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Andador de Letras / El retorno del sisillo

Foto(s): Cortesía
Redacción

Pipe Bohórquez

Entonces los sisillos se tornaron aún más feos. No por su apariencia de cerca ni por la alergia que causaban, sino por sus voraces hábitos destructivos. La peor de las malezas, que donde pasaban ya no crecía ni un árbol, siendo peor que el efecto invernadero según la WP.

«¿Será que los guajiros nos la están montando? Si vivieron con sisillos en sus sueños por tanto tiempo, entonces por qué no se tomaron la patriótica labor de decirnos cómo se les dice en wayú a estos infernales seres», argumentaba Don Pío con sus expresivos ojos surcados.

Los sisillos sin nombre, desterrados, adorados por su divinidad, fueron también odiados por su colombianidad. Al principio los quisieron deportar del norte, pero, como eran miles de millones, se denominó como calamidad global. Esto conllevó a su exterminio masivo con usos autorizados, desde la fumigación extensiva hasta el simple machetazo.

«Nosotros nos cubríamos y salíamos a buscar enjambres de sisillos con nuestro equipo de fumigación. Después de terminar, contábamos los muertos y Orden de Control nos pagaba por kilo. Yo me hice más de un millón de kilos. El Efraín Pérez, a ese vergajo ya ni ceros le cabían, ni en la cuenta del banco. El desgraciado se hizo rico matando a esas pobres criaturitas», comentaba mientras su mano temblorosa, pero decidida, se cerraba en puño.

Le declararon la muerte hasta que dejaron de verse como antes aleteando por doquier y, después y así como si nada, se extinguieron de una vez por todas. Se extinguieron también nuestros héroes criollos, y las películas internacionales perdieron su mayor fuente de lucro. Aunque después las compañías aprovecharon y lo convirtieron en género histórico, reencauchando la misma trama una y mil veces. Cuando Efraín salía, le cambiaban el nombre por Eddie o Jack para que vendiera más. Lo único que no se pudo evitar fue la llegada de la gran nube gris y los torbellinos del polvo.

«Ese Efraín tenía más cara de indio que su taita, mija, y era rebarrigón. Pero bien alto, fornido y mono que se veía en las películas. Me llegó hasta a caer bien después de verlo tantas veces personificado en la pantalla», decía don Pío, soltando sonoras carcajadas.

En conclusión, durante décadas no se vio ni un solo sisillo y todo se volvió polvo, gracias al protocolo de la WP. «Sí, por décadas, hasta el día de hoy», pensé, como respondiendo al cucho. Bueno, y así fue la cosa. Y pensando en sisillos llegué finalmente al cole después de una extenuante caminata. Toda empapada de sudor, lo primero que hice fue retirar el traje de protección contra el polvo. Después seguí mi rutina y por un momento me olvidé de aquel sisillo hermoso. Solo me dejé llevar por el día y las asignaturas pendientes.

Ya en camino a mi última clase, me acordé de nuevo en aquel pequeñín. Una parte de mí titubeó en reportarla por visionet a la SIJIX, pero otra parte pensaba en las palabras del viejo. «Si acabaron con la Gran Sisillota, seguro ellos van a estar de luto por un tiempo, mija, de pronto es eso. Ojo, que eso no lo dice la WP. Para ellos fue gracias a las medidas de contención. Es que yo aún pienso que el problema fue que los matábamos sin mirarlos a los ojos». «Si hay una, hay más de mil», pensé de nuevo. Entonces me llené de alegría en lo que me limpiaba los ojos después de la clase de computación.

Semblanza: Felipe Bohórquez es un escritor colombiano con trayectoria en iniciativas de desarrollo humano y formación, tanto en política pública como en sectores como la banca y la tecnología educativa. “El retorno del sisillo” forma parte de la antología de cuentos Tierra de oro y esmeraldas (Grupo Editorial Letras Negras, 2024). Es un honor para el autor compartir su obra con el público oaxaqueño, al que admira profundamente por su riqueza cultural. Esta colaboración ha sido posible gracias a la amable y desinteresada gestión de Jorge Pech Casanova a quien agradecemos su interés por este espacio.

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