Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais, llamado Gilles de Rais o Gilles de Retz, fue un militar y noble francés del siglo XV que luchó en los años finales de la guerra de los Cien Años junto a Juana de Arco. Fue juzgado y ejecutado, entre otros motivos, por los casos de abuso sexual y asesinato que cometió hacia múltiples niños y adolescentes.
BiografíaFue nombrado Mariscal de Campo por su participación en la Guerra de los Cien Años, en la que fue compañero de Juana de Arco y uno de los que más creyó en ella, y heredó una gran fortuna. Pero su buena fama en los pueblos franceses se vio truncada cuando se le acusó de ser el responsable de atrocidades que habría cometido con centenares de niños y niñas en una corte formada por brujos, alquimistas, videntes y adoradores del diablo.
Junto con Erzsébet Báthory, la aristócrata húngara conocida como "la condesa sangrienta", es considerado como uno de esos aristócratas que utilizó su gran fortuna para dar rienda suelta a sus fechorías. Este hombre impulsivo, cuyos crímenes contradecían su exacerbada fe y creencia cristiana, que seguía la frase del pregón pascual "¡Oh feliz la culpa que mereció tal Redentor!"- y que tuvo un anhelado deseo del perdón de Dios.
Declíve y crímenesEra culto aunque no reflexivo, ávido de riquezas pero despilfarrador. Desde ese momento se entregó a los más locos dispendios para satisfacer sus más caros caprichos. Tenía pasión por todas las artes, especialmente por la música. Se exacerbaba con los cantos gregorianos, llegando al éxtasis. Si oía decir que se había escuchado una hermosa voz, no descansaba hasta conseguir llevar a su servicio a quien la poseía, por muy lejos que estuviera, como los cantores contratados en Poitiers, André Buchet, de Vannes y Jean de Rossingol, de La Rochelle, a quienes sugestionó haciéndoles partícipes de sus fechorías y crímenes. Poseía muchos órganos musicales de toda clase.
Para procurarse el dinero necesario, tuvo que recurrir a numerosos arbitrios y ruinosos contratos. Logra la colaboración de aposentadores, burgueses y mercaderes, que le adelantan a un interés usurario las sumas que, por una generosidad neurótica, se le funden entre los dedos y se hunden en un abismo sin fondo. En 1437 vendió Ingrandes y Champtocé a Juan V de Bretaña por unos escasos 100 000 escudos.
Gilles se aproxima al momento en que se anuncia, amenazadora, la ruina inevitable. Sus cofres están vacíos; su crédito, agotado; los que le habían rodeado en las horas dichosas, presintiendo el desastre, se alejan de él. Ante esta situación se vuelve hacia el esoterismo buscando en la alquimia el modo de fabricar el oro que le falta (se interesó por el secreto de la Piedra filosofal). Se rodeó de nigromantes y alquimistas. Finalmente, cayó en manos de un embaucador florentino llamado François Prelati quien le aseguró que llenaría sus arcas gracias a la magia negra.
El mariscal visitaba con frecuencia a su cómplice y se informaba con ansiedad del resultado de las investigaciones. Prelati aseguró a su señor que, en una de sus invocaciones, había visto cerca de él al demonio, pero que esta aparición fantástica se desvaneció sin que hubiera podido pronunciar palabra alguna.
El crédulo mariscal, que tenía un pánico atroz al diablo aunque nunca lo veía, hizo caso de Prelati, y mandó que se redoblasen los ensalmos y los conjuros. En otras ocasiones, Prelati salía herido después de una de sus invocaciones, que siempre se realizaban en un cuarto escondido, causando en Gilles más pánico.
Sillé fue el proveedor de todos los elementos para las invocaciones en Tiffauges y el padre Eustache Blanchet el encargado de contratar a los invocadores, como Prelati, La Riviére -el cual vio al demonio en una invocación en un bosque en forma de leopardo, ante la credulidad de Gilles- o alquimistas como Jean Petit, el cual realizó varios hornos para trabajar con mercurio. Sin embargo, los hornos creados debieron ser destruidos ya que el futuro Luis XI, el delfín, visitó a Gilles por una orden del rey Carlos VII, quien condenaba la alquimia como herejía.
«Es imposible que el mariscal salga bien de sus empresas -dijo uno de los familiares de Gilles de Rais- si no ofrece al demonio la sangre y los miembros de un niño. A esto se unía, además, su voluntad de matar niños para su disfrute y placer personal en el transcurso de orgías sexuales y etílicas.
En su afán por procurarse víctimas para sus sacrificios, servidores de Gilles de Rais como Henriet y Poitou, recorrían los pueblos y las aldeas buscando niños y adolescentes prometiéndoles que los harían pajes en los castillos del señor de Rais. Siempre en lugares lejanos, incluso en algunas ocasiones el propio Gilles con amabilidad acudía personalmente a las casas de los plebeyos para asegurar a los parientes de los niños un prometedor futuro. De las víctimas, los padres no tenían más noticias y, si preguntaban, les respondían que estaban bien. Pronto la gente se alarmó y de Rais recurrió a los raptos.
Pero la gran locura llegaba por la noche cuando él y sus esbirros se dedicaban a torturar, vejar, humillar y asesinar a los niños previamente secuestrados. Después de cada sangrienta noche, Gilles salía al amanecer y recorría las calles solitario, como arrepintiéndose de lo hecho, mientras sus secuaces quemaban los cuerpos inertes de las víctimas. El temor se apoderó de los habitantes de los pueblos. Los criados tuvieron que ampliar su campo de acción, con lo que el pavor se extendía más y más. Hasta que las murmuraciones se convirtieron en gritos que llegaron a las más altas autoridades.
Una vez se aprovechó de unos niños que eran mendigos y que fueron a pedir limosna inocentemente a su castillo. Gilles los violó y desmembró, las víctimas fueron asesinadas por decapitación, degollamiento, desmembramiento o rotura de cuello. Una vez muertos, los abrazaba fuertemente y deliraba; en otras ocasiones se reía ante los últimos estertores del niño y muchas veces cortaba la vena yugular haciendo brotar la sangre.
Durante los ocho años de terror, Gilles parecía no vivir en un mundo real, rodeado de gran fastuosidad y como si no se diera cuenta de las brutales acciones que llevaba a cabo. Según contó en el juicio que se le hizo, junto con su grotesca corte, cortaban las cabezas de varios niños recién muertos y hacían competiciones para elegir los rostros más bellos. Las cabezas eran ensartadas en picas y las iban calificando. Se llegó a contar que estas calificaciones las firmaba el mismo diablo, que un brujo llamado Rivière podía invocar al diablo, o a uno llamado Barrón, al cual le ofrecían un sacrificio como los órganos de un niño.
Captura y ejecuciónPero llegó el momento de que todo esto acabara, y ese momento fue cuando el obispo de Nantes, Jean de Malestroit, investigó las desapariciones de Bretaña y vio que no eran casuales. Malestroit descubrió los crímenes gracias al hecho de que, en plena depresión, Gilles vendió uno de sus últimos castillos, el de Saint-Etienne-de-Memorte al tesorero de Juan V, Geoffroy Le Ferron.
Al final, Gilles de Rais fue capturado el 15 de septiembre de 1440, cuando se presentó a las puertas del castillo de Machecoul, donde estaba entonces Gilles de Rais, un grupo armado al mando del capitán Jean Labbé, que iba acompañado por el notario Robin Guillaumet en nombre del obispo de Nantes. Portaban órdenes del duque. Era el fin. Gilles de Rais se entregó, junto con Prelatti, Blanche, Henriet y Poitou, y fue llevado a juicio. El 19 del mismo mes, es decir, cuatro días después de su detención, empezó el interrogatorio que continuó el 28, y el 8, 11, 13, 15 y 22 de octubre.
Fue encerrado en una prisión acomodada por su condición de noble. Se declaró al principio inocente, pero en uno de los trastornos de personalidad que ya sufría de años atrás, rectificó y se declaró culpable, quedando el día 15 de octubre muy arrepentido de lo que había hecho.
Finalmente, el día 22, ante los jueces eclesiásticos comandados por el obispo de Saint-Brieuc, documentó todos los asesinatos y las vejaciones que practicaba a los niños de entre 7 y 20 años, actuaciones pedófilas, rasgaduras, colgamientos del techo por ganchos, decapitaciones, etc. Dijo que hasta había bebido la sangre de los niños, incluso cuando estos aún estaban vivos, que "necesitaba aquel goce sexual" y que escribió un libro de conjuros con la sangre de los supuestamente asesinados.
Fueron confesiones tremendas, toda Francia se convulsionó, ya que la gente no se creía que uno de sus héroes fuera un hombre tan vil. Se constata que mató entre 80 a 200 víctimas, todas menores de edad, aunque probablemente fueran muchas más. Fue condenado por asesinato, sodomía y herejía.
Finalmente, el 26 de octubre de 1440, Gilles de Rais, junto a dos de sus más perversos colaboradores, habiendo rechazado la gracia real -perdón de la pena que se le extendía por ser Par de Francia-, fue conducido al prado de la Madeleine en Nantes para ser ahorcado y quemado públicamente, se comportó dignamente y arengo a los que morirían con él a pensar en la salvación. Su cuerpo fue bajado del cadalso antes que las llamas lo alcanzasen, a diferencia de los de sus colaboradores y fue enterrado en la iglesia de las carmelitas de Nantes.
