Pedirle a su esposo que se fuera a vivir con sus hijos a 390 kilómetros de distancia, fue la única salida que Alejandra encontró para no poner en riesgo a su familia, ni renunciar a su trabajo como doctora en un hospital del ISSSTE en Oaxaca.
El viernes que inició un aislamiento de 14 días porque la paciente que atendió en el área de urgencias recibió un resultado post mortem de COVID-19, le confirma que la decisión de hace 55 días fue dolorosa, pero acertada.
Alejandra acepta contar su experiencia desde la necesidad de hablar de un aislamiento obligado porque sus superiores consideraron que el personal que no está en el área COVID no requiere equipo de protección personal. Por ello elige un nombre distinto al suyo para reservar su identidad y evitar represalias.
Sin red de apoyo
Lo peor de su aislamiento es que Alejandra lo vive en soledad. Está privada de todo contacto físico o de escuchar detrás de la puerta de su recámara a sus hijos o a su esposo. Toda comunicación es a través del celular.
“Mis otros compañeros que también están en aislamiento tienen en su casa a su familia; si se ponen mal, pueden gritar y alguien les asistirá, yo estoy sola, no puedo ni recurrir a mis vecinos porque sería ponerlos en riesgo”, dice con la ecuanimidad que consiguió tras horas de un llanto que buscó exorcizar un miedo que aún la invade.
Se esfuerza por impedir que la incertidumbre le coma la razón o que su tristeza le haga perder el interés por las cosas cotidianas como monitorear su temperatura y la función de sus pulmones.
El sueño de salvar a otros
Recibir en su infancia los cuidados de una tía que era enfermera la hizo desear convertirse en doctora. A los 20 años Alejandra estaba ante el espectáculo maravilloso de un nacimiento doble: la vida de una recién nacida y de una madre primeriza que dejó el cansancio del parto para amamantar.
“La niña nace y a la vez nace la madre”, rememora con la pasión de saber que eligió la profesión correcta, pero quienes han equivocado las decisiones son directivos y administrativos que detrás de un escritorio restringen la entrega de equipo de protección a personal que no está en el área COVID-19 del hospital.
Para evitar riesgos, Alejandra pidió a su familia que temporalmente viviera en la casa de los abuelos paternos, además dispuso de un porcentaje de su salario para comprar guantes, googles y mascarillas desechables.
La edad y estar sana evitó que se fuera entre el bloque de compañeros con riesgos de complicaciones por COVID-19, pero cuando el hospital canceló las consultas externas y de su consultorio la reubicaron a urgencias sabía que el riesgo se incrementa al tratar probables pacientes con esta nueva enfermedad y la falta de equipo adecuado.
El encuentro con la pandemia
En los primeros días de abril le tocó atestiguar el ingreso de una paciente que había pedido el alta voluntaria por aparente mejoría, pero cuando el resultado de su prueba dio positivo a COVID-19 volvió para hospitalizarse. A los pocos días requirió intubación y después falleció.
El jueves que llegó a su turno la esperaban dos pacientes mujeres en las camas uno y dos, con monitor puesto, pero sin signos aparentes de COVID-19.
La mujer que ingresó por una picadura de alacrán dos días antes, experimentó después problemas de insuficiencia respiratoria y murió el viernes. El protocolo obligó a una prueba de COVID-19 que salió positiva y puso en cuarentena a todo el personal que tuvo contacto con ella, sin el equipo de protección adecuado.
Alejandra debe esperar cinco días para poder exigir que le hagan la prueba que le quite la angustia de ser una paciente de COVID-19 asintomática o estar atenta a las modificaciones en su cuerpo como incremento de la temperatura corporal, dolor en tórax o dificultad para respirar.
La lenta espera
Con la soledad acentuada porque su único refugio era el trabajo en el hospital y platicar con las medidas de protección entre sus homólogos, ha pensado que en caso de una emergencia llamará a una ambulancia, o si las fuerzas se lo permiten manejará su auto hasta el hospital.
“No saben qué hacer con nosotros”, dice con esa mezcla de tristeza, frustración, impotencia y coraje porque el equipo de protección está guardado bajo llave en la oficina de directivos.
De la heroína que era capaz de ser a librar batallas contra la muerte en cuerpos ajenos, pasó a ser la víctima porque nadie cumplió su función de proporcionarle equipo de protección o verificar que los protocolos de COVID-19 se cumplieran.
