Por Lázaro Peña V., Pbro.
Domingo XI del Tiempo Ordinario, 14 de junio de 2026, Verde. MR p. 423 [421] / Lecc. II p. 18. LH Semana III del Salterio. Se omite Beato Cosme Spessotto. Otros santos: Eliseo, profeta; Metodio de Constantinopla, patriarca. Beata Francisca de Paula de Jesús «Nhá Chica», laica. Éx 19, 2-6; Rom 5, 6-11; Mt 9,36 - 10,8.
Para entender mejor la primera lectura, debemos tener presente que el Sinaí es el tema central, no sólo del Libro del Éxodo, sino de todo el Pentateuco; pues es el lugar del encuentro del pueblo con el Dios verdadero. Ahí es donde propiamente Israel nace como pueblo y todavía más, ahí lo hace Dios el pueblo suyo y es ahí donde el Pueblo de Israel se compromete a cumplir sus mandamientos (Éx. 20, 1-17) y a no tener dioses fuera de Él (Éx. 19, 2-6). Esta es la alianza, los israelitas ya son hombres libres, que pertenecen únicamente a su Libertador, que es Dios; por eso no se dejarán contaminar por los ídolos, las malas costumbres y los falsos valores de los demás pueblos. A Dios nadie lo ha visto jamás, por eso Él elige a algunos hombres como mediadores, principalmente a los profetas y sacerdotes.
En la segunda lectura, San Pablo dice a los romanos que Cristo murió por los pecadores. Él se asombra de que Cristo se haya sacrificado por unos hombres sin Dios, separados de Dios, lejos de Dios, que no conocían a Dios. Cristo ha dado su vida por unos seres humanos que no tenían ninguna esperanza de prolongar su vida, más allá de la muerte. Por eso San Pablo dice en 1Cor. 15, 32: "Si no hay más que esta existencia, ¿de qué me sirve haber luchado contra leones en Éfeso? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos", como ya Isaías lo había denunciado (Is. 22, 13). "Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Con mucha más razón ahora nos salvará del castigo si, por su sangre, hemos sido hechos justos y santos. Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo; con mucha más razón ahora su vida será nuestra plenitud" (Rom. 5, 8-10).
En el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo, Jesús nos invita a ver el dolor, el sufrimiento y el desánimo de la gente, y compadecernos; o sea, sentir, llorar con ellos, desde lo más sensible de nuestro corazón; y no como un asalariado, sino como un verdadero pastor que sufre de verdad cuando se pierde una e sus ovejas y no descansa hasta encontrarla, y con mucho amor la carga sobre sus hombros y la lleva al rebaño.
Aquí Jesús invita al discípulo a ser pastor como Él, pues del conocimiento de las ovejas nace el deseo de ser discípulo. La tarea del discípulo es anunciar la Palabra y curar a las ovejas, en otras palabras, el discípulo debe prolongar la obra del ministerio de Jesús en la Tierra; pues el rebaño de Jesús, que es la Iglesia, nació gracias a la vida que el Buen Pastor dio por sus ovejas.
En la Iglesia todos son llamados a un trabajo apostólico, pero muchos no queremos ser trabajadores, aunque seamos conscientes de que la cosecha es mucha; quizá el miedo a ser trabajadores radique en que no nos sintamos capaces, o pensemos que no seremos escuchados; pero no olvidemos que quien hablará a través de nosotros será el Espíritu Santo, Él pondrá en nuestra boca las palabras adecuadas, que lleguen al corazón de los oyentes. También podemos sentirnos incapaces de obrar milagros, como hacían los apóstoles; pero en nuestro caso lo que nos pide Dios es "solidaridad" con los enfermos, con los necesitados, se trata de poner nuestros talentos al servicio de quienes sufren. Todo esto es porque Cristo quiere que su Iglesia no quede sin pastores y sin trabajadores del Reino. Ánimo, hermanos; todos podemos trabajar en la viña del Señor, según el talento que ha recibido.
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"
Apóstol: Palabra griega que significa "mensajero", "enviado". En la época de Jesús, el enviado era realmente el representante de su patrón. Así, Jesús llamó a los que Él quiso, constituyéndolos sus apóstoles, para que estuvieran con Él, recibieran sus enseñanzas, luego fueran a predicar, a bautizar, a perdonar pecados, dándoles poder para echar demonios (Mc. 3, 13-19); esto quiere decir, que el verdadero discípulo de Jesús no puede, no debe quedarse encerrado en el templo sólo para celebrar el culto, pues se convertiría en un cura de “Misa y olla”. Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo y Judas Iscariote, el que lo traicionaría (Mt. 10, 2-4).
Discípulo: Es quien se apega a un maestro y se deja formar por él. Los discípulos aparecen en el tiempo de los rabinos, pero Jesús es quien da el sentido más fuerte a la palabra, porque Él viene con la autoridad de Dios (Mt 10, 37; Mc. 10, 21). En el Evangelio a veces se utiliza de manera indistinta la palabra apóstol o discípulo (Mt 10, 1); pero Lucas sí hace la distinción (Lc. 6, 12-16 y 10, 1). En realidad, los apóstoles fueron el grupo de 12 que permaneció a su lado, en estrecha relación y aprendizaje; mientras que los discípulos eran fluctuantes, podrían llamarse sus "partidarios" o "simpatizantes", entre ellos había varias mujeres (Lc. 8, 2). Los discípulos por excelencia son los que siguen a Jesús, esforzándose por conformar su vida a la de Él (Mt. 10, 24-25); tú y yo, también somos llamados a ser sus discípulos.
Talento: Palabra hebrea que significa redondo. Puede ser un distrito, un pan redondo, la tapa redonda del recipiente llamado "efah". Al comienzo era un peso de 59 kg, después se redujo a 48 y 35 kg. La parábola de Jesús sobre los talentos, fue la que le dio el sentido que tiene hoy la palabra "talento" (Mt 25, 14-30); en dicha parábola Jesús evalúa el modo o el cómo se han hecho multiplicar los talentos, el pecado consiste en haber guardado para sí lo que se había recibido; este es el gran pecado de las sociedades decadentes en las que se consume y se aniquila lo que se ha recibido; ya sea la formación humana y los conocimientos, las riquezas económicas o de la naturaleza, incluso la Palabra de Dios que, en lugar de ponerla en práctica y propagarla, terminamos guardándola en el librero, en un altar empolvado o, en el mejor de los casos, la dejamos en nuestra mente.
