A pesar de los avances en visibilidad y diagnóstico, las personas adultas autistas continúan enfrentando barreras estructurales, exclusión social y violencias cotidianas que las mantienen en la invisibilidad.
“Se enfrentan a situaciones de discriminación todos los días. Hay muy poca información y escasa capacitación dentro de la función pública. A principios de este año documentamos graves violaciones cometidas por el sector salud. Acompañamos a personas autistas que enfrentan procesos administrativos e incluso penales derivados de actos discriminatorios”, señala Niza Chávez, coordinadora del área jurídica de Colectiva Jurídica por la Dignidad Disidente (COJUDIDI), colectivo que, entre otras actividades, brinda acompañamiento a personas adultas autistas en Oaxaca.
Arturo, integrante del grupo de acompañamiento de la colectiva, es uno de tantos rostros de esta violencia. Durante las festividades de la Samaritana, fue agredido físicamente dentro de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) por un grupo de estudiantes que lo acusaron erróneamente de acoso.
Arturo había sido invitado al evento, caracterizado por la entrega de aguas frescas y dinámicas colectivas.
“Cuando quise participar en las bodas colectivas, empecé a buscar pareja. Fue ahí cuando se ofendieron, pensaron que las estaba acosando. Después vino el baile de la víbora de la mar, pero ya me habían golpeado unos estudiantes de derecho”, relata Arturo.
A pesar de que una maestra les explicó que Arturo es una persona autista, fue echado del lugar y amenazado con llamar a la policía.
La red de apoyo de Arturo acudió ante las autoridades escolares para denunciar la agresión. Hasta el momento están a la espera de una respuesta.
La UABJO no ha sido el único espacio de discriminación. En otra ocasión, Arturo fue desalojado de la Casa de la Cultura, tras ser falsamente acusado de estar ebrio.
“Fue el 8 de abril de 2024”, recuerda con precisión.
El acceso a la justicia es uno de los principales obstáculos con los que se enfrentan las personas autistas, afirma Niza.
En contraparte, las instituciones gubernamentales en sus distintos niveles han colocado un discurso que no concuerda con la realidad. “Pareciera que están trabajando, pero sólo son palabras”, señala.
Las personas autistas adultas, al igual que las infancias, pueden experimentar dificultades en la comunicación social y la interacción.
Sin embargo, sus manifestaciones son diversas y en muchos casos no visibles a simple vista, lo que incrementa el riesgo de malentendidos, estigmas y agresiones.
Lizbeth Díaz Díaz, coordinadora del área de psicología de Cojudidi, es fundadora del Grupo de Acompañamiento para Adultxs Autistas. Su nacimiento tiene origen en los distintos episodios de discriminación que vivieron tanto ella como su hermano, una persona autista.
En este grupo, que se reúne periódicamente en espacios seguros como la Casa Rosa Mutante, se acompaña a personas autistas adultas desde un enfoque de cuidado colectivo.
En algún momento el grupo de apoyo llegó a estar integrado por 11 personas, pero actualmente suelen asistir entre seis y siete. “Como somos amistades, nos vamos enterando de lo que les pasa: en 2023 algo me pasó a mí y a mi hermano Eduardo; en 2024 fue Mar con el sector salud; y ahora, en 2025, Arturo. También Cristian, que forma parte del grupo, tiene una mejor amiga que fue víctima de feminicidio junto con su madre”, relata.
En sus convivencias comparten estas realidades que derivan siempre en lo difícil que es el acceso a la justicia para personas neurodivergentes.
Una de las integrantes del grupo es Mar, mujer autista y psicóloga, quien comparte cómo el capacitismo institucional afectó su trayectoria profesional. Cuando buscó una plaza para realizar su servicio social cerca de su comunidad, le fue negada por no tener una discapacidad física evidente.
A pesar de que su universidad contaba con su diagnóstico clínico, le indicaron que “como no se le notaba”, no procedía su solicitud.
Terminó siendo enviada a una región lejana con un clima que le provocaba crisis sensoriales. A pesar de pedir apoyo, sólo recibió una terapia mensual, lo cual era claramente insuficiente.
“Tuve un colapso emocional porque me era muy difícil comunicarme y me sentía completamente sola”, recuerda.
Ante las amenazas recibidas por parte del personal institucional al intentar exigir sus derechos, Mar decidió presentar una queja ante la Defensoría de los Derechos Humanos, acompañada por Cojudidi.
Gracias a este respaldo, logró regresar a la capital y continuar su formación. Sin embargo, el proceso dejó marcas.
“Si ya es difícil acceder a la justicia para una persona neurotípica, para una persona autista lo es el doble o el triple”, afirma. A su vez, cuestiona el papel de las políticas públicas: “Existen leyes generales, pero son letra muerta. No establecen mecanismos efectivos para protegernos ni nos consideran desde nuestra realidad”.
Desde su experiencia, Mar define el autismo no como un trastorno ni una enfermedad, sino como una forma diferente de percibir el mundo.
“Es una manera distinta de sentir, pensar y expresarse. El problema es que la sociedad no está preparada para convivir con personas neurodivergentes”.
En el grupo de acompañamiento, por primera vez ha sentido que puede ser ella misma, sin tener que recurrir al camuflaje social, también conocido como masking.
“Toda mi vida lo hice para sobrevivir. Pero es agotador, termina generando ansiedad, depresión o incluso estrés postraumático. En el grupo puedo simplemente ser”.
A dos años de su creación, el Grupo de Acompañamiento para Adultxs Autistas continúa nombrando y visibilizando lo que ha sido históricamente ignorado: que el derecho a existir, a ser, y a vivir sin violencia, también aplica para quienes han sido sistemáticamente excluidos del reconocimiento social y jurídico.
“Se enfrentan a situaciones de discriminación todos los días. Hay muy poca información y escasa capacitación dentro de la función pública".
Niza Chávez, coordinadora del área jurídica de COJUDIDI.
