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Juchitán, Oaxaca, un mes después la ciudad es otra

Foto(s): Cortesía
Redacción

JUCHITÁN, Oaxaca.- Cuando las máquinas y los volteos han hecho su trabajo -de un mes- la ciudad es otra. El que camina por las calles del centro y las secciones más dañadas como la Quinta, la Séptima y la Octava Sección, no reconoce el pueblo de antes del terremoto del 7 de septiembre.


Hay enormes patios y las casas en pie son islas, archipiélagos en un mar de desolación. Las casas acostadas en su propia destrucción, en sus escombros, ya no están, apenas si quedan las gruesas paredes pegadas a algún edificio en pie, vestigio de lo que fue una casa de tejas.


Uno apenas podía vislumbrar por sus ventanas fotos familiares, de mujeres solas con sus trajes de fiesta posando para la posteridad en el interior, ahora están acomodadas en cajas en casas ajenas.


Las casas recogidas, idas, muestran los patios, las pequeñas casas, como habitaciones modernas o pequeños baños que resistieron al sismo, y en otras como un regalo para el visitante, como un habitante nunca visto o que apenas se vislumbraba su copa queda expuesto, erguido en medio del vacío: un árbol.
 


No al pasado


Don Armando vive en un callejón. Su casa en la que habitó durante sesenta años ya no está, vive en el vacío que quedó, puso una lona y ahí se queda a dormir. El día siete de septiembre su casa se vino abajo, su baño construido aparte quedó a salvo por lo que se levanta temprano a sus labores y sólo vuelve a su espacio a dormir.


Desde el primer día después del sismo ofreció a quien le interesara los murillos de su casa, las puertas y ventanas de madera, con amigos logró que estos tirarán el resto de los muros y las paredes, y se llevarán los escombros.


No quiso que nada le recordara el pasado, porque cada que veía la casa derrumbada le llegaban los recuerdos, y nada más mencionarla le daban ganas de llorar y mejor no, empezar de nuevo, aunque sea con un cuarto y seguir para adelante.


 



Nadie se resigna.

 


El reclamo


Fabián dice que con el terremoto perdió todo: se llevó a su mamá, perdió su casa, su trabajo, un hijo enfermo, delicado, esto lo dice con el rostro sereno, y con el mismo rostro impasible pregunta en su lengua materna -el zapoteco- “¿por qué Dios se excedió en este terremoto con nosotros?, nos dañó demasiado, nos quitó todo a pobres y a ricos, casas humildes y de dos pisos se cayeron”.


Aún hay miles de casas que están en pie pero severamente dañadas y que mantienen a sus ocupantes en las calles, desean que las máquinas las demuelan y se lleven los escombros para volver a su propiedad, esa es la principal preocupación de dejar las calles y volver a sus propiedades a sus espacios.
 


Depresión


Algunos se han quedado en la depresión como Juanito, hacedor de trajes de cadenilla en la Quinta Sección, uno de los contados costureros que realizan las intrincadas grecas, oficio que muchas elaboradoras de trajes evitan por lo intrincado de su elaboración.


En el terremoto, su vieja máquina de más de 50 años quedó aplastada y no existen ya en venta esas viejas máquinas, ni hay tienda en donde se vendan sus partes. Acostumbrado a este labor a la cual no puede regresar, espera con su casa destruida el apoyo necesario para mover y acariciar su vieja máquina, y crear las figuras sobre la tela.


Algunos más afortunados vuelven a sus oficios, como sea consiguen sus utensilios, realizan sus labores, acuden a los albergues y cocinas comunitarias pero vuelven a sus casas, tratan de recuperar sus vidas, a una normalidad que saben no volverá a ser la misma de antes del siete de septiembre, por lo menos no pronto.

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