El sueño de todo corredor de montaña es participar en la cumbre mundial de trail, en el techo de Europa: Chamonix, Francia. Aquí se reúnen corredores de todo el mundo en una competencia única.
Es la historia de Rubén Toledo, quien se ha convertido en uno de los mejores exponentes oaxaqueños en competencias de aventura.
La aventura comienza una mañana con un viaje en autobús a la CDMX, posteriormente al aeropuerto y volar hasta Madrid, ciudad que me cautivó por su belleza arquitectónica, calidez de su gente y la gastronomía cosmopolita.
Vuelo hacia Zurich, ciudad con características germanas, en el norte de Suiza, frío y gris. Tomo un tren que atraviesa el país hasta llegar a Martigny. Finalmente el tren escala por las paredes rocosas y nevadas de los Alpes franceses hasta la Villa de Chamonix.
El hotel que elegí, en Les Houches me regala un hándicap, está a 5 km de la parada de autobús que me lleva a la línea de salida en Cormayeur, una villa de esquí en Italia.
Despierto a las dos de la mañana para preparar el material de carrera e iniciar un trote por una ruta de montaña. Allí esperé una hora entre una centena de corredores, que poco a poco se dirigen a la salida. Es increíble la sensación de ver sus rostros serios.
Más de mil corredores
Hay más de 1,500 corredores en el albergue haciendo sus últimos preparativos. Aquí saludo a Luigui Romanelli, quien también estará en esta travesía. En la salida, un maremágnum de piernas ansiosas por devorar esos +120 kilómetros.
Cuesta trabajo integrarme al área de salida. Una voz en off anuncia las indicaciones para la carrera en varios idiomas; a las cinco de la mañana en el ambiente empiezan a resonar las notas de “Epica” de la película “Piratas del Caribe”, la adrenalina hace que me olvide de todo, del frío, hambre y sueño provocado por el cambio de horario.
La carrera comienza entre calles empedradas en ascenso; posteriormente una brecha durante los primeros diez kilómetros.
Esta carrera es dura, ya que pone a prueba la capacidad de adaptación a la altura y desnivel positivo. Al llegar a Lac Combal, el primer puesto de abasto, cometo un error: debido al hambre, comí en exceso queso y embutidos; esto afectó mi estómago.
Seguí en la carrera por una vereda que hizo lento mi avance, ya que había muchos corredores en ella. Después del kilómetro 15, el recorrido pasa por glaciares impresionantes; llego al segundo puesto de abasto, como sopa caliente y tomo café.
El medio día llegó y faltaban seis kilómetros hasta el siguiente abasto, empecé a padecer la ausencia de agua. Por fortuna, encontré líquido entre musgos y helechos y aproveché para llenar mis recipientes.
Llegué a Col du Petit Saint Bernard, frontera entre Italia y Francia; aquí mi estómago se resintió y se vació. Estuve a punto de desistir, sin embargo, seguí a paso suave hacia Fort de la Platte y a Bourg San Maurice. Paso por un control médico en el que juro que me encuentro en mi mejor momento. Como algo de sopa y sandía y me decido a seguir.
Agua de dos euros
Conocí a un corredor italiano con quien seguí hasta terminar esta parte. Frente a nosotros se veía un macizo montañoso parecido a una pared.
Avanzamos y gracias a su experiencia no hicimos pausa hasta llegar al punto más alto, en medio de una llovizna pertinaz. Aquí sentía que mis piernas estaban muy agotadas, así que descansé cinco minutos.
En el horizonte veía una hilera de corredores que llegaban a un castillo. Motivado por esta vista apresuré mi paso y comencé a trotar hasta llegar a un avituallamiento donde había botellas de refresco, jugos, baguettes, hasta leche de cabra.
Tomé una botella de jugo y grande fue mi sorpresa ya que una chica me dijo que costaba 2 euros. Demasiado tarde, ya que había tomado de la botella y no tenía efectivo. Aterrado por la deuda que acababa de contraer pensaba en una solución, afortunadamente un corredor “Acterix” se acercó y en perfecto español me dijo que me lo invitaba y a cambio yo le invitaría una cerveza en México.
Cuando leí acerca de los pasos de montaña no imaginé que fueran tan rudos. Sin embargo, después de un punto de control, una parte de la ruta se da casi en vertical; ayudado por una cadena bajé con miedo y precaución.
Correr entre una tormenta
Un corredor me pidió paso. Al terminar esta bajada alcancé al corredor, con quien entable plática. Era de Hungría y me comentó su gusto por México. Gracias a él troté hasta llegar al abasto de Cormet de Roselend, aquí decidimos quedarnos el menor tiempo posible, ya que la noche y el frío calaban; había una lluvia fría. No pude quedarme mucho tiempo ya que de inmediato comenzó a increparme: Go, go, go.
Continuamos hasta llegar al paso de montaña Col Est de la Gitte, donde una fuerte tormenta obligó a los corredores a entrar a una casa de campaña. Después de más de media hora, este amigo me apuró a salir de allí a pesar de la lluvia. Me dijo que la lluvia helada no iba a parar así que salimos bajo condiciones extremas.
No recuerdo cómo salí. La siguiente imagen es estar sentado sobre una roca al lado de un hermoso río, en la entrada del pueblo de Les Contamines, a punto de amanecer y con la misma lluvia helada.
Comencé a trotar hasta el puesto de abasto, motivado por la idea de que ya estaba en la parte final de la carrera. Aquí me indicaron que tenía tres horas de ventaja así que me senté a tomar café y sopa.
Sin darme cuenta dormí profundamente sobre la mesa hasta que me despertó una algarabía; era porque celebraban la llegada de Orquídea Chong, corredora mexicana que venía en último lugar.
Desperté asustado ya que estaban a punto de cerrar la puerta de tiempo. Salí trotando y al llegar a una pequeña villa vi frente a mí una montaña con un desnivel importante y muchos puntos de colores en la distancia, corredores que iban con sus últimas fuerzas la última cumbre de esta tortuosa carrera.
En Col de Tricot había un puesto de control, advertí que el valle de Chamonix estaba a mis pies; motivado por esta buena vista, comencé a correr en una vereda llena de lodo.
Arribar a la meta
A lo largo de este segmento una persona me dijo “5 km y 1 hora”. Recordé que es el equivalente a una vuelta al bosque El Tequio. Es increíble lo que una motivación puede lograr. Entré al pueblo entre vítores del público en las vallas
Al fin iba llegando a la meta; ¡faltaban 500 metros y tenía 5 minutos! Es una emoción sin igual llegar a una meta después de tanto sacrificio y dolor. Al llegar a la alfombra azul de la meta escuché mi nombre y nacionalidad en el sonido local. Me arrodillé al llegar a la meta. Cumplí el sueño de todo corredor de montaña.
Deambulé un poco por el área de meta y fui al gimnasio donde recogí mis drop bag. Me puse ropa seca y me tendí en el piso a descansar. Quedé dormido hasta que llegaron a despertarme porque iban a cerrar la puerta.
A partir de este momento, con todo y el cansancio acumulado, busqué un hotel para pasar la noche y al otro día ir por mi maleta a Le Houches, caminando de nuevo por la montaña. Después tomé el tren a Martigny y mientras veía alejarse Mont Blanc no dejaba de pensar en la aventura de vida que recién había pasado.
