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Moral, poder y simulación: la disputa por el sentido en Oaxaca

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

En tiempos de alta exposición pública, donde lo simbólico se vuelve espectáculo y lo político se reviste de moral, resulta imprescindible preguntarse no qué valores se enuncian, sino quién los enuncia, desde dónde y con qué fines.

La discusión sobre la “pérdida de valores” se ha instalado como un lugar común en el discurso público. Se repite en tribunas políticas, en redes sociales y en conversaciones cotidianas. Sin embargo, pocas veces se examina con rigor lo que implica esa afirmación. ¿Se trata de una crisis real de principios o de una disputa por el control del significado de esos principios?

Desde la perspectiva de Luis Villoro, el poder no solo se ejerce mediante instituciones o coerción, sino también a través de la definición de lo valioso. En El poder y el valor, el filósofo plantea que toda estructura de poder busca legitimarse imponiendo una visión particular del bien, convirtiéndola en universal. Así, los valores dejan de ser horizontes éticos compartidos para convertirse en instrumentos de dominio simbólico.

Este marco resulta particularmente pertinente para comprender lo que ocurre en contextos como el oaxaqueño, donde conviven una riqueza cultural profunda con dinámicas contemporáneas de exposición, consumo y representación. Las tradiciones, lejos de ser estáticas, se encuentran en constante reinterpretación. No obstante, en ese proceso, también pueden ser vacías de contenido y reutilizadas como escenografía social o política.

El problema no radica en la transformación cultural —inevitable en cualquier sociedad viva—, sino en la simulación: cuando el discurso de los valores se mantiene, pero su práctica se diluye. Se apela a la moral como consigna, mientras las estructuras que la invocan reproducen desigualdades, exclusiones o contradicciones evidentes.

Villoro advertía que el poder tiende a encubrir sus intereses bajo la apariencia de valores universales. De ahí que el señalamiento constante de una supuesta “decadencia moral” pueda funcionar, paradójicamente, como un mecanismo de distracción. Se desplaza la atención hacia la conducta individual, mientras se omiten las responsabilidades estructurales.

En Oaxaca, donde la vida comunitaria, la religiosidad popular y las prácticas colectivas han sido históricamente ejes de cohesión social, esta tensión adquiere una dimensión particular. Las expresiones culturales que antes operaban como espacios de sentido compartido hoy coexisten con lógicas de visibilidad inmediata, donde la imagen puede sustituir a la experiencia. El riesgo es que lo comunitario se convierta en representación y lo simbólico en mercancía.

Pero la reflexión no debe derivar en una postura nostálgica o condenatoria. Más bien exige una revisión crítica del vínculo entre poder y valor. Si los valores han de tener vigencia, no pueden sostenerse únicamente en su proclamación, sino en su coherencia práctica. De lo contrario, se transforman en retórica vacía.

La pregunta de fondo no es si los valores se están perdiendo, sino si están siendo redefinidos por quienes detentan el poder para sostener su legitimidad. Y, en ese proceso, si la sociedad es capaz de disputar ese significado o se limita a reproducirlo.

Como sugiere Villoro, la emancipación no pasa solo por cambiar las estructuras visibles del poder, sino por cuestionar los valores que las sostienen. En ese terreno, la crítica deja de ser un gesto incómodo para convertirse en una necesidad ética.

Porque, al final, una sociedad no se mide por los valores que proclama, sino por los que es capaz de vivir.

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