Ernesto canto nació en la Cd. de México D.F. el 18 de octubre de 1959 y una noticia desafortunada y prevista sólo confirmó lo que sucedería, una enfermedad maligna de hígado y páncreas terminaron con la vida del más íntegro marchista mexicano en cuanto a logros deportivos obtenidos a habido en México. nació en el seno de una familia de economía media e hijo de militar; su lugar de residencia desde la temprana edad, la tuvo en vecindad con el Comité Olímpico Mexicano. él se inicia en el atletismo de las carreras, al lado del célebre y aún testigo viviente, el profesor Juan Hernández, responsable por aquellos tiempos del club de atletismo “Venados”.
Ernesto Canto Gudiño era uno de estos jóvenes que dejaron de hacer el atletismo de la carrera para probar suerte temprana en el atletismo de la caminata, sus capacidades físicas eran extraordinarias, longilíneo natural, técnica impecable y una mentalidad de campeón, con un sentido de resiliencia a prueba en cada momento de su vida ante las adversidades que tiene que pasar un campeón en su pecaminoso recorrido rumbo a la gloria.
por aquellos tiempos en la adolescencia de Ernesto, veía entrenar en el Comité Olímpico Mexicano a diario al equipo de la marcha olímpica conformado totalmente por la responsabilidad de Hersy Hausleber, veía a marchistas de alto nivel mundial y olímpico como al sargento José Pedraza Zúñiga, Pedro Aroche, Félix Gómez, los hermanos Colín, el aún joven Daniel Bautista Rocha entre otros brillantes marchistas de la época. De tal manera que la influencia era tan fuerte por la marcha…. La fiebre generalizada por hacer marcha… que el entrenador Juan Hernández se convirtió a propuesta del profesor Hersy Hausleber como entrenador adjunto del equipo, pero encargado del “semillero de aquellos niños y jòvenes que más tarde se convertirían en campeones mundiales y olímpicos, siguiendo la marca puesta por sus antecesores”. así uno los iniciaba y el profesor Hausleber se pasaría años en sacarle brillo y modelar al talento; de ésa memorable generación de jóvenes marchistas se incubaron Joel Sánchez, Carlos Mercenario, Hernán Andrade, Bernardo Segura, Viliulfo Andablo, entre otros no menos importantes andarines (futuros también campeones olímpicos).
“La semilla sana había caído en terrero fértil”, y cuando pasaron algunos pocos años, sería el mismo entrenador Hersy Hausleber quien lo encumbraría a la gloria; pero el camino al oro olímpico estuvo antecedido de logros de un campeón, que pasa de un escalón al próximo de arriba, para convertirse en campeón nacional juvenil y de categoría libre, campeón Centroamericano y del Caribe, campeón Panamericano, campeón Mundial y finalmente campeón olímpico en la XXIII Olimpiada de la era moderna celebrada en los Ángeles 1984 en Estados Unidos. Debo bien precisar que su especialidad en la marcha siempre fueron los 20 kilómetros, que en la jerga del equipo, coloquialmente se les conoce como “veinteros”.
Sus altas capacidades físicas y emocionales le llevaron por méritos propios, estar en los Juegos Olímpicos de Seul 1988, y cuando estaba a unos minutos de la última vuelta para abandonar el circuito y encaminarse rumbo al estadio olímpico y lidereando el grupo puntero, una “paletilla de color rojo” salió a su veloz paso para descalificarlo, a mi muy personal juicio, injustificadamente perdió la oportunidad de repetir la hazaña de cuatro años antes de Los Ángeles 84.
Regresó a la nueva cita olímpica de Barcelona 1992 nuevamente como un favorito, dadas las marcas que con antelación había registrado, pero para su desfortuna en el viaje de la paz, Bolivia-México (donde se realizaron los campamentos de aclimatación a la altura con rumbo final a Barcelona) arribó a esta sede del deporte olímpico con un cuadro gripal agudo, con complicaciones bacterianas, apenas tres días para cubrir su compromiso deportivo, Ernesto compitió pero su desempeño fue desastrozo al arribar a la meta en la posición 29. Después vino su retirada de las pistas y de los largos y eternos recorridos en el asfalto de las carreteras aledañas entre Estado de México y el Distrito Federal, así como las hermosas y agobiantes travesías al nevado de Toluca, Popocatépetl y Desierto de los Leones.
Siempre recordaré a un Ernesto Canto con infinita capacidad de liderazgo en el equipo durante los momentos de esparcimiento y relajamiento deportivo, pero no se diga en los entrenamientos, ahí se desconocía; si alguien le quería pasar o emparejársele,” venían los codazos” y les decía “¿y tu a donde vas? …tu lugar es atrás de mi ¡cabrón!”
Para subir al camión que nos trasladaba del Comité Olímpico a los lugares donde tocaba entrenar, recuerdo que el primer asiento de adelante era para él y el equipo se lo respetaba y lo sabían que así era, era para un compañero que se ganaba un lugar en la dura competencia de los entrenamientos, nunca fue brabucón o que se ganara su lugar por métodos intimidatorios. ¡¡no!!…… se los ganó por méritos propios ante los ojos de los demás en buena lid.
Un lugar eterno habrá en el olimpo para el descanzo de Ernesto Canto, y deja un ejemplo deportivo para las generaciones venideras. ¡¡¡reposa campeón, ya que cuando viviste, usaste tu cuerpo para el movimiento como una manifestación natural de la vida!!!
Que descance en paz.
