Por Lázaro Peña V., Pbro.
Domingo XIII del Tiempo Ordinario, 28 de junio de 2026, Verde. [Se omite la Memoria de San Irineo, Obispo y Mártir]. Verde. MR p. 425 [423] / Lecc. II p. 24. LH Semana I del Salterio. 2Re 4, 8-11. 14-16; Rom 6, 3-4. 8-11; Mt 10, 37-42.
La primera lectura nos enseña la hospitalidad, no sólo como deber humano y social, sino como una actitud religiosa. Recibir a los mensajeros de Dios, es recibir a Dios; al abrir las puertas a los enviados de Dios, estamos abriéndole las puertas a Él mismo, quien sale, a través de sus enviados, al encuentro de sus ovejas. El Señor nos pide abrir nuestro corazón a las necesidades de los demás y nos premiará como a Abraham y a Sara, quienes hospedaron a los 3 ángeles del Señor; y así como a la mujer que dio asilo en Sunem al profeta Eliseo; esos buenos anfitriones, por haber amparado en su casa a enviados de Dios, recibieron como recompensa un hijo, a pesar de su esterilidad.
En la segunda lectura, San Pablo se dirige a los romanos, pero nos habla a todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús. La incorporación a Cristo, que realiza el Bautismo, nos une a la muerte de Cristo, para participar después de su Resurrección. La muerte sigue aconteciendo al cristiano, es el cordón umbilical que aún nos une al mundo de nuestros primeros padres (Adán y Eva); pero la gran ventaja que tenemos los cristianos es la esperanza en la Resurrección y es por eso que seguimos luchando después de cada caída, pues el Bautismo no es un amuleto que nos haga inmediatamente perfectos, debemos esforzarnos en poner en práctica los mandamientos de la Ley de Dios. Aunque somos conscientes de que cometemos pecados todos los días, eso no debe paralizarnos, sino más bien darnos fuerza para levantarnos después de cada caída y seguir a Cristo con nuestra Cruz.
Con el Evangelio de hoy, tomado de san Mateo, capítulo 10, versículos del 37 al 42; nos queda claro que seguir a Jesús, ser su discípulo, no es fácil. Jesús no engañó a sus discípulos, no les escondió nada; siempre les indicó las dificultades, la dureza de la misión; pero también las recompensas.
Los que siguen a Jesús, buscando privilegios, pronto se decepcionarán; quienes lo siguen por intereses particulares, sin adherirse al proyecto de Jesús y a su causa, se verán decepcionados y vivirán amargados; y contagiarán a otros, alejándolos de Jesús, en lugar de enamorarlos del Evangelio, como hacían las primeras comunidades cristianas, de quienes la gente, admirada, decía: "miren cómo se aman".
Por eso vemos a tantos hermanos católicos que abandonan la Iglesia, pues no encontraron lo que esperaban, lo que querían: privilegios, apapachos y que los demás les sirvieran.
El texto de hoy debe ser un manual del cristiano, para que aprenda a servir y a sufrir, pues con el Bautismo nos configuramos a Cristo, tanto en la Cruz, como en la Resurrección.
La fidelidad total en el seguimiento de Cristo implica, frecuentemente, dificultades y hasta asechanzas; así se ha puesto de relieve, particularmente, en tiempos de persecución. Pues no debemos olvidar que somos discípulos de Aquél que murió en la Cruz, por nosotros; pero que también Resucitó y nos abrió las puertas del Cielo.
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"
Hospitalidad: Valor y virtud en el ámbito de la caridad, con el que se acoge al forastero, se da bienvenida al extranjero y ayuda al urgido y necesitados. Para los antiguos Judíos, así como para otros pueblos, esta virtud no sólo es política de conveniencia (hoy por ti, mañana por mí), sino una necesidad y exigencia profunda de solidaridad, que emerge de las circunstancias difíciles. Jesús pide a los cristianos mostrarse como anfitriones y ser hospitalarios con el otro, quien quiera que sea. En la piedad cristiana la hospitalidad se ha convertido en obra de misericordia.
Bautizado: Es aquel cristiano católico que ha recibido el Primer Sacramento de la Iniciación Cristiana, que es el Bautismo; por el cual ha recibido al Espíritu Santo (Hechos 2, 37; 19, 3-5; y 1Cor. 15, 45-47)., ha sido incorporado a la Iglesia (1Corintios 12, 13-27; Hechos 2, 41-47), se le ha comunicado la vida de hijo de Dios (1Juan 3,1); ha sido limpiado del pecado original y, en su caso, del pecado actual (Romanos 5, 12-21 y 6, 1-5); y se ha configurado a Cristo, es decir, se ha revestido de Cristo, pues ha sido entregado a Él por el Bautismo (Gál. 3, 27).
Discipulado: Es el que realizan las personas que se apegan a un maestro y se dejan formar por él. Esta figura aparece en el tiempo de los rabinos, pero Jesús es quien le da el sentido más fuerte, pues Él viene con la autoridad de Dios (Mt 10, 37; Mc. 10, 21). En el Evangelio a veces se utiliza de manera indistinta la palabra apóstol o discípulo (Mt 10, 1); pero Lucas sí hace la distinción (Lc. 6, 12-16 y 10, 1). Y es que, hablando de manera estricta los apóstoles fueron el grupo de 12 que permaneció a su lado, en estrecha relación y aprendizaje; mientras que los discípulos eran fluctuantes, podrían llamarse sus "partidarios" o "simpatizantes", entre ellos había varias mujeres (Lc. 8, 2). Los discípulos por excelencia son los que siguen a Jesús, esforzándose por conformar su vida a la de Él (Mt. 10, 24-25); tú y yo, también somos llamados a ser sus discípulos y tenemos de guía a María Santísima, ejemplo de discípula.
