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Carnaval de San Juan Bautista La Raya: tradición, fiesta y desfogue

El carnaval de San Juan Bautista La Raya ha perdurado por más de un siglo.
Foto(s): Citlalli López Velázquez
Citlalli López Velázquez

Las calles de San Juan Bautista La Raya retumban con el estruendo de los chicotes que los diablos hacen bailar con destreza. El sonido, similar a disparos, rebota entre puertas y ventanas, apoderándose del ambiente. Es el anuncio del cierre del carnaval, la última celebración antes de dar paso a la solemnidad de la Cuaresma.

El eco gutural de la diablada se mezcla con el estrépito del chicote en un ritual ancestral que, según Francisco Galeana, habitante de la comunidad, busca "espantar a la muerte". Esta festividad, arraigada en la memoria colectiva de La Raya, agencia de Santa Cruz Xoxocotlán, ha perdurado por más de un siglo. Aunque no existe un registro escrito de su origen, los relatos de abuelos y bisabuelos dan fe de su antigüedad.

Un legado que atraviesa generaciones.

"Yo he participado en esta tradición desde que tengo uso de razón", comparte Adán de la Rosa, uno de los diablos más antiguos de la localidad. "Mi padre me llevaba desde que tenía seis o siete años. Me enseñó a amar esta tradición y ahora nosotros la transmitimos a las nuevas generaciones".

Es domingo 9 de marzo y San Juan Bautista La Raya se viste de fiesta una vez más. Como es costumbre, se celebra la octava, una repetición del carnaval ocho días después de su inicio, con la que se pone fin a la festividad.

Los diablos irrumpen en las calles entre risas y el incesante chasquido del chicote, marcando el inicio de la jornada. Hugo Aguilar Blas, agente municipal, destaca que esta celebración es un momento de liberación y disfrute para la comunidad. 

 

El arte del disfraz y el ritual del chicote.

Unos cincuenta hombres y niños se congregan para vestir la tradicional camisola multicolor con mangas que simulan alas. Al unísono, emiten el característico "ummhaha, ummmhaha", elevan la mano y hacen volar la cuerda en el aire antes de dejarla caer con fuerza sobre el suelo, produciendo el estruendo que identifica a los diablos.

"Antes éramos pocos porque había pocas costureras para hacer los trajes", recuerda Hugo Aguilar. "Solo tres personas los confeccionaban: doña Lila, doña Celia y una más de apellido Robles. Ahora muchos jóvenes han aprendido el arte de la costura y el diseño, pero el traje sigue conservando su esencia: la camisola de colores vivos con alas y el calzón como complemento. Antes las máscaras eran de cartón, porque no había plástico ni látex".

A sus 62 años, Hugo recuerda su primera participación en el carnaval cuando era niño. "Mi padre, que vivió hasta los 90 años, ya llevaba el carnaval en la sangre. Siempre decíamos que era un desfogue, una forma de liberar nuestros instintos salvajes. En lugar de buscar pleito, este es el momento para soltar la energía negativa y prepararnos para la Cuaresma, limpiando el cuerpo y el alma".

Entre la tradición y la sátira

La celebración comienza antes de la Cuaresma, con el miércoles de ceniza. Ese día, los diablos recorren las calles del pueblo y más tarde se lleva a cabo la parodia "chusca de los padrecitos", una representación satírica del rito religioso que, aunque humorística, mantiene el respeto por la fe católica.

El carnaval se repite el domingo siguiente, cuando desde la mañana los diablos emergen de distintos puntos del pueblo hasta encontrarse en un gran recorrido por la tarde. En este desfile se suman personajes disfrazados de novios, quinceañeras y figuras representativas de la comunidad, como comerciantes y otros habitantes destacados, a manera de homenaje.

Esta festividad, que combina burla, tradición y alegría, sigue viva gracias a la participación de la comunidad, que año con año la mantiene con fervor y entusiasmo.

 

Carnaval y Semana Santa: una conexión en el calendario litúrgico

A pesar de sus diferencias aparentes, el Carnaval y la Semana Santa están profundamente ligados por su origen cristiano y el calendario litúrgico.

El carnaval marca el desenfreno previo a la Cuaresma, un período de reflexión y penitencia que culmina con la Semana Santa. En esta última, se conmemoran los últimos días de Jesucristo, su muerte y resurrección, a través de celebraciones como el viacrucis y la Semana de Pascua.

Así, ambas festividades representan dos caras de una misma tradición: el exceso y la purificación, el bullicio y el reconocimiento, en un ciclo que se repite cada año.

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