Por Joel Vicente Cortés / Colaborador
La revocación de mandato en Oaxaca terminó siendo cualquier cosa, excepto un ejercicio democrático. Más que un mecanismo de evaluación ciudadana, funcionó como un laboratorio para observar desempeños, medir lealtades, ajustar narrativas oficiales y exhibir a los operadores políticos del régimen. El referéndum que supuestamente legitimaría al Ejecutivo careció de decoro político: amenazas veladas sobre el retiro de programas sociales, campañas de miedo y presión institucional no produjeron entusiasmo democrático, sino desprecio social y una votación adversa que el oficialismo hoy intenta maquillar.
Concluidos los reportes de los 25 consejos distritales del IEEPCO, el 26 de enero, los números son elocuentes aunque se pretendan invisibilizar. Una participación ciudadana del 30 %, 550 274 votos a favor del gobernador —146 mil menos que en la elección de 2021— y 357 025 votos en contra, confirman lo que ya era evidente: un triunfo formal, pero una derrota política. La autodenominada “primavera oaxaqueña” terminó mostrando síntomas tempranos de autocracia fatigada.
Como ocurrió con el PRI en su fase terminal, el gobernador Jara parece autoengañarse —o ser engañado— con la ficción del respaldo mayoritario del “pueblo bueno”. El recurso a la auto celebración, los discursos de victoria moral y la propaganda triunfalista evocan con demasiada nitidez los peores años del priato electorero, ese que durante siete décadas confundió control político con legitimidad democrática. Esa película, conviene recordarlo, ya la vimos… y terminó mal.
Lo más preocupante no es la baja participación, sino el cinismo normalizado con el que se ignora el rechazo social. Haciéndolo, el gobierno reinstala prácticas ajenas a la izquierda histórica —PCM, PSUM, PMS, PRT, POS— que luchó precisamente contra esas simulaciones. Resulta vergonzosa la amnesia política de quienes hoy se dicen herederos de esas tradiciones, mientras reproducen, con asesoría de mapaches expriistas, los mismos mecanismos que ayer denunciaban con vehemencia.
La impunidad, entretanto, campea en la nomenclatura dominante. Y aunque localmente se simule normalidad, es público que, con o sin consentimiento, en el marco de la guerra antinarco, USA vigila con lupa el desempeño opaco de funcionarios mexicanos, obligando al gobierno federal a observar —en particular— a actores de la 4T oaxaqueña potencialmente vinculados con redes criminales. No valen aquí las cuentas alegres ni los discursos épicos: más de uno haría bien en poner sus barbas a remojar.
Con el ojo federal encima y el desgaste interno acumulándose, el poder en Oaxaca comienza a sentirse de espaldas a la pared. El proceso revocatorio permitió vislumbrar algo más grave: la tentación de cerrar el paso a cualquier alternancia, incluso cuando esta apenas comienza a gestarse. El mensaje es claro para propios y extraños: perder el poder no solo implicaría una derrota electoral, sino el riesgo de que salgan a la luz tranzas, pactos inconfesables y alianzas con la criminalidad.
No tiene sentido adornar la realidad. Oaxaca avanza como una locomotora sin frenos hacia el riesgo de reinstalar un régimen de partido casi único, sin elecciones genuinas y con el uso faccioso de la ley para perseguir opositores. Lo que ayer se criticó al PRI hoy se ensaya desde Morena con sorprendente naturalidad. Los adultos del viejo régimen heredaron el manual; los nuevos gobernantes —sus “hijos políticos”— lo ejecutan sin pudor y con eficiencia preocupante.
Todos los días emergen casos de robos millonarios al erario cometidos por miembros del partido oficial. Lo más inquietante no es el saqueo en sí, sino la normalidad con la que se ejerce, Toman al Estado como botín y no institución pública. Se roba sin culpa, sin recato y, por ahora, sin consecuencias.
Pese a este panorama sombrío, el gobernador Jara aún conserva —quizá— una última oportunidad de corregir el rumbo. Retomar políticas públicas y los pendientes sociales, desmontar la simulación política y reivindicar un pasado cuasi socialdemócrata podría salvar no solo su legado, sino el futuro inmediato de su propia sucesión. De no hacerlo, la historia será implacable. Porque en política, y en las revocaciones mal hechas, no basta con ganar en las boletas cuando ya se perdió en la conciencia pública.
Oaxaca, enero 28 de 2026.
