Para los miembros de su culto, Adolfo de Jesús Constanzo era conocido como El Padrino, pero para el resto mundo sería identificado como un narcotraficante, asesino serial, y el líder de un culto bautizado como Los Narcosatánicos por la prensa.
Habría dirigido la organización criminal junto con Sara Aldrete, conocida como La Madrina.
El culto estuvo involucrado en una serie de asesinatos y sacrificios ritualistas en la ciudad de Matamoros, en la entidad federativa norteña de Tamaulipas, en México.
Su asesinato más publicitado fue el de Mark Kilroy, un estudiante estadounidense asesinado en Matamoros en 1989.
El Padrino, cubano americano, nació en Miami, Estados Unidos. Era hijo de Delia Aurora González, una cubana inmigrante que dio a luz a Adolfo cuando tenía 15 años. Tuvo tres hijos de diferentes padres. Cuando su primer esposo murió, se mudó a San Juan, Puerto Rico, y ahí se volvió a casar.
Alrededor de 1983 a 1984, Adolfo Constanzo arribó a México. Algunos reportes indican que para trabajar como modelo. No obstante, el haber crecido envuelto en una doctrina que involucraba el sacrificio de seres vivos y el tráfico de narcóticos le ayudó a construir una reputación en Matamoros de mago y santero.
En la Ciudad de México también conoció a tres de los hombres que serían sus fieles seguidores: Omar Orea, Jorge Montes, y Martín Quintana. Poco a fueron fue ganando notoriedad por su labor como sanador y médium o clarividente.
Se convirtió en un éxito rotundo. Personas de la clase alta de la Ciudad de México y la élite poderosa y los altos mandos de Tamaulipas, entre ellos narcotraficantes, lo comenzaron a valorar como un tipo de gurú y líder espiritual.
Era un negocio rentable donde cobraban por realizar hechizos para la buena suerte y otros más caros que requerían el sacrificio de animales que iban desde cabras y pollos hasta serpientes, cebras, y cachorros leones.
Comenzó a asaltar cementerios buscando huesos humanos para su caldero. El culto respaldaba la idea de que los espíritus de los muertos en el también llamado nganga serían más poderosos si se utilizaban sacrificios humanos y no cadáveres viejos.
Así iniciaron los asesinatos: más de veinte víctimas cuyos cuerpos mutilados fueron hallados en la Ciudad de México y sus alrededores.
El desarrollo poco a poco trepó hasta que El Padrino decidió que el culto necesitaba el cerebro de un estudiante estadounidense. Creía firmemente que sus hechizos, basados en la religión Palo Mayombe, eran los responsables del éxito que tenían varios cárteles y organizaciones criminales.
Sara AldreteSiete miembros de la familia Calzadas aparecieron muertos sin sus cerebros, dedos, oídos, y, en un cuerpo, sin la columna vertebral. El Padrino se relacionó y amistó con un cártel emergente, los hermanos Hernández, y en 1987 reclutó a una joven llamada Sara Aldrete, quien se convertiría en la alta sacerdotisa del culto.
Aldrete, una estudiante con honores y porrista de la Texas Southmost College, era novia de Gilberto Sosa, un narcotraficante vinculado a los Hernández.
Constanzo designó a Aldrete como la segunda al mando, y quien dirigiría a los seguidores cuando éste se encontraba traficando marihuana en la frontera con Estados Unidos.
También se convirtió en la principal reclutadora de nuevos integrantes y víctimas. Reclutaba a personas enseñándoles la película The Believers, un thriller del año 1987 en la cual un culto en la ciudad de Nueva York realizaba sacrificios humanos para ganar dinero e influencias.
Los miembros del culto eran obligados a ver la película una y otra vez como forma de adoctrinamiento y acostumbrarlos a la ideal del sacrificio humano.
En el año 1988, Los Narcosatánicos se mudaron al Rancho Santa Elena en Matamoros. Era una casa en la mitad del desierto. Fue ahí que comenzaron a ejecutar asesinatos con rituales más sádicos y sangrientos.
En el rancho, donde también albergaban cargamentos de marihuana y cocaína, asesinaban a extraños y a miembros de cárteles rivales.
Fue el 13 de marzo de 1988 que la historia comenzaría a ganar notoriedad. Ese día desapareció un estudiante estadounidense de 21 años de edad llamado Mark Kilroy, y cuyo homicidio y sus detalles desatarían pánico entre las autoridades de México y Estados Unidos.
Una búsqueda por los asesinos, coordinada entre ambos países, que terminaría con un enfrentamiento armado en las calles de la Cuauhtémoc, en la capital del país.
Los secuaces de Constanzo secuestraron al estudiante Mark Kilroy en las afueras de un bar en Matamoros, Tamaulipas, y lo llevaron al rancho. El joven se encontraba en su spring break (vacaciones de primavera).
Murió en las manos de El Padrino: de una forma cruel, autoridades mexicanas declararon que Kilroy fue asesinado con el corte de un machete en la parte trasera del cuello mientras intentaba escapar, 12 horas después de haber sido llevado al rancho, de acuerdo con The New York Times.
Durante esa noche, antes de su muerte, fue torturado y violado. Le quitaron su cerebro y lo hirvieron en una olla. Sus asesinos después le insertaron un cable en su columna vertebral, para jalar los huesos una vez que su cuerpo estuviera descompuesto, le amputaron las piernas hasta sus rodillas, y lo sepultaron en el rancho junto con otros que habían sido asesinados antes que él.
La búsqueda de Kilroy comenzó como cualquier rutina de personas desaparecidas. Autoridades estadounidenses y mexicanas pensaban que era un joven que aparecería un par de días después de la fiesta.
No obstante, señaló The Washington Post, su caso rápidamente cobró importancia y atención en los Estados Unidos porque su tío, Ken Kilroy, trabajaba en la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.
Con la presión del gobierno estadounidense, autoridades mexicanas instalaron un punto de inspección en la Carretera Federal 2, que conecta Matamoros con Reynosa. Ahí, detectaron a un sujeto de nombre Serafín, el mismo quien había secuestrado, junto con otros hombres, a Kilroy semanas antes.
Serafín Hernández García y otros sospechosos que fueron capturados guiaron a la policía en el Rancho Santa Elena para demostrarles dónde habían enterrado los restos humanos de sus víctimas. A punta de pistola, fueron obligados a desenterrar los cuerpos por horas.
Tras la excavación, los seguidores del culto exhumaron 15 cadáveres mutilados, incluyendo el de Mark Kilroy. De acuerdo con Los Angeles Times, todos varones asesinados durante un periodo de nueve meses.
Mark Kilroy fue elegido a ciegas porque Constanzo ordenó a sus seguidores encontrar a un hombre blanco y angloparlante para sacrificar. Un gringo.
Tres de los 15 cuerpos nunca fueron identificados. En el rancho, la policía también encontró cargamentos de marihuana, cocaína, armas de fuego, y vehículos con teléfonos incorporados, un lujo en esa época.
Nunca se hallaron signos de canibalismo. No obstante, la policía encontró la parafernalia de Los Narcosatánicos: calderas con un cerebro humano, cabezas de cabras, tortugas, patas de pollos, monedas, sangre de animales.
Los cuatro detenidos fueron llevados a las inmediaciones de la Policía Judicial Federal en Matamoros el 12 de abril, donde en una conferencia de prensa declararon que Constanzo ordenó el asesinato de Kilroy.
Cuando los cuerpos en Santa Elena fueron descubiertos el 11 de abril de 1989, Constanzo y algunos de sus seguidores, los que pudieron evadir a las autoridades, huyeron a la Ciudad de México, donde Los Narcosatánicos tenían propiedades.
Escapó con Sara Aldrete La Madrina, Omar Francisco Orea Ochoa, Martín Quintana Rodríguez, y Álvaro de León Valdés, alias El Duby.
La policía capitalina identificó que los asesinatos en Matamoros eran similares a otros perpetrados en la Ciudad de México entre 1987 y 1989. Tras seguir pistas, las autoridades encontraron el departamento en la calle Río Sena de la colonia Cuauhtémoc, a unas cuadras del Ángel de la Independencia y Paseo de la Reforma.
El 6 de mayo, cuando los uniformados querían allanar el edificio donde se escondían y se encontraban en la banqueta de la calle, Constanzo comenzó a dispararles desde su ventana.
Casi una hora después del inicio de la balacera, y casi sin municiones, Constanzo le ordenó a de León asesinarlo a él y a Quintana Rodríguez.
Renuente, el líder le dijo que si no lo hacía sufriría en el infierno.
Ahí, en un departamento de la colonia Cuauhtémoc y de las manos de uno de sus seguidores, murió El Padrino.
Una vez terminado el enfrentamiento, la policía arrestó a Orea Ochoa, de León, a La Madrina, y a otros más. Sara Aldrete siempre negó estar involucrada y saber de los asesinatos y del tráfico de drogas, y que apenas estaba iniciando su proceso para ser integrante del culto. Años después escribiría una autobiografía titulada Me dicen la narcosatánica, donde explica su versión de los hechos.
Aldrete fue condenada por asociación delictuosa en 1990 y encarcelada durante seis años. En un segundo juicio, fue condenada por varios de los asesinatos en la sede de la secta, y sentenciada a 62 años de prisión.
Omar Francisco Orea Ochoa falleció el 11 de febrero de 1990 por SIDA en prisión.
Todos fueron sentenciados con condenas en cárceles. Ovidio Hernández García y Malio Fabio Ponce Torres son los únicos sospechosos que siguen prófugos.
