Momentos de algarabía, de risas y anécdotas chispeantes, se siente la presencia del otro muy cercana a ti, los alimentos sobre la mesa cocinados por unas manos mágicas llenas de amor, son el tributo generoso con el que se honra la unidad,
El motivo no importa, lo que se valora es ese instante en que hay una bella coincidencia para disfrutar esos manjares, símbolo de abundancia, de generosidad del saber dar y el saber recibir.
Y es en este espacio, en donde se da el reencuentro con la historia de cada uno, en donde nos redescubrimos como seres humanos con anhelos cumplidos, con experiencias que nos dejan gran aprendizaje, pero también vemos el rostro de ese ser, que aunque disfruta el momento, podemos percibir su infelicidad, su dolor por lo perdido, por esos tiempo idos que con nostalgia recuerda, en su propia incapacidad para retener la oportunidad de ser feliz, y cuando al calor de una copa suelta su voz y la deja fluir como un río, lo escuchamos en su narrativa de eso que hoy le duele, lo atormenta, lacera sus días, y uno siente la impotencia por no saber cómo ayudarle a entender que la felicidad está a cada paso que da y que el pasado ya está en su lugar lejos de este presente palpitante.
Las reuniones de seres humanos, son el caldero en donde se cocinan las confrontaciones, cada uno extrae de esta experiencia diversas sensaciones, unos podrán retirarse con alegría y satisfacción, otros movidos por sus recuerdos, se irán con heridas abiertas, algunos más retornarán a sus casas sintiéndose amados.
Entonces el sentarse en torno a una mesa frente a ricos platillos y ricas bebidas, nos hace sentir que estamos vivos, sabernos parte de un núcleo en donde podemos mirar de frente y abrazar cálidamente, plantear el dolor y la alegría con la certeza de sabernos escuchados con empatía y cariño.
Esta es la fortuna de caminar acompañados, de tener la maravillosa fortuna de coincidir en tiempo y espacio con otras almas, otros cuerpos, otros sueños.
