SAN JUAN CHICOMEZÚCHIL, IXTLÁN, Oaxaca.- Las carencias en la infraestructura de salud fue la motivación para que 300 pobladores logren mantener fuera de esta comunidad al virus SARS-CoV-2.
Durante las noches nadie entra y de día sólo pueden hacerlo sus habitantes; las fiestas, comenzando por las patronales, están suspendidas y los repartidores de comida chatarra o refrescos tienen prohibido ingresar.
“Sería muy impactante para nosotros un contagio porque la población es muy poca, desafortunadamente nuestro centro de salud básico no tiene el material, ni el medicamento necesario para el tratamiento o traslado de un paciente COVID”, expone la regidora de salud, Leticia López.
Ella, junto con las otras autoridades que fueron electas de manera directa en asamblea comparte con las y los pobladores la decisión de que dos personas por día cuiden el filtro sanitario en el acceso de ese municipio de la Sierra Norte, ubicado a 60 kilómetros de la ciudad de Oaxaca.
Si no viven aquí, de día y por la tarde sólo se deja pasar a vecinos de Santa María Yavesía, San Miguel Amatlán o Santa Catarina Lachatao, porque este acceso es paso obligado.
“Pueden pasar, pero no pueden bajarse y consumir alimentos”, sabe bien Sandra Lara González, encargada de un negocio de comida que disminuyó hasta en un 70 por ciento sus ventas porque sólo se mantiene con las compras que hacen los pobladores.
Dejar fuera la comida chatarra
Quienes logran pasar por el filtro, que cuenta con dos plumas metálicas que se cierran a las 20:00 horas y se vuelven a abrir hasta las 6:00 horas del día siguiente, deben lavarse las manos y permitir la desinfección corporal y del vehículo en el que se transportan.
Eva Centeno, quien junto con María Lara Hernández hizo la guardia el jueves, sabe que cuando otra persona no puede cuidar durante las 14 horas del día que le toca, debe conseguir a alguien que lo haga o pagar 200 pesos a alguna de ellas.
El registro de quién entra o sale se lleva en una libreta. Por día pueden pasar 40 o hasta 50 personas por el filtro, pero no lo harán los conductores de camiones que reparten comida chatarra o refrescos, porque su prohibición busca también mejorar la salud de la población.
“Es la comida chatarra la que estaba haciendo daño, nos dieron la orden de que no pasaran”, afirma Eva Centeno con la ley de la comunidad escrita en una cartulina que han pegado en el exterior de la pequeña caseta de vigilancia.
Aprender de la pandemia
Hasta hace unos meses Salvador Luis Juárez desempeñó el cargo de mayor, como se conoce aquí al jefe de policía que está al frente de ocho hombres responsables de la seguridad del pueblo y le tocó la implementación del filtro sanitario en 2020, a inicios de la pandemia.
“Se ha ido mejorando un poco, con el año que llevamos tenemos experiencia y se está haciendo como un hábito para el pueblo”, al que agarró por sorpresa la llegada de la pandemia a pueblos circunvecinos del distrito de Ixtlán.
Al principio, recuerda, la gente se molestaba, pues “no estaba acostumbrada a estar encerrada o lavarse continuamente las manos, nos costó trabajo, pero al final de cuentas fue agarrar un hábito por seguridad”.
La desaparición
La dureza de las medidas las sabe bien el presidente José Rubén Vásquez Paz, quien equipara la prohibición de las fiestas, incluyendo las de la Semana Mayor y el Domingo de Ramos, a casi la desaparición del pueblo.
El encierro lo resintieron más el año pasado, cuando en el Distrito de Ixtlán los municipios cercanos empezaron a cerrar sus accesos por los primeros casos de COVID-19.
“No se podía ni salir a comercializar los lunes la verdura al pueblo de Ixtlán”, dice con una dura crítica a unas autoridades que en el país pedían a la ciudadanía no salir de su casa, pero no les garantizaban cómo subsistir.
“A nosotros no nos pegó y seguiremos tomando las medidas para no tener bajas como en pueblos vecinos”, dice con el orgullo y la responsabilidad que pesa sobre sus hombros al ser quien debe vigilar que la decisión del pueblo se respete.
Cuidado colectivo
“Cuando una persona se sale de las indicaciones pone en riesgo la salud de otras personas”, reflexiona y expone la realidad de las limitantes de infraestructura de salud que comparte con la mayoría de comunidades rurales:
“Tenemos una clínica de salud con una doctora y una enfermera”, pero sin capacidad para atender a un paciente de COVID-19. Si tuvieran un traslado en ambulancia, demoraría 30 minutos llegar al Hospital Regional de Ixtlán o más de una hora a la ciudad de Oaxaca, tiempo que podría significar perder la vida.
“El servicio de ambulancia no cuenta con un tanque de oxígeno ni desfibrilador”, por lo que la regidora de salud insiste que uno o dos contagios de COVID-19 entre tan pocos habitantes, en su mayoría adultos mayores ya vacunados y muy pocos niños, niñas o adolescentes.
“No queremos correr ese riesgo, por eso estamos tomando todas las medidas necesarias para que un contagio no ocurra en nuestra comunidad”, recalca la regidora.
De los 570 municipios que conforman Oaxaca, Chicomezúchil y otros 69 han logrado por 16 meses no tener un solo contagio ni defunción por COVID-19; hasta el corte de los Servicios de Salud de Oaxaca de este jueves, están fuera de los 50 mil 684 contagios y 4 mil 19 defunciones.



