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Enfermedad renal crónica, golpe al bolsillo de los oaxaqueños

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

La enfermedad renal crónica con la que desde hace ocho meses vive Jacob Cruz Velasco no sólo le ha costado 200 mil pesos, sino perder su identidad.


Como si se viera obligado a jugar la ruleta rusa, hace unos meses lo apostó todo para someterse a una operación que le introdujera un catéter doble jota en su único riñón, en espera de que volviera a funcionar, pero no fue así.


Con sus finanzas disminuidas, sin seguridad social por dedicarse al comercio e imposibilitado para recibir atención pública gratuita porque en Oaxaca ese padecimiento escapa del cuadro básico de la cobertura del Seguro Popular, Jacob salió a la calle a pedir limosna.


En vez de que la delgadez de su cuerpo generara compasión, encontró el rechazo de las personas que cuestionaban que el dinero que pedía era para drogarse. Se cubría el cuello para ocultar el catéter venoso que le ayuda a dializarse continuamente.


Esa misma condición física le ha impedido conseguir trabajo, “piensan que estoy imposibilitado o que en cualquier momento me voy a poner mal”.


El diagnóstico


Como a muchos pacientes, la enfermedad renal crónica le llegó a Jacob de golpe, en su cuerpo avanzó de manera silenciosa. Sus 32 años transcurrieron sin contratiempos, gustaba de jugar futbol, hacer ejercicio, comía de todo.


“Hace ocho meses empecé a sentirme mal. Me cansaba en los partidos, creía que era por el sol tan fuerte, o que a lo mejor me deshidrataba”, cuenta.


Nunca imaginó que fuera su riñón, no presentó dolor de estómago o vómito, la cara nunca se le empañó, no tenía idea que había nacido sólo con un riñón.


“Me dedicaba al comercio y creía que mi cara de cansancio era porque en ocasiones me desvelaba o por el trabajo”.


Unos análisis de sangre le permitieron ver un desorden avanzado que sólo pudo atender un médico particular.


Cuando tuvo el diagnóstico, “mi mente se atrofio y mi sentido de vivir cambio drásticamente, el doctor me dijo que si dejaba pasar días antes de empezar la diálisis me iba a hinchar y terminaría muriendo”.


Jacob optó por tener esperanza para él y su joven familia. Aceptó costear 30 mil pesos para que le introdujeran un catéter doble jota en su riñón y esperar resultados, pero no funcionó.


El cuerpo de Jacob terminó por hincharse, “los líquidos se me subieron al cerebro y olvidé toda mi vida, no podía saber quién era yo, perdí la noción de mi personalidad, ni distinguía entre el día y la noche”.


Sin opciones


Un cambio de médico y los procesos de hemodiálisis le ayudaron a tener una segunda oportunidad de vida, pero el dinero se le acabó.


No hay instituciones que le apoyen con el pago de mil 200 pesos para su proceso de hemodiálisis dos veces por semana, sin contar el filtro de purificación de 600 pesos que debe cambiar cada seis o siete sesiones, o el paquete de ámpulas inyectables de 550 pesos.


“Es posible que haya enfermedades más terribles, pero ésta es muy desgastante, humana y económicamente”, piensa a tres meses de que volvió a caminar y hablar.


Aunque no le cubrieran el cien por ciento de los insumos, Jacob quisiera que en Oaxaca existiera al menos un hospital público a dónde acudir y prolongar su pronóstico de una vida abatida por la enfermedad y los altos costos que le generan.

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