre los que yo incluiría el entretenimiento.
En el psicoanálisis no nos interesa juzgar moralmente tal apetito como "bueno" o "malo". Lo que nos llama la atención —y nos preocupa— son sus cualidades y la frecuencia con la que ese apetito desordenado, compulsivo y desbordado se hace presente en nuestra práctica clínica, sobre todo por las consecuencias psíquicas y de salud que tal voracidad acarrea para nuestros pacientes.
Un caso que nos enseña mucho
Hace un par de años tocó a la puerta del consultorio, Genaro, un hombre de poco más de 60 años que padecía de un desánimo generalizado, pues presentaba, además de obesidad, varios problemas de salud provocados por la diabetes y la hipertensión. El colmo llegó cuando un par de meses antes había sido diagnosticado con insuficiencia renal. El ánimo de mi paciente estaba tan decaído que su esposa e hijos, temiendo por su bienestar, buscaron la ayuda. En poco tiempo pude anoticiarme de que, antes de que la enfermedad le alcanzara, sus hábitos no estaban orientados a procurarle una buena calidad de vida en la edad madura. Su dieta había sido rica en carbohidratos, azúcares, frituras y alimentos ultraprocesados que, aunados a su sedentarismo, agravaron su obesidad. Las bebidas embriagantes y los cigarrillos también contribuyeron al deterioro de su salud que, además, provocó en su familia un boquete financiero, pues mi paciente no está afiliado a ningún servicio de salud.
A Genaro le sucedió lo que nos sucede a muchos de nosotros, hombres y mujeres; me refiero a cargar por muchos meses con síntomas y malestares antes de acudir al médico. Lo común es aducir todo tipo de excusas y razones, entre ellas la de orden económico y moral, como aquella que dicta que como hombres debemos aguantarnos hasta deveras no poder más, pero es conocido que este argumento es falso, pues eventualmente se devela que la o el susodicho posterga emprender la cura ante la perspectiva indeseable de tener que abandonar apetitos muy arraigados.
Sumado a los malestares derivados de haber abandonado de golpe y por obvia necesidad malos hábitos de consumo, de este deterioro se desprendieron para mi paciente dos consecuencias dolorosas: La disfunción eréctil, que trajo la suspensión de su vida sexual y el avinagramiento de su carácter.
La concupiscencia hoy
Como espero haber ilustrado, al hablar de la concupiscencia no lo hacemos desde una sanción moral, sino que vemos con información clínica las consecuencias de un fenómeno más común de lo que quisiéramos, pues el caso de Genaro es uno de muchos parecidos. Hoy, más que en ninguna otra época de la historia, vivimos inmersos en una cultura de la concupiscencia digital y sensorial. Y aunque este fenómeno abraza a todas las edades,incluyendo la nuestra, son los jóvenes quienes en un plazo no muy largo estarán pagando la factura más alta por este festín incesante de estímulos.
En estos tiempos de precariedad laboral y crisis de población que amenazan la sustentabilidad no sólo de los sistemas de salud del estado, sino un buen futuro para nuestras hijas e hijos,¿cuántos jóvenes hoy en día se someten a verdaderos buffettes sensoriales que incluyenbebida, antojitos y, en general, una entrega al placer desordenado? Es importante aclarar algo, el problema que en un futuro enfrentaran no lo representa el placer en sí mismo, sino el desorden, pues una vez que se cruza la línea del desorden el retorno es sumamente difícil, me atrevería a decir que casi imposible. Sin embargo, cuando uno es joven hace gala deomnipotencia de pensamiento la cual nos lleva a perder de vista que algún día vamos a envejecer o a enfermar. La evidencia clínica nos muestra que llegar desordenadamente a esas instancias impacta directamente en la calidad de vida que aspiramos tener.
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