A un mes del estruendo que partió la tranquilidad de Nizanda, Oaxaca, el silencio que hoy envuelve la zona contrasta con el caos que se vivió el 28 de diciembre de 2025. Aquel día, el Tren Interoceánico que cubría la ruta Salina Cruz–Coatzacoalcos se salió de las vías en una curva pronunciada y cayó hacia un barranco de casi seis metros. Dos locomotoras y varios vagones quedaron destrozados; el primer carro de pasajeros se precipitó violentamente. Dentro viajaban 241 pasajeros y nueve tripulantes. El saldo fue devastador: 14 personas murieron y alrededor de 98 resultaron lesionadas, muchas de ellas de gravedad. “Fue como si todo se viniera abajo de golpe, primero el estruendo y luego los gritos”, recuerda un pasajero.
Un mes después, la Fiscalía General de la República puso nombre a la causa de la tragedia: exceso de velocidad. La fiscal general, Ernestina Godoy Ramos, lo confirmó al presentar el informe inicial de la investigación. Antes de entrar en los datos técnicos, expresó su solidaridad: “Antes de iniciar quiero expresar toda nuestra solidaridad con las víctimas y las familias de las personas que lamentablemente perdieron la vida”, dijo. Luego añadió que la institución trabaja “con todas las capacidades para obtener justicia”.
Desde el primer día, personal ministerial, peritos y agentes de la Agencia de Investigación Criminal se trasladaron al lugar de los hechos. Entre fierros retorcidos, rieles deformados y vagones partidos, aseguraron la caja negra de la locomotora. “La caja negra es una herramienta tecnológica de alta confiabilidad e inalterable”, subrayó la fiscal. En ese pequeño dispositivo quedó registrada cada maniobra, cada frenado y cada aceleración que antecedieron al descarrilamiento.
Los datos fueron contundentes. “El tren llegó a velocidades de 111 kilómetros por hora en zonas donde la máxima permitida es de 70”, reveló Godoy Ramos. Específicamente en la curva donde ocurrió el siniestro, el convoy circulaba a 65 kilómetros por hora cuando el límite autorizado era de 50. “El exceso de velocidad en un tren es mucho más peligroso que en un vehículo convencional, debido al peso, la masa y el radio de la curva”, advirtió.
Las inspecciones técnicas descartaron fallas mecánicas o daños en la infraestructura. “No se encontraron daños en las vías ni fallas en el tren que pudieran poner en riesgo su operación”, afirmó. Incluso, los registros demostraron que el sistema de frenado funcionaba: “Hubo puntos en los que el tren frenó hasta llegar a cero kilómetros por hora”. Sin embargo, después de esas detenciones ocurrió lo más grave: “Luego de haber frenado, la velocidad del tren tuvo un incremento considerable debido a que el maquinista aceleró hasta el lugar del siniestro”.
Con estos elementos, la Fiscalía determinó ejercer acción penal. “Nuestros ministerios públicos llevan a cabo diligencias por la probable comisión de los delitos de homicidio culposo y lesiones culposas”, informó. El factor humano, y no una falla técnica, quedó señalado como la causa principal.
La detención de Felipe de Jesús D. G., maquinista del Tren Interoceánico, en el estado de Chiapas por agentes de la Policía Federal Ministerial, marcó un punto clave en la investigación. Sobre él recae la acusación directa por presuntamente conducir fuera de los parámetros permitidos, aunque el caso sigue abierto para deslindar otras posibles responsabilidades en la cadena de operación y supervisión.
Hoy las cifras pesan como una herida abierta: 14 personas fallecidas, casi un centenar de lesionadas, decenas de familias marcadas para siempre. “No fue un accidente, fue una imprudencia”, dice una mujer que perdió a un familiar en el descarrilamiento. Su voz no tiembla; está cargada de cansancio y de exigencia de justicia.
La FGR aseguró que mantiene una mesa permanente de atención a víctimas para garantizar la reparación integral del daño. “Nuestro compromiso es informar con transparencia y respeto al debido proceso”, reiteró Godoy Ramos. Paralelamente, familiares de las víctimas mantienen denuncias por presunto abuso de autoridad contra empresas contratistas del proyecto, convencidos de que la tragedia no puede cerrarse con un solo responsable.
A un mes del desastre, el diagnóstico oficial es claro: el tren iba demasiado rápido. Pero hoy, la velocidad ya no se mide en kilómetros por hora, sino en la forma brutal en que la vida de los sobrevivientes y de los familiares de las víctimas, cambió en cuestión de segundos.
