Alejandro José Ortiz Sampablo / Cuarta de cinco partes
Para continuar será necesario introducir una idea que circula entre nosotros al respecto del amor, y es lo que la entidad psíquica, el Yo, crea a partir de su sentir. Para explicar esto, es la sabiduría popular quien sale en nuestro auxilio; “obras son amores, y no buenas razones” reza un refrán.
El amor, hombre vs mujer
Tratar al amor como algo ajeno al individuo, es el error más recurrente que se comete al intentar explicarlo, principalmente porque no se contempla para ello la diferencia sexual. En el caso del hombre, no es demasiado complejo extraer de la observación la disposición que este adopta ante dicho afecto, pues su postura psíquica estará determinada con la manera y la intensidad que en su más tierna infancia estableció con su placer de órgano. Por decirlo de otro modo, las expresiones de amor en el caso del hombre estarán sobredeterminadas por la tensión que se establece entre el afecto que en él despierta su objeto de amor y lo que ello le implica de renuncia de otros placeres, principalmente de aquellos que son de índole narcisista.
En lo que concierne a la mujer, las cosas se tornan más complejas, pues si bien en el hombre las variantes entre uno y otro serán mínimas, en este caso la diversidad es infinita. Esto se debe a las consecuencias psíquicas que a temprana edad van a generarse en la niña con el encuentro de la diferencia anatómica de los sexos; habrá de puntualizar que para el hombre esto también aplica, solo que en el niño el remolino en el alma es de menor intensidad y dinamismo. En la mujer, se crean al menos cinco fantasmas anímicos que estarán presentes en su vida, lo cuales ya los he mencionado en otras notas.
Para muchos, lo antes mencionado podrá generar confusión, pero por el momento, baste con decir que ningún ser humano nace con plena consciencia sobre su sexo. Este se significa a partir de la erogeneidad de su órgano (lo fisiológico), el placer que le depara y busca repetir (lo psíquico), así como el establecimiento de los diques culturales (vergüenza, asco y moral).
Retomemos el tema
¿Y a todo esto, qué tiene que ver lo dicho en la presente nota con la actitud que adoptamos los padres con nuestros hijos? Como se dice popularmente “no coman ansias”, ya llegaremos a elucidar tal enlace.
Cuando afrontamos un conflicto con nuestros hijos, no tenemos de manera consciente la disposición amorosa que adoptamos ante ellos. En determinadas circunstancias nos basta justificar nuestros actos con el famoso dicho, “lo hago porque te amo”, lindo engaño del Yo. Para explicar tal engaño, me serviré de la similitud que este tiene con la intriga. El arte de crear la intriga está en engarzar algo que es verdadero con lo falso. En el caso de la justificación “lo hago porque te amo”, el afecto puede ser verdadero; sin embargo, existen buenos ejemplos donde los arrebatos del Yo muestran de manera palpable que no han sido guiados por tal afecto, sino más bien por el empuje narcisista.
Continuará el lunes…
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