Se cree que el Arcángel Miguel es el encargado de acompañar las almas de los difuntos en su viaje hacia la luz y de pesar las almas, donde se almacenan las buenas o las malas acciones.
El Día de Muertos o Día de Finados, fue instituido por la iglesia allá por el siglo 12, por San Odilón, Abad del monasterio de Cluny, pues según algunos cronistas e historiadores de aquella época, uno de los religiosos del monasterio llegó a oír gritos de rabia que lanzaban los demonios ante las oraciones que les arrancaban de las manos el alma de los difuntos que estaban atormentados; por lo cual y enterado de este hecho, San Odilón expidió un decreto ordenando que todos los monasterios se estableciese, el día 2 de noviembre, la conmemoración de todos los fieles difuntos, celebrándose misas de réquiem para todos aquellos que habían muerto desde el principio del mundo.
Curiosamente, esta fecha del 2 de noviembre coincidía con las antiguas prácticas indígenas de las épocas prehispánicas, cuyo legado conservamos en las ofrendas de comestibles que ofrecemos a nuestros difuntos porque nuestros ancestros, tenían la firme creencia que el alma de nuestros deudos nos visitan en esta fecha abriéndose una puerta a otra dimensión donde habitan y habría que recibirlos dignamente, ofreciéndoles desde luego los platillos de su preferencia.
El Día de Muertos es una tradición dedicada a rendirle culto a la muerte; es una combinación de espiritualidad precolombina y de la cristiandad; nuestros ancestros no creían ni en el cielo ni en el infierno; en su opinión, no era cómo vivías, sino la manera en que morías.
En Oaxaca, esta celebración toma una gran singularidad; s una fiesta mezcla de melancolía y alegría; todo comienza… con los preparativos; sin importar la condición social se ve la actividad, las compras, asistir a la magia de nuestros mercados llenos de color y aromas que despide el chocolate, el mole oaxaqueño, la flor de muerto o cempoalxóchitl, el pan de muerto con sus caritas de colores, la caña, el tejocote en dulce, la calabaza, etcétera.
Y llegar a casa a erigir el altar en honor de nuestros difuntos, para que tomen la esencia de todo lo que hay: el olor a incienso, a flor, a velas y a diversos comestibles que forman una nostálgica escena donde se deslizan las figuras del recuerdo.
Antiguamente había una costumbre que poco a poco se ha ido perdiendo, pero que yo recuerdo con mucha emoción, porque de la mano de mi mamá y con canastas adornadas íbamos a cumplir con la tradición de llevar los muertos a las casa de familiares y amigos, haciendo de esto un mágico intercambio, para esperar el gran día de la visita al panteón, donde ya estaba la tumba lavada llena de flores y velas, haciendo de este día una amalgama de alegría y tristeza.
Lástima que en este tiempo de pandemia todo se haga en casa, por nuestra seguridad, pero con la seguridad que nuestro altar va a cumplir con su mágica misión.
Así es como el mexicano y el oaxaqueño en especial, celebran esta fecha donde la muerte tiene un sentido singular, diferente a otros países; aquí comemos, cantamos, lloramos y bailamos con ella… con la muerte.
