La desaparición del ex jefe del poderoso sindicato que agrupaba a los transportistas de carga en Estados Unidos, Jimmy Hoffa, ocurrida en 1975, es uno de los grandes misterios de la historia moderna de la Unión Americana.
¿Quién mató al líder sindical? ¿Qué hicieron con su cuerpo? Nadie sabe. Al desconocer su paradero, las autoridades lo declararon muerto en 1982.
El ex líder de la International Brotherhood of Teamsters (Hermandad Internacional de Camioneros), fue visto por última vez el 30 de julio de 1975, frente a un restaurante de Detroit. Su desaparición provocó numerosas investigaciones de los agentes del FBI para buscar sus restos.
El FBI dijo que su desaparición pudo haber estado vinculado a los esfuerzos de Hoffa por recuperar el poder en el sindicato de transportistas y a la influencia de la mafia sobre los fondos de pensión de esa organización gremial.
Se creía que Hoffa estaba tratando de volver al poder en el movimiento sindical después de salir de la cárcel, en 1967, donde purgó los delitos de manipulación del jurado y fraude. Muchos de quienes conocieron a Jimmy Hoffa lo describían como un hombre que emanaba seguridad.
Decían que siempre alcanzaba lo que se proponía, que no le rehuía a la confrontación y que, a pesar de su estatura de 1,75 metros y de su forma poco atlética, intimidaba a hombres mucho más fuertes.
Con esa personalidad, estuvo al frente de la International Brotherhood of Teamsters. Desde allí puso en jaque a empresarios, a otros gremios y a presidentes. Entre los años cincuenta y sesenta, acumuló tanto poder que fue una de las figuras más importantes de la política estadounidense.
Por eso, su desaparición se convirtió en noticia mundial. Los noticieros siguieron el caso al detalle; la Policía y el FBI mandaron a sus mejores investigadores. Hoffa, sin embargo, nunca apareció.
La historia de un líder mafioso
Jimmy Hoffa empezó a trabajar desde muy joven. Supo ganarse la vida en tiempos difíciles. Cargaba y descargaba cajas de los camiones. La paga era miserable pero era lo que había.
En medio de la Gran Depresión había que conformarse con eso. Pero el joven no lo hizo. Exigió mejoras en el salario y en las condiciones de trabajo. El suyo fue un pedido repleto de impaciencia, carente de amabilidades. Una exigencia.
Para sorpresa de sus compañeros, logró mejorar la situación laboral. En Detroit, su ciudad, comenzó a correrse la voz sobre su capacidad para enfrentar a los empleadores. De a poco fue ingresando en la vida sindical.
Su influencia en el gremio de los camioneros fue creciendo. No se arredraba ante el poder del dinero.
Lo guiaba la defensa de sus compañeros, tenía obsesión por tratar de mejorar las condiciones de trabajo, por obtener sueldos dignos.
Reconoció enseguida que debía aglutinar poder a su alrededor para conseguir lo que quería. Este líder sindical de menos de veinte años ingresó en el sindicato de camioneros. Hoffa propuso nacionalizar la representación, que no fueran meras organizaciones regionales, pues la unión les daría más poder.
Por su fama de líder indestructible, de negociador invicto, sus compañeros lo amaban. Ocupar posiciones más relevantes en el sindicato fue algo que se dio con naturalidad. Primero fue un cargo regional.
En 1952 fue nombrado vicepresidente del sindicato de camioneros. Pocos años después llegó a la presidencia. El sindicato de transportistas era dirigido en ese entonces por Dave Beck, quien sólo ejerció cinco años.
El entonces senador Robert Kennedy inició una investigación contra él. Los cargos eran muchos. Como suele suceder en estos casos, la condena llegó por asuntos menores. Beck fue tres años a prisión y tuvo que renunciar al sindicato.
Quien ocupó su lugar fue Jimmy Hoffa. Bajo su mando, los camioneros se convirtieron en la fuerza gremial más numerosa e influyente de Estados Unidos. Una década antes eran 30.000 afiliados. Bajo el mando de Hoffa llegaron a ser 2 millones y medio de camioneros.
Mientras sus antecesores eran conciliadores, Hoffa disfrutaba de la confrontación. Las huelgas se multiplicaban y los beneficios para sus afiliados también. Sueldos, vacaciones, seguridad y un fondo de jubilación. La multiplicación de miembros hizo que los fondos fueran cada vez mayores.
Hoffa entendió con rapidez que el poder también depende de la capacidad económica. Las inversiones y negocios se multiplicaron. El sindicato camionero tenía desde hacía años relaciones con la mafia. Hoffa, en vez de alejarse, las profundizó. Vio una ocasión sensacional de multiplicar su dinero y de sumar un nuevo aliado en su acumulación de poder.
La persecución judicial de Hoffa
Robert Kennedy no tardó en citar a Hoffa. Acusaba al líder camionero de conspiración, fraude, lavado de dinero, evasión, extorsión, daños a la propiedad privada y homicidios. Robert Kennedy, luego del triunfo presidencial de su hermano, se convirtió en el fiscal general y su objetivo principal fue la persecución judicial de Hoffa. Se acumularon cargos por intimidación a un jurado, estafas y otros delitos.
En 1964 condenaron a Hoffa a 13 años de prisión. Él no se preocupó. Había muchas instancias de apelación y sabía qué resortes del poder tocar. Pero luego de tres años de recursos, su camino se terminó; debió ir a la cárcel.
Era 1967. Supuso que seguiría al frente del sindicato mientras duraba su reclusión. Puso al frente al vicepresidente Frank Fitzsimmons, que parecía manejable a larga distancia por Hoffa.
Pero el poder seduce y Fitzsimmons estaba dispuesto a ejercerlo. La mafia aprovechó el resquicio y mejoró sus condiciones con mayores libertades para imponer sus negocios sucios. Los capos de la mafia se percataron con celeridad que estaban mejor sin Hoffa.
Salida de la cárcel y desaparición de Hoffa
En 1971 Richard Nixon condonó la pena de Hoffa, tras menos de cinco años en prisión. El perdón presidencial traía una condición: el camionero no podía retornar a la dirigencia del sindicato al menos hasta 1980.
Hoffa pensó que ése era un obstáculo menor. Pero los tiempos habían cambiado. Y el poder había cambiado de manos. Los que antes respondían a él ya no lo hacían. Intentó por el lado de la justicia. Solicitó que se declarara ilegal la cláusula, que manejar el sindicato era un derecho que le asistía y no podía ser cercenado por el Poder Ejecutivo. No resultó esa vía.
Jimmy trató de negociar con los jefes mafiosos para que lo apoyaran. Estos no deseaban su regreso. Habían sacado partido de la debilidad inicial de Fitzsimmons y no pensaban renunciar a sus privilegios ganados. A pesar de las señales y las negativas expresas, Hoffa insistía.
Eso produjo un hastío entre los mafiosos Anthony Provenzano y Anthony Giacalone. El 30 de julio de 1975 lo citaron en un restaurante de Michigan.
Ninguno llegó a la cita. Hoffa estaba furioso. Luego salió de ese restaurante, subió a un auto y nunca más se le vio. Este hombre poderoso se esfumó delante de todo Estados Unidos.


