Orfandad, precariedad y violencia se combinaron para que a los ocho años, a Martha la mandaran a trabajar a la calle. 27 años después no pudo romper el ciclo para que su hija Jessica, con las particularidades del cambio generacional, enfrentó lo mismo.
“Mi abuela Inés me levantaba a las 4:00 de la mañana, iba con una tía al molino, luego a lavar un chiquero y así me iba a la escuela. Si nos recogen, es para ponernos a trabajar”, afirma sin dudas una mujer de 53 años a quien todavía le duele una infancia en la que su papá falleció y su mamá fue recluida en un centro de readaptación social.
Ese contexto impidió que Martha lograra pasar a tercer grado de primaria y ver una relación de pareja como la salida a sus problemas familiares.
“Yo crecí y ahora sí que sobreviví por gracia de Dios y por inercia, porque, pues cuando tú no tienes quién te lleve de la mano y te explique de la vida, una cree que al juntarse va a mandar”, reconoce Martha.
Panorama sombrío
En vez de una salida, para Martha su relación de pareja representó asumir la crianza sola de su primer hijo y una hija porque el padre no asumió responsabilidades afectivas ni económicas y no superó un problema de adicciones.
“Yo me volví a juntar y en mi tercer embarazo creí que me iba a morir”, recuerda Martha, arrepentida de enviar a su hija e hijo con su abuela paterna, quien los mandó a trabajar a la calle.
“Pues según, mi abuela nos iba a mandar a la escuela., pero no nos mandó a una como tal, se perdieron los papeles y ¿qué fue lo que ganamos' Trabajar en los cruceros”, secunda Jessica, hija de Martha, al desempolvar un pasado que ocurrió cuando ella tenía seis años.
Trabajar
Al enterarse de la explotación laboral que vivían sus hijos José Alfredo y Jessica, Martha fue a recogerlos a casa de la abuela paterna, pero fue imposible dejar de trabajar en la calle.
Con su abuela, Jessica “prácticamente yo nunca veía dinero, hasta que empecé a trabajar en los cruceros con mi mamá”, un factor que influyó para que sólo tenga la primaria concluida.
El primer crucero en el que trabajaron juntas fue el de la agencia de Cinco Señores, a donde sigue acudiendo Jessica con su cuarta hija, mientras su mamá se encarga de la casa y el cuidado de sus otros tres hijos.
Fueron sus nietos los que hicieron que Martha se acercara al Centro de Apoyo al Niño de la Calle (Canica), una asociación civil que actualmente atiende a 115 niños y niñas.
Dependiendo de las necesidades y de lo que acepte cada familia, Canica les puede ofrecer una o dos comidas al día, apoyo en tareas, atención psicológica, nutrición, sala de cómputo, biblioteca o talleres como ajedrez, música, acondicionamiento físico y fútbol.
Faltan recursos
Rodrigo Alvarado García, actual director de Canica, reconoce que esta asociación está tan bien posicionada que recibe financiamiento de organizaciones nacionales e internacionales, pero hay gastos como el mantenimiento de los espacios deportivos que les impulsaron a lanzar una primera campaña de recaudación “Donando, donando, Canica transformando”, la cual concluirá el próximo 20 de diciembre.
El universo actual de atención de Canica, equipara Rodrigo, no engloba quizá ni el uno por ciento de niños y niñas que trabajan en calle o acompañan a sus familiares en el trabajo en vía pública, pero la insuficiencia de recursos limita ampliar su campo de acción.
“Los maestros van a los cruceros a invitar a las mamás a acercarse, pero la ciudad de Oaxaca está creciendo cada vez más y si no quieren, es difícil que niños de cuatro años lleguen solos” a las instalaciones que se ubican en Sauces 110, La Soledad, Poniente de la agencia de San Martín Mexicapan, en el municipio de Oaxaca de Juárez.
Los dos hijos y las dos hijas de Jessica, que son los nietos de Martha, son para Rodrigo un ejemplo de que con acompañamiento se puede romper el ciclo del trabajo infantil en calle.
La hija mayor de Jessica, de 13 años, cursa el segundo de secundaria y en comparación con la primaria que ella logró terminar, es un indicador de que “ya mi hija va un paso adelante de mí.
Entre heridas emocionales, que al nombrarlas parecen guardar todavía el dolor de un pasado no elegido en una infancia que debía estar plagada de felicidad, Martha y Jessica han hecho las paces para apoyarse la una a la otra y lograr que una tercera generación rompa el ciclo de trabajar en la calle.
