En la época de la colonia, la antigua Verde Antequera fue azotada por pestes y terremotos, principalmente durante la Semana Santa, a tal grado que las autoridades eclesiásticas sacaron en procesión a la imagen de la Virgen de la Soledad, para buscar la intercesión divina.
Según la Historia de Oaxaca, escrita por José Antonio Gay, un terremoto sobrevino a las 12 del día, del miércoles 28 de marzo de 1787 y duró aproximadamente cinco minutos.
“(Fue) un espantoso movimiento”, relató el historiador y religioso.
Por la tarde y por la noche se sintieron nuevos temblores que fueron percibidos de gran manera en la región de la Costa, especialmente en Pinotepa Nacional, donde se generó un tsunami de grandes proporciones.
“Algunos costeños, como el mayordomo de la hacienda de D. Francisco Rivas, regidor de Oaxaca, pudieron salvar sus vidas, encaramándose en los árboles, hasta que se retiraron las aguas”, escribió.
Los pescadores, en la barra de Alotengo, vieron con asombro alrededor de las 11 de la mañana que el mar se retiraba, dejando descubierta, en más de una legua de extensión, tierra de diversos colores, peñascos y árboles submarinos, y que, retrocediendo luego, con la velocidad con la que se había alejado, cubría con sus ondas los bosques de la playa en que se internó más de dos leguas (un poco más de nueve kilómetros).
“Al volver (el agua) a su caja, (aparecieron) muchos y varios peces muertos. Algunos de los pescadores perecieron y otros pudieron salvarse, muy estropeados”, contó.
Un día después, el jueves 29 de marzo, el entonces obispo José Gregorio Alonso Ortigosa ordenó sacar en procesión a la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, para intentar aplacar la ira del cielo.
“Efectivamente, la procesión salió; más al pasar su efigie bajo el arco de la puerta del cementerio, se movió el suelo con extraordinario furor: el arco parecía desplomarse y la clave caer sobre la cabeza de la Santísima Virgen: entonces se oyó un grito que arrojaba aquella multitud angustiada. La perturbación de todos fue tal, que no pudo continuar la procesión retirándose a su templo la santa estatua”, narró.
Al día siguiente, el Viernes de Dolores, el 30 de marzo, a las 11 de la noche, se sintió otro terremoto más fuerte que los precedentes. Aunque, el Martes Santo, el 3 de abril, a las nueve de la mañana, se percibió otro más fuerte aún que los anteriores.
“El movimiento fue tan grande, que las piedras saltaban del suelo, no podía la gente sostenerse en pie. Las torres de San Francisco cayeron al suelo y la misma suerte corrieron otros muchos edificios, maltratados ya en extremo por las sacudidas de los anteriores días”, describió.
A causa de esto, muchos habitantes de la Verde Antequera abandonaron sus casas, dejándolas abiertas con todo cuanto poseían, y se retiraron a las plazas y al campo, durmiendo en chozas de zacate o bajo de tiendas, permaneciendo así cuarenta días, que duraron los terremotos.
“El corregidor que era D. José Mariano del Llano, sacó a los presos de la cárcel, para que no perecieran bajo los escombros, dictando otras providencias muy acertadas en las circunstancias”, refirió.
A pesar de esta situación, nadie se aprovechó del terror común y del abandono en que quedaron por muchos días los intereses de todos, para cometer el más pequeño hurto.
“(Esa, era la) prueba de la moralidad de aquellos tiempos, que aún se recuerda con tristeza por la generación presente, que está muy lejos de aquellas buenas costumbres, cuya pérdida con razón se lamenta”, rememoró.
Sacerdote vidente
En aquella ocasión, otra cosa notable fue consignada por el historiador, porque en la casa de D. José Alonso Romero, escribano de Cabildo en la época de los temblores, se encontraba hospedado el cura de Yólox, D. José Arce.
“El 28 de marzo, poco antes del primer terremoto, llamó a cuantos habitaban la casa, y los sacó a la calle, anunciándoles el peligro a que en breve se iban a ver expuestos: el hecho confirmó el vaticinio. Este cura se fue a vivir a la plazuela del Carmen, como otros muchos, y allí era el común oráculo, prediciendo con seguridad y exactitud la hora en que había de temblar la tierra, y si el temblor había de ser fuerte o suave. El mismo explicó el modo con que conocía esto, por cierto ruido interior que sentía en la cabeza y que tenía bastante regulado para no errar en sus vaticinios, sin pretender por lo mismo que lo tuviesen por adivino. Estos terremotos fueron precedidos y seguidos de otros, que no se pueden referir, uno a uno, por su excesivo número, tal que se llegó a decir que en todo el año de 87, apenas había pasado día sin algún sacudimiento, siendo preciso limitarse a dar noticia de los mayores daños, los que además, se entretejieron con algunos fenómenos naturales dignos de recuerdo”, documentó.
San Sixto
El terremoto de Nueva España de 1787, también conocido como el terremoto de San Sixto, ocurrió el 28 de marzo de 1787 a las 11:30 hora local. Causó un gran tsunami que afectó la costa de Oaxaca. Con una magnitud estimada de 8.6 en la escala de Richter, es el más potente jamás registrado en México.
