En una mujer con apenas 1.49 metros de estatura pesar 100 kilos significa tener el doble del peso ideal. Más allá de un asunto estético, a los 38 años la obesidad en Claudia se convirtió en un problema de salud que le dificulta caminar, la acerca a padecer hipertensión y diabetes, pero también le incrementa el riesgo de sufrir un infarto.
Contar con familiares diabéticos le infringió temor a Claudia, no quiere verse necesitando diálisis porque sus riñones comenzaron a fallar. Ha intentado llevar una dieta y realizar ejercicio, pero llegó al punto donde es imposible bajar más de diez kilos.
Las dificultades que experimenta para realizar sus actividades cotidianas, como llevar a sus hijos a la escuela, la orillaron a despejar dudas y confiar su cuerpo al equipo multidisciplinario del Hospital Regional de Alta Especialidad de Oaxaca, donde existe la Clínica de Atención Integral para pacientes con obesidad mórbida y cirugía metabólica.
Llegó el día
Con dificultades, pero Claudia logró eliminar diez de los cien kilos que llevan su obesidad a un nivel insano. Ha llegado puntual al Hospital que se ubica en San Bartolo Coyotepec, de donde saldrá cuatro días después, recuperada de la cirugía bariátrica a la que decidió someterse.
Se despojó de todo miedo y decidió confiar en el equipo de especialistas que la acompaña por meses, aprendiendo a cambiar sus hábitos alimenticios y fortalecer su mente.
“Sé que estoy en las mejores manos”, expresa confiada antes de entrar a quirófano y dormir en el sueño profundo que le provoca una anestesia general.
Ese nivel de inconsciencia permite al grupo de especialistas, con el cirujano bariátrico José Ayala Zavaleta a la cabeza, invadir el estómago de Claudia y reducir más del 80 por ciento de su tamaño.
Cirugía laparoscópica
El riesgo de una reacción a la anestesia está superada. La pared abdominal es perforada por primera vez con un instrumental de doce milímetros de diámetro, por donde pasará el puerto que se utiliza para un primer lente. Le siguen otras cuatro perforaciones de entre cuatro a cinco milimetros de diámetro.
Ni las cinco perforaciones juntas se comparan con abrir toda la cavidad abdominal y exponer las entrañas de Claudia para que el cirujano elija solo una parte del estómago y deje sin función el resto, aún dentro del cuerpo.
“Es cortar el estómago para hacer un estomaguito, con capacidad para cien o 150 mililitros”, explica el especialista Zavaleta después de iniciar la cirugía, con la mirada casi fija en el monitor que le amplía hasta 20 veces lo que hay en el sistema digestivo de Claudia.
Saber el tamaño actual del estómago de Claudia es una tarea difícil e innecesaria. El cirujano se concentra en apartar la grasa, ese tejido amarillo que destaca entre los tonos rosáceos que enrojecen cuando la sangre brota porque las pinzas empezaron a cortar y engrapar.
La labor es minúscula, con precisión y hemostasia, conforme la pinza va cortando; el contorno del “nuevo” estómago se sella, hasta lograr una pequeña bolsa de carne que, a partir de ahora, recibirá todos los alimentos.
El resto del estómago, sin función
“La paciente casi no sangra al momento del corte”, y los mililitros de sangre se van limpiando con una gasa. Es de lo poco que se extrae de Claudia, el resto de su estómago se quedará en ella, “sin función, pero produciendo sus jugos gástricos”.
El tejido rosa se intercala con el color amarillo de la grasa, el biip del monitor cardíaco señalan que todo está en orden. Las orillas del nuevo estómago, de 24 centímetros de largo por cuatro de diámetro se refuerzan con sutura polypropylene, para evitar fuga.
El cirujano mira el hígado graso "congestionado" de grasa, por el mismo sobrepeso. La presión arterial sigue normal, 108/65. Debe buscar el intestino delgado, que suele medir 7 metros, para hacer disfuncional dos metros, uniendo el resto con el pedazo de estómago que acaba de engrapar.
Historia de éxito
Claudia no puede ver lo que le hacen dentro de su cuerpo, ni Lorena Ofelia Guerrero Maldonado tampoco, pero ambas entienden que esta cirugía, más que estética, implica prolongar la vida.
Hace dos años, también en septiembre, Lorena se sometió a una cirugía bariátrica porque, al igual que Caludia, le era imposible hasta caminar una cuadra sin fatigarse, presentaba problemas de circulación y vivía “con los pies hinchados”.
De los 164 kilos que llegó a pesar, la cirugía le permite ahora sólo tener 74 y no hubo necesidad de un tratamiento estético, su propio cuerpo “se chupó”, y ahora ha vuelto a hacer el ejercicio que abandonó porque le era imposible moverse.
“Siempre he sido gordita, subía y podía bajar”, pero después de los 30 años se “dejó totalmente”, se caía seguido, ahí fue dónde empezó a subir de peso “sin poderme controlar”.
Sus motivos para ser una de las cien personas que en el Hospital Regional de Alta Especialidad se han sometido a una cirugía bariátrica no tienen ningún tinte estético, sino de salud.
