Pasar al contenido principal

La Inteligencia Artificial (IA) en la escuela

Tiempos de IA.
Foto(s): Cortesía
NVI NOTICIAS

Por Joel Vicente Cortés

 

En el reciente número de la revista TIMES Vol. 207. Nos. 1-2. 2026. www.time.com/myaccount. Aparece un artículo firmado por Marc Benioff que titula: WHAT COMES NEXT: THE TRUTH ABOUT AI (¿Qué viene después? La verdad sobre la inteligencia artificial). Aquí intentamos hacer un ejercicio resumido de análisis crítico.

Desde una perspectiva académica, el texto de Benioff es conceptualmente sofisticado pero políticamente interesado. Su mayor virtud es reconocer que la IA no es solo tecnología, sino un ensamblaje sociotécnico donde datos, flujos de trabajo y personas importan tanto como los algoritmos. Este punto es clave, para nuestro interés, para la formación docente. Sin embargo, el texto presenta tres límites importantes:

  1. Neutralidad aparente. Benioff presenta su “Empresa” como una evolución casi natural. No discute quién controla los datos, quién diseña los flujos ni quién se beneficia del aumento de productividad. Para la educación, esto es crucial: la IA no es neutral, reproduce relaciones de poder.
  2. Humanismo corporativo. El autor insiste en que “los humanos están al centro”, pero siempre dentro de marcos empresariales y de eficiencia. No se pregunta qué ocurre con el trabajo docente, la autonomía profesional o la pedagogía cuando los criterios de valor son velocidad, escala y automatización.
  3. Ausencia de la escuela pública. La educación aparece solo de manera implícita. No se problematiza cómo estos sistemas pueden reconfigurar el currículum, la evaluación, la supervisión y el trabajo docente, especialmente en contextos desiguales como América Latina. Para un formador de docentes, el texto es valioso no por lo que dice, sino por lo que omite.

Después del algoritmo: la verdad incómoda sobre la IA en la escuela. Durante años, la inteligencia artificial fue presentada como ciencia ficción. Hoy se nos ofrece como solución mágica a casi todos los problemas educativos: rezago escolar, evaluación, planeación didáctica, personalización del aprendizaje y, en el límite, hasta la sustitución del docente. Sin embargo, detrás del discurso tecnofílico que inunda foros oficiales y documentos de política pública, hay una verdad que conviene decir sin rodeos: la inteligencia artificial no es neutral, ni pedagógica, ni democrática por naturaleza.

El entusiasmo institucional por la IA recuerda a otras modas educativas importadas sin contexto. Se nos promete eficiencia, objetividad y modernización, pero rara vez se discuten los costos sociales, éticos y pedagógicos. Los algoritmos no piensan, no comprenden y no educan: clasifican, correlacionan y predicen a partir de datos históricos. Y esos datos, conviene subrayarlo, cargan desigualdades sociales, sesgos culturales y prioridades económicas que nada tienen que ver con el interés superior de niñas y niños.

En educación básica, el riesgo es claro. Sistemas “inteligentes” de evaluación o seguimiento pueden terminar reduciendo al estudiante a un conjunto de indicadores medibles, invisibilizando su contexto comunitario, su lengua, su historia y su realidad social. La escuela pública —especialmente en territorios indígenas y rurales— no necesita más control algorítmico, sino más comprensión pedagógica y justicia social.

Quienes promueven la IA como sustituto del trabajo docente suelen olvidar —o fingir olvidar— que educar no es procesar información. La enseñanza es una práctica ética, relacional y política. Ningún algoritmo puede reemplazar la mirada del maestro que conoce a su grupo, ni el juicio pedagógico que se construye en la experiencia, el conflicto y el diálogo cotidiano.

Esto no significa rechazar la tecnología de forma dogmática. La IA puede ser una herramienta útil si se subordina al proyecto educativo y no al revés: apoyo para diseñar materiales, sistematizar información o facilitar ciertos procesos. El problema aparece cuando se le concede autoridad pedagógica y se convierte en criterio de verdad, desplazando la autonomía profesional del magisterio. En el fondo, el debate sobre inteligencia artificial es un debate político. ¿Quién diseña los algoritmos? ¿Con qué datos? ¿Para beneficiar a quién? Si estas preguntas no se responden desde la escuela pública y el magisterio organizado, otros lo harán desde el mercado, la vigilancia y la lógica empresarial.

Tal vez la pregunta central no sea qué tan inteligente es la máquina, sino qué tan dispuestos estamos a renunciar al pensamiento crítico en nombre de la innovación. Porque si la escuela abdica de su papel formativo, la IA no vendrá a emancipar a nadie; vendrá, como siempre, a administrar desigualdades con mayor eficiencia. Y entonces sí, podremos presumir aulas digitalizadas… pero con menos pedagogía, menos democracia y menos futuro.

[email protected]

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.