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Se respira la esencia de la Navidad oaxaqueña

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Es diciembre y Oaxaca se viste nuevamente de fiesta. Cubre sus balcones con escarcha y sus puertas con esferas. Desde el cielo prenden farolitos de colores y sus jardineras se tiñen de nochebuena. 


La víspera de navidad huele a heno y ligeramente a piloncillo de buñuelos servidos en platos de barro que estallan de alegría, como marca la tradición, al reventarlos al piso.


Poco a poco las calles del primer cuadro de la ciudad se llena de gente, se disuelven en charlas de baqueta, abrazos, intercambio de detalles y selfies. El ambiente es distinto, pues aunque no en todos los casos, hay un sentimiento de felicidad especial.


Envueltos en risas, una docena de niños artesanos convierten el Jardín el Pañuelito en cancha de fútbol. Corretean un balón improvisado en tenis desgastados.



Al tiempo, el turismo se detiene entre los puestos para admirar las regiones del estado entre telares de Amuzgos, Guichicovi y Tlahuitoltepec.


Desde Santo Domingo hacia el zócalo se lanzan destellos dorados de la escarcha que cuelga de un edificio a otro embelleciendo el camino.


Los andares no son apresurados, se detienen para apreciar el paisaje que invita a fotografiarse. La admiración se nota en los rostros sonrientes, de quienes pisan por primera vez Oaxaca de Juárez.


Para quienes están habituados a la ciudad también hay emoción y no se oculta, se despliega en los planes para la cena, los convivios y los proyectos del aguinaldo.



El semáforo se pinta de rojo, pocos vehículos transitan entre la quietud y tregua de manifestaciones.


La víspera de navidad también tiene un olor a rábano fresco, a tierra removida y raíces profundas que llegado el 23 de diciembre se establecerán en la antigua Plaza de las Armas en formas fantásticas desprendidas de manos virtuosas e imaginación prolífica.


Lejos del primer cuadro de la ciudad, en las casas de los barrios tradicionales se teje otra forma de celebrar. La fiesta se funde entre farolillos de carrizo y papel celofán. Brincotea en luces de bengala que destellan como estrellas entre la oscuridad.


La noche se perfume a tejocote, caña y manzana. Se degusta con medias tortas de frijol y queso, se deleita cantando ¡Dale, dale, dale! con la piñata en movimiento de un lado a otro esquivando los golpes.

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