Esta semana, el gobierno de nuestro país anunció el arranque del plan masivo de vacunación contra la COVID-19. Después de un año tan oscuro, por fin se ve la luz al final del túnel; sin embargo, la rapidez y eficacia con la que se desarrolló una vacuna contra esta enfermedad que paralizó al mundo, ha desatado muchos miedos y dudas legítimas. Es verdad, nunca antes en la historia, una vacuna había sido producida y validada tan rápido, pero es que somos testigos de los avances tecnológicos más importantes de la ciencia.
Antes que nada, es importante recalcar que las vacunas han sido las mejores aliadas históricas contra los patógenos, millones de vidas salvadas, enfermedades totalmente erradicadas (como la viruela) son prueba irrefutable de que las vacunas funcionan. Pero, ¿cómo lo hacen? Existen diversas estrategias, pero todas comparten el mismo objetivo: preparar al cuerpo para la llegada de un patógeno. El sistema inmunológico se encarga de protegernos de éstos y tiene una cualidad muy particular: memoria. Cuando se enfrenta a un nuevo patógeno, “aprende” cómo luchar contra él y cómo identificarlo; si el mismo virus ataca posteriormente el sistema estará listo y sabrá cómo desactivar el virus sin desarrollar la enfermedad. Las vacunas utilizan esta memoria celular para inmunizarnos sin pasar nunca por la enfermedad.
Tradicionalmente, las vacunas exponían nuestros cuerpos a versiones debilitadas del virus, el cuerpo conseguía “vencer” al virus debilitado y con ello ganaba la inmunidad: sin embargo, las nuevas vacunas –que combaten al SARS-Cov-2- usan una estrategia distinta.
Este virus del que tanto hemos escuchado a lo largo de este año, no es más que un trozo de ARN (código genético con instrucciones para propagar la enfermedad) rodeado de una capa de grasa para protegerlo, que lleva incrustadas espículas de proteína, esas que forman la corona y dan nombre al virus. Con las espículas de proteína, el virus logra engancharse a las células humanas para después introducir su ARN; las espículas son las llaves a nuestro cuerpo. Cuando el ARN entra a la célula, la obliga a crear copias del virus; de cada una de sus partes, es decir no solo del ARN, también, de la capa de grasa y de las espículas.
Ahora viene lo interesante: nuestro sistema inmunológico es capaz de reconocer y entrenarse contra un virus sin tener que verlo completo, le basta con ver algunas partes concretas.
Las nuevas vacunas se basan justamente en este principio: introducen una réplica del virus que solo contiene la parte del ARN con las instrucciones de copiar las espículas de proteína y solo las espículas. Entonces, las células sólo harían copias de las espículas, no del virus completo y por ende, la enfermedad no se propaga. Extraordinario, ¿no te parece?
Las vacunas son nuestra esperanza en estos tiempos oscuros y de nuestra decisión de vacunarnos depende la vida de todos aquellos que no pueden hacerlo, como las personas con inmunodepresión. Al vacunarte, no solo te estás protegiendo a ti, estás salvando la vida de miles de personas.
