Antía Alfonso
Todas las familias tienen secretos. Es casi una verdad absoluta. Unos son prácticamente impalpables y a lo largo del tiempo dejan de ser secretos para convertirse en anécdotas. Otros poseen en su raíz un dolor que solo puede mitigarse cuando todos los involucrados están muertos. Conocer un secreto siempre implica cierta responsabilidad, pero cuando este atañe a las personas que más conocemos y más amamos, la curiosidad por los detalles se enfrenta a la presión de no lastimarlas, o peor aún, de no abrir heridas que quizás comenzaban a sanar.
Mariana Enríquez (1973) aborda las implicaciones de aquello que no se dice en su cuento “Lo que pasó” (2009). La protagonista, que bien podría ser la misma autora, narra en siete partes las formas en las que se ha relacionado a lo largo de su vida con el modo en el que realmente murió su abuelo, alejado de la versión que se le ha dado al resto del mundo. Es su abuela enferma quien le cuenta lo ocurrido, y aunque no le parece la gran cosa, su madre se escandaliza al punto de la locura porque su hija ahora sabe aquello que debía permanecer oculto, que debía irse a la tumba con los pocos que lo recordaban. Aunque ella no conoció a su abuelo, el secreto que lo involucra determina de cierto modo la relación que mantiene con su familia, con la sociedad e incluso con ella misma; que piensa continuamente en cómo habría sido su vida si aquel hombre hubiera partido del mundo en circunstancias menos terribles o escandalosas.
Su imaginación la lleva a inventar historias al respecto para asustar a los pocos amigos que tiene, a buscar en sus familiares más cercanos conductas y palabras que puedan darle alguna otra pista. Sabe que conoce muy poco de la historia, pero también que nadie está dispuesto a darle más pistas para completar el rompecabezas que ha ido armando en su cabeza por años y años. Mientras crece, se enfrenta a la culpa de que el secreto no sea tan secreto porque se lo ha contado a algunas personas, a veces inventando conexiones para hacerlo más interesantes. Finalmente, la revelación pasa a segundo término. Lo que traspasa la ficción es más inquietante: la manera en la que Enríquez nos dice, casi al oído, que probablemente su madre nunca la perdonará por escribir el relato que está en nuestras manos.
