Las epidemias y pandemias, como la pobreza, están presentes en Oaxaca con mayor incidencia desde la época colonial hasta nuestros días. Viruela, cólera, influenza, sarampión, varicela, paperas, peste, H1N1 y ahora coronavirus o COVID-19, son sólo algunas de las enfermedades que han afectado históricamente a la población, pero sobre todo han generado miedo en la sociedad, por las consecuencias que pueden llegar a ser devastadoras.
De acuerdo con el libro “Historia de las Epidemias en el México Antiguo. Algunos aspectos biológicos y Sociales”, aún no había terminado la conquista cuando se produjo la epidemia de viruela transmitida por Francisco de Eguía.
La viruela cobró la vida de miles de indígenas, entre ellos Cuitláhuac, hermano de Moctezuma, y ya hacía estragos en Huaxyacac (hoy Oaxaca), cuando los españoles conquistaron esta región dominada por zapotecos y mixtecos, en 1521.
La segunda epidemia ocurrió en 1531 y vino también por parte de los españoles. Fue el sarampión que se propagó rápidamente entre los indígenas; muchos murieron, aunque no tantos como con la viruela; sin embargo, produjo grandes estragos. Al sarampión lo llamaron záhuatl tepiton, que quiere decir lepra chica, para distinguirla de la viruela.
Toribio de Benavente, en su obra "Historia de los Indios de la Nueva España", refiere que en 1534 vino a la Nueva España un español herido de sarampión y de él saltó a los indios, y si no fuera por el mucho cuidado que hubo en que no se bañasen y en otros remedios, fuera otra tan gran plaga y pestilencia como la de once años antes (1523) y aún con todo esto murieron muchos, llamaron a este año de la pequeña lepra.
Salmonella
Las pandemias que posteriormente afectaron a la población indígena fueron: sarampión (en 1531), varicela (en 1538), peste (en 1545), paperas (en 1550) y, según estimaciones, ocasionaron una mortalidad de entre el 80 y el 95 por ciento de la población originaria.
En 1545 se registró una epidemia de “cocoliztli” (salmonella) con síntomas febriles, problemas gastrointestinales, debilidad, dolor abdominal, sangre en las heces. Después de 5 años mató al 80 por ciento de la población del país (15 millones de personas). El episodio es considerando una de las peores epidemias, después de la peste negra que mató a 25 millones de personas en Europa en el Siglo XIV.
Los investigadores del Instituto Max Planck han estudiado los restos de 30 esqueletos que estaban enterrados en un cementerio de la ciudad de Teposcolula-Yucundaa, en Oaxaca. Los arqueólogos apuntan que hay claras evidencias históricas y arqueológicas que vinculan este camposanto con la epidemia cocolitzli, que se produjo entre 1545 y 1550.
Hacia el año de 1779, la Verde Antequera se vio afectada nuevamente por otra epidemia de viruela que hizo sentir sus estragos entre la población, siendo sus primeras víctimas abandonadas por sus deudos, según la costumbre, en las puertas de la iglesia de San Francisco y en otros templos, según relata el padre José Antonio Gay en su Historia de Oaxaca.
Añade que en el cementerio de la catedral como en otras iglesias, se abrieron fosas profundas para sepultar los cadáveres de las innumerables víctimas. Desde ese tiempo se procedió a promover el establecimiento de los cementerios fuera de la ciudad, a fin de evitar en lo posible la infección y disminuir la mortalidad entre la población, además que ya no resultaba operativo hacerlo entre los espacios religiosos por las innumerables víctimas.
El Panteón General
La presencia de una epidemia de viruela, en 1777, en Oaxaca generó que el corregidor don Nicolás de Lafora estableciera un cementerio que dio en nombre de San Miguel, pero una vez pasada la epidemia fue abandonado.
De acuerdo a la obra Historia de Oaxaca, de Manuel Martínez Gracida, en 1829 los habitantes de la ciudad nuevamente se vieron afligidos y temerosos por otra epidemia de viruela, por lo que la autoridad superior prohibió el entierro de cadáveres en los templos y sus cementerios para alejar de ellos los focos de infección.
Armando Pérez Linares, autor de Arquitectura del Panteón San Miguel, señala que lo anterior originó que el Ayuntamiento se abocara a la búsqueda de un lugar para la creación y construcción del panteón municipal, por lo que entró en pláticas con autoridades del poblado de Jalatlaco, comprando un terreno en las canteras de dicho lugar y al contarse con este sitio se procedió a su utilización.
Afirma que en épocas posteriores volvió a presentarse una epidemia de cólera asiática, y con motivo de la gran cantidad de muertos, se decidió convertirlo en panteón general hacia 1833.
La gran morbilidad de la viruela y cólera son el origen de los famosos 2 mil 355 nichos del Panteón de San Miguel o General, ya que ante la premura de la inhumación de los cadáveres infectados por los virus, se decidió utilizar los macizos muros para dar cristiana sepultura a las víctimas.
Los testimonios
Juan Bautista Carriedo, testigo y cronista de los hechos, calcula que murieron en la ciudad de Oaxaca 2 mil 76 personas a causa del cólera de 1833. Oaxaca tenía entonces una población de 18 mil 118 habitantes (estimados por el licenciado José María Murguía y Galardi) o 17 mil 306 habitantes (calculados por el padre José Antonio Gay). Es decir fallecieron una de cada nueve personas en unos cuantos meses.
El historiador Carlos Tello Díaz, retomando periódicos de la época, cita que hubo que habilitar hospitales y cementerios. Los infectados aguardaban en sus casas, pálidos y sudorosos, cubiertos a menudo por sábanas de lana. Era común darles a beber infusiones de sauco y yerbabuena, y hacerles friegas con paños mojados en espíritu de alcanfor, o ponerles en la boca del estómago, decía un periódico, “cataplasmas de mostaza, levadura y vinagre, con polvo de cantáridas”.
Agrega que la enfermedad era contagiosa, por lo que quienes tenían contacto con los coléricos, puntualizaba, “evitarán en lo posible respirar las exhalaciones de sus cuerpos y untarán con aceite la cara, las manos y todas las partes descubiertas”.
En septiembre, los hospitales de la ciudad eran ya insuficientes: el de Belén, el de San Cosme y San Damián, incluso el de San Juan de Dios, que era el más grande de Oaxaca. La gente moría. Llegaron a ser tantos los cadáveres que fue necesario establecer turnos de noche para transportarlos hacia fuera de la ciudad.
Los cuerpos eran llevados en carros tirados por mulas, que anunciaban su paso con una campanita. Iban apiñados unos sobre otros, amortajados con una sábana. Muchos eran arrojados a las fosas del panteón de San Miguel, al este de la ciudad, en los llanos de las canteras de Tepeaca. "Los sepultureros habían dejado de trabajar, por lo que el gobierno tuvo que ordenar que sus labores fueran realizadas por los reos sentenciados en las cárceles, bajo la vigilancia de la tropa". Y a pesar de todo, Oaxaca vive y pervive.
Azotaron Oaxaca
Año - Epidemia
1531.- Sarampión
1538.- Varicela
1545.- Peste
1550.- Paperas
Saldo negro
95 % de la población originaria murió
