-Nana, nana, ¿dónde estás?-, grito mientras salgo corriendo al patio, para buscarla.
-Aquí estoy, en el lavadero.
Subo los escalones de prisa y cuando estoy frente a ella, le digo:
-Abrázame nana, estoy asustada, tengo mucho miedo, abrázame fuerte, por favor.
-¿Qué te pasa?-, me dice, mientras seca sus manos jabonosas en su delantal siempre almidonado y tomándome de la mano me lleva a sentarnos en un pretil junto al lavadero, donde sentimos detrás de nosotros el galope de las sábanas secándose en la azotea.
-A ver, cuéntame. ¿Qué pasó?
Sin soltarme de su mano, empiezo a platicarle lo que vivimos anoche en casa y que nos espantó a todos, cuando terminando de cenar, subimos para acostarnos mi papá, mi hermano y yo, porque mamá se quedó con mi hermano mayor en la cocina, lo estaba regañando.
Como mi hermano menor y yo intentábamos escuchar, no podíamos dormir, y entonces, un ruido muy fuerte como de un trueno, hizo que saltáramos de la cama y buscáramos a papá, quien también había escuchado el estruendo. Antes de que pudiéramos decir algo, mamá y mi hermano estaban ya junto a nosotros, pálidos y temblorosos. Todos a una voz, les preguntamos:
-¿Qué pasó?- y solo atinaron a decir:
-No sabemos.
Ya un poco más calmados, decidimos bajar para ver qué había ocurrido. Con mucho miedo y uno tras otro -mamá por delante, como siempre-, bajamos las escaleras, y al llegar a la cocina, con asombro descubrimos que las puertas del comedor y de la cocina que dan a los patiecitos, así como todas las puertas de los estantes, vitrinas y cajones, estaban abiertas, y en ese momento, ¡zas!, todos para arriba, despavoridos.
Repuestos un poco, mis hermanos fueron a su recámara, papá y mamá a la suya y yo a la mía, sola. Envuelta en la oscuridad total, intenté dormir, pero el recuerdo del tronido me lo impedía, y las sombras, que en mi imaginación construían seres fantasmagóricos, me impedían conciliar el sueño. Y así, el amanecer me encontró despierta, con grandes ojeras, pero feliz de que el sol me devolviera la paz y la tranquilidad. Al bajar a desayunar, mamá estaba como si no hubiera pasado nada, y por ello todos preferimos callar para olvidar el gran susto de la noche anterior.
-Pero yo, nana, sigo con mucho miedo y no quiero que oscurezca; ¿crees que Diosito pueda pedirle al sol que se meta hasta que yo me haya dormido?
Mi nana, que me escucha sin interrumpir, me dice cuando termino:
-Ay mi nenecita, siempre tan “inventora”. Eso solo fue un sueño- y acariciando mi cabello regresa a su lavadero, donde le espera la ropa olorosa a jabón de pasta, que hervido previamente, dejará las prendas albeantes.
-Pero nana, lo juro. No fue un sueño, todo esto es verdad, pregúntale a mamá y verás que no miento. Nana, ¡por favor, créeme!
Ella voltea a mirarme y vuelve a decir:
-No te asustes, solo fue un sueño.
Mientras regreso a casa, me repito: “Mi nana dice que fue un sueño, mi nana dice que fue un sueño”, y como ella no me miente, un sueño tan solo fue.
“Envuelta en la oscuridad total, intenté dormir; pero el recuerdo del tronido me lo impedía”.
