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Carta para Primo Levi, Lecturas para la vida

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Mónica Ortiz Sampablo

Querido Primo Levi:

Vivo en una casa cálida, tengo una familia, amigos, un trabajo, tengo cabello, en mis ojos vive la ilusión, tengo un nombre; vivo muy lejos de tu lugar de origen y aún más lejos de esa Polonia doliente y fría, que los alemanes convirtieron en un lugar de muerte y exterminio.

La tristeza me visita de repente y me conmuevo cuando veo el sufrimiento de las personas, independientemente de que sean o no cercanas a mí. Leer las primeras líneas de "Si esto es un hombre" me cimbró, tanto como mirar el video en el que recorres Auschwitz en 1982, en aquella entrevista que te hicieron a bordo de un autobús y tú respondías con voz tranquila. 

174517, el número que se volvió parte de ti hasta tu último aliento, aquel que no borraste, porque qué más daba borrar de la piel algo que marcó tu alma. Tu muerte sigue siendo un misterio, aunque muchas personas afirmaron que fue una decisión que tomaste porque ya la vida te resultaba insoportable, otros prefieren creer que fue un accidente.

 

Con tus libros cincelaste la puerta para visitar una y tantas la historia; ese rostro seco, donde cada arruga es un surco doliente, esa que es mejor tenerla latiendo para no olvidarla y repetirla, aunque la línea sea delgada y la voracidad humana se sienta tentada a hacerlo.

Te escribo desde mi presente que se justifica porque el tiempo nos trajo hasta este punto, y necesitamos saber esa historia que nos lleva a comprender la vida. Los horrores, la tortura, el genocidio injustificado, que incluso agradezco conocer, cierto, no fue en mi país, pero no se trata de límites territoriales; los comportamientos humanos y deshumanizados no distinguen trazos geográficos.

Tú, Primo Levi, hiciste bien a la humanidad, al escribir con todas tus entrañas aquello que viviste; lo hiciste con esa voz testimonial, pero despojada de victimización, simplemente quisiste darlo a conocer. Cada detalle, cada retrato; niños, mujeres, ancianos, hacinados, vivos, muertos, despojados, reducidos.

Los libros que escribiste para hablar de tu experiencia en el campo de concentración y las cartas que respondiste a aquellos que te escribieron pidiéndote perdón por el daño que sus compatriotas hicieron a la humanidad, muestran a un hombre congruente, que al final estaba más allá del odio, o es que tal vez no exista una palabra para nombrar el sentimiento que habitó en ti después de Auschwitz, no lo sé Primo, seguirá siendo un misterio.

Mónica.

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