Cada año, cuando llega la Cuaresma, millones de personas en México retoman una tradición profundamente arraigada: moderar la dieta, evitar la carne roja y sustituirla por pescados, mariscos o platillos sencillos que, en su origen, simbolizan sobriedad y reflexión espiritual. La práctica, heredada de siglos de cultura religiosa, buscaba recordar que el sacrificio forma parte del camino de la fe.
Pero en los mercados y tianguis del país la historia suele tomar otro rumbo.
Con el inicio de la temporada, los precios de productos asociados a la dieta cuaresmal —pescado, camarón seco, mojarra, jaiba o incluso ingredientes básicos para preparar tortitas o guisos tradicionales— comienzan a escalar. Lo que en teoría debía ser una alimentación más sencilla termina convirtiéndose en una carga adicional para el bolsillo de muchas familias.
La paradoja es evidente: la temporada que invita a la austeridad espiritual coincide, en muchos casos, con un encarecimiento de los alimentos que tradicionalmente se consumen en estas fechas. El sacrificio deja de ser simbólico y se vuelve económico.
Para los hogares con ingresos limitados, la situación resulta todavía más compleja. Mantener las costumbres culinarias de la temporada puede implicar destinar una mayor parte del gasto familiar a la comida o, en el peor de los casos, renunciar a la tradición. En barrios y colonias populares no es raro escuchar la misma frase: “antes sí se podía comer pescado en Cuaresma”.
Desde luego, parte de la explicación se encuentra en la lógica del mercado. Cuando la demanda aumenta en un periodo corto, los precios tienden a subir. Sin embargo, esa explicación económica no elimina la sensación social de que la temporada religiosa termina beneficiando más a la dinámica comercial que al sentido cultural que le dio origen.
La inflación alimentaria de los últimos años ha acentuado esa percepción. Productos que antes eran considerados accesibles hoy se vuelven cada vez más difíciles de incorporar a la dieta cotidiana. La consecuencia es una transformación silenciosa de las tradiciones: la Cuaresma sigue presente en el calendario, pero cada vez menos en el plato.
Tal vez por eso algunas caricaturas periodísticas retratan a los consumidores cargando la cruz de los “precios de Cuaresma”. La imagen no es gratuita. Resume con ironía una realidad que se repite año tras año: la penitencia ya no se limita a la abstinencia religiosa; también se siente en el mercado y en la mesa.
Porque, al final, para muchas familias el verdadero sacrificio no está en dejar de comer carne, sino en poder pagar lo que cuesta mantener viva la tradición.
