Catalina lanzó el martillo contra el espejo que llegaba hasta el suelo, haciéndolo añicos. Hubiera querido lanzarlo contra su marido, o contra el mundo en general. En cualquier caso, lo lanzaba contra su propia insatisfacción.
Su hijo Rafaelín, de cuatro años, entró en el dormitorio asustado y al ver el manto de cristales que cubría el suelo se echó a llorar.
-Anda vamos, que no es nada –le dijo la madre con desgana-. Sal de aquí, no vayas a cortarte.
El pequeño la miró compungido buscando cobijo y calma. Ella, en cambio, lo observaba con lacerante mirada gélida mientras lo hacía salir de la estancia.
Lo que le estaba pasando a Catalina Campins era que, a sus más de 30 años de edad, no aceptaba los naturales cambios que experimentaba su cuerpo al quedarse embarazada. Ya le ocurrió con el de Rafael y ahora, en el segundo embarazo, se veía peor incluso que en el primero. Se pasaba el día de mal humor. En aquel tiempo, su carácter dominante fue a peor.
Mientras su marido veía la televisión tumbado en el sofá, ella lo miraba culpabilizándolo de sus desgracias, viendo en él al enemigo de su vida.
Las tareas de casa le resultaban un tormento que se hizo más inasumible al estar embarazada. Las horas dedicadas al cuidado de su hijo y su marido se alargaban como el hambre, cayendo a plomo sobre su ánimo. Miraba el reloj sin descanso deseando que el tiempo pasara más rápido. Se sentía tan desdichada…
Brutal desenlace
En realidad apenas salía a la calle. Ahora trabajaba de modista, después de haber sido camarera de hotel y dependienta en una tienda, puestos que tuvo que abandonar por turbias razones. Su rumoreó que sustrajo joyas y robó dinero, y que después le echó la culpa a otras compañeras.
En el vecindario siempre decían que no era trigo limpio, sobre todo después de conocerse que había querido ceder a Rafaelín en adopción a una cuñada.
-¿Qué le ha pasado al niño? –preguntó alarmado el padre una noche al llegar del trabajo.
-No es nada. Un poco de diarrea –su mujer le restó importancia.
-Está vomitando en el baño, ¿y le has visto la cara? Parece un cadáver.
-¡Qué exagerados sois los hombres! –contestó Catalina y siguió planchando como si nada.
Por la noche:
-Mami, ¿es de pequeñajos dormirse abrazado a un osito?
-¿Por qué lo preguntas?
-Rafaelín tragó saliva queriendo hacerse el valiente antes de responder:
-Porque echo de menos a mi oso Pepe… pero seguro que es porque estoy malito porque si no a mí Pepe ya no me importa nada, eh, que ya soy mayor.
La madre rescató el peluche del armario del niño y se lo dio. El pequeño lo abrazó como si deseara con todas sus fuerzas encontrar en su amigo de tela la salud robada.
-Verás como ahora me pondré bueno, mamá.
Y se durmió aquella noche sin saber que le quedaba poca vida en su pequeño cuerpo de niño. De madrugada, Catalina le dio una manzanilla en la que había disuelto los polvos que llevaba tiempo administrándole en las comidas.
-No sabe bueno, mami.
-Tómalo, te ayudará a curarte.
-Vale –y lo bebió sin rechistar. Oye… ¿y para Pepe no hay nada?
-A Pepe se lo daré por la mañana. Ahora sigue durmiendo.
Cayó rendido. Un par de horas más tarde, los vómitos lo sacaron de la cama temblando y ardiendo de fiebre. Lloraba del dolor de tripa debido a una colitis aguda que lo dejó extenuado en el hospital durante más de una semana.
A los cuatro días del alta hospitalaria, la diarrea volvió a castigarlo de nuevo, esta vez incluso peor que la anterior. Cuando la ambulancia llegó ni siquiera tuvo fuerzas para llevar consigo a Pepe, el osito al que nunca más volvió a ver. Su estado empeoró. De nuevo los vómitos, la descomposición y una parálisis respiratoria que no pudo superar; síntomas que acabaron arrebatándole su corta vida con un agónico y cruel final.
Mientras el mundo se oscureció alrededor de aquella muerte injustamente temprana, en el interior de Catalina sólo había rabia pero no por lo ocurrido a su hijo sino por lo que gestaba en sus entrañas.
A Pedro, el padre, en cambio, tras la muerte de Rafaelín, que era su viva estampa, le pesó la vida. Lo mismo les ocurrió a los tíos de Catalina, Juana y Luis, con quienes se había criado al no tener ellos descendencia. Al pequeño lo querían como se quiere a un nieto y lo colmaban de caprichos sin que la madre se enterase.
Mejor la culpa a los demás
Al poco tiempo de la desgracia nació María Luisa. La dicha de una nueva vida (no lo era para la madre) duró lo que una tormenta de verano.
Cuando enfermó, su padre se alteró muchísimo. Aquellos vómitos le trajeron el fatal recuerdo de la agonía de su pequeño y el alma se le rompió anticipadamente.
Mientras el doctor la examinaba en presencia de la tía Juana, solícita y entregada como era habitual en ella, la madre de María Luisa paseaba sin rumbo por la calle pensando en su mala suerte… en su anodina existencia… en el hartazgo de lo mismo un día tras otro, limpiar, planchar, cocinar… y encima tener que coser en casa.
A María Luisa la mataron los mismos síntomas que a su hermano fallecido. No había cumplido los dos años.
Se acabaron los embarazos. Se acabaron para siempre los niños, las preocupaciones, los desvelos, la falta de tiempo… Así pensaba Catalina, empeñada en resolver sus angustias tomando el camino más equivocado que pueda existir.
El desenlace se precipitó. Sucedió con suma rapidez. Catalina le cogió la mano a su marido en el momento del último estertor. “No te preocupes por mí”, le dijo, como si quisiera aliviarle el peso de irse. Pedro Coll abandonó este mundo en una fría jornada del invierno balear. Se llevó consigo el rastro de la verdad sobre su muerte y las que le precedieron.
¿Tantas muertes casuales?
-Aprovecha el tiempo y la vida, que ya demasiado has tenido que padecer –le aconsejaba su tío Luis-. Mira, yo acabo de cumplir los 65 y pienso disfrutar al máximo de mi jubilación. ¡Creo que me lo he ganado!
Luis Palmer, todo un caballero, había hecho fortuna como comerciante. Se disponía a disfrutar de su retiro cuando empezaron los indicios de la fatal dolencia.
-¿Me castiga Dios por algo? Ahora que tu tía y yo disponíamos de todo el tiempo del mundo para pasarlo bien, y mírame: no tengo fuerzas para nada. Me paso el día vomitando y yendo al baño. Parezco un viejo moribundo. No puedo más…
La tía Juana se abrazó a Catalina a los pies de la cama de su marido en el hospital.
-No puede ser que el Señor se lo quiera llevar ahora –Juana lloraba-. ¿Qué voy a hacer yo sin mi Luis si se empeña en llevárselo?
-Sé que no es justo, tía –le respondió Catalina-. Pero no podemos hacer nada ante lo que Dios dispone para nosotros.
En este caso, primero llegaron los vómitos que la fueron debilitando. Después, insoportables dolores intestinales y diarreas. Cuanto más se esmeraba la sobrina en cuidarla, peor era su estado. El médico le recomendó tomar muchos líquidos, caldos, tés… Circunstancia que Catalina aprovechó para aumentar la cantidad de veneno suministrado.
Su tía y madrina, Juana María Domingo, acabó muriendo debido a un colapso por gastroenteritis aguda. Al haberse producido tres muertes parecidas en cuestión de meses, el médico se negó al principio a firmar la defunción de la tía. Le parecía demasiada casualidad. Pero no tuvo más remedio que hacerlo. A partir de ese momento, Catalina podía disponer de una importante herencia familiar.
En Pollença llamó la atención lo rápido que pareció recuperarse. Recobró una inusitada alegría, energía, vigor y unas ganas de vivir que contrastaban con las tragedias que cargaba a su espalda. Incluso su repentino enamoramiento dejó perplejas a sus amigas, incapaces de comprender semejante ánimo y comportamiento en alguien que había perdido, no sólo a sus tíos con los que había convivido como si fuera una hija, sino a su marido y a sus propios hijos.
A los nueve meses de fallecer su marido –tiempo mínimo estipulado por la ley entonces para un nuevo matrimonio-, Catalina volvió a casarse, esta vez con el taxista que la pretendía. Era el 24 de octubre de 1968.
Denuncias anónimas: su final.
Una carta anónima remitida al juzgado alertó de que los tres adultos fallecidos de la familia de Catalina habían estado bajo su cuidado.
Ante las sospechas, que venían a sumarse a las de los médicos, el juez ordenó la exhumación de los cadáveres. Tras las pertinentes autopsias, se enviaron las vísceras al Instituto Anatómico Forense de Barcelona y los análisis demostraron elevadas dosis de arsénico sódico, una sustancia para matar insectos, en todos los casos.
Catalina fue detenida en su domicilio por la policía. Para entonces, ya se había convertido en una mujer segura de sí misma y convencida de que vivía una segunda oportunidad en la vida, para lo cual había asesinado a cinco familiares.
En la cárcel la tuvieron controlada en todo momento. Entre rejas su desesperación aumentó. Escenificaba una angustia exagerada para que se apiadaran de ella aunque de nada le sirvió.
A los ocho años de ingresar en la cárcel la dejaron en libertad.
