Pasar al contenido principal

La niña de Bonampak

Foto(s): Cortesía
Redacción

¿Juntando firmas? ¿Y ya con eso voy a tener sindicato, con derecho a doctores y todo? Cuál respeto, ese sindicato no me va a quitar el título de “puta”. Pero no… no te enojes Leo, no me pegues, si, ya sé que me quieres y que siempre buscas lo mejor para mí. “Ixchel Lamas”, mi nombre era el décimo en tu hoja de firmas para lograr el  sindicato, aunque me hubiera gustado ser el único también en tu corazón. Desde el rincón donde me dejaste tirada tras la paliza que me diste te observo, sigues viendo la tele, siento una costilla encajarse en mí cada vez que respiro, mi llanto hace eco en la habitación, tú le subes al volumen y me dices que me calle.


¿Te acuerdas cómo nos conocimos?, yo era una chiquilla lacandona, tenía 12 años, el cabello negro, salvaje, un huipil verde esmeralda y vida; ayudaba a mi familia ganando unos pesos como guía en Bonampak, mi papá me había enseñado a recitar la historia con una tonadita que parecía una canción y que me facilitaba recordarla; llegaste con lentes oscuros y una cadena de oro que se asomaba entre tus vellos del pecho, me elegiste, de entre todos los guías me elegiste a mí; desde el principio fuiste amable, te dije cómo tenías que subir  los escalones de piedra, de ladito, porque los mayas eran chaparros, no como tú; subimos hasta llegar al templo de los murales.


Entre el grana cochinilla, amarillo y el azul maya, tú parecías parte de las historias en la pared, la misma nariz, la frente larga y achatada, la mirada acechante del guerrero jaguar, me puse nerviosa y empecé a confundir la historia que recitaba, tú observabas las pinturas con detalle. -¿Cuánto cobras por el recorrido, 200 verdad?, si te quitas la falda te pago el doble- dijiste.  Me quedé calladita, en mis ojos se juntaron muchas lágrimas que no dejé salir, azotaste el silencio de aquél lugar con una carcajada y parecía que ni siquiera habías dicho nada, que las palabras pestilentes de antes, tal vez solo yo las había imaginado, porque seguiste el recorrido con tu sonrisa y yo con una pena que sudaba, sudaba, se evaporaba en mi garganta y me iba dejando sin voz.


Al final del recorrido te acercaste a mi papá, al principio los vi discutir algo, luego sacaste muchos billetes que hiciste rollito y acomodaste en la bolsa de su camisa, le palmeaste la espalda y te acercaste conmigo. -Ve a despedirte de tu papá- dijiste. Yo estaba asustada, no entendía por qué tenía que ir contigo; mi papá me dijo que era para que te mostrara la selva, porque tú no la conocías y podrías perderte, aunque mi padre ya sabía que ni tú ni yo volveríamos. El único que lloró mi partida  fue el gobernante Chaan Muan que vivía dentro  de la estela en medio de Bonampak, lo vi alejarse de mí mientras la camioneta en la que me subieron avanzaba, me despidió con la mirada, hasta que la selva nos tragó y yo lo  dejé de ver.


Había rumores de cómo les daban la “Bienvenida” a las niñas para pertenecer al tugurio que tú dirigías: “El Mamitas”; algunas contaban episodios que me paralizaban y me quitaban el hambre por días; aunque nunca contaban el final, traían el terror tatuado en la mirada, como si quisieran escapar de un recuerdo. “La bienvenida” me dijiste, los ojos te sonreían, prometiste que después de aquello me amarías más que a cualquiera, que sería tu esposa, tu verdadero amor.



Esa noche me pediste que me acostara en la cama solo con el camisón blanco, “sin calzones”, mis pezones morenos y asustados se transparentaban bajo el camisón; más tarde llegaron siete hombres, unos de maíz y otros de barro, se colocaron alrededor de mí, como si estuvieran a punto de jugar a doña Blanca; tú observabas detrás de ellos, primero parecía que solo me tocarían con sus miradas, pero luego sus cuerpos ya no tenían huesos, sus manos blandían en el aire como banderas que peleaban por tocarme primero, el terror frío entró en todo mi cuerpo; yo era un guerrero maya, no una niña, toda pintada de azul, ahí frente a ti me iban a sacrificar, me iban a sacar el corazón para dártelo de comer. No sé cómo he podido vivir tantos años así, con el pecho abierto, vacío, supurando. 


-Eso no es amor señorita, es lenocinio- me dijo una trabajadora social que visitó la zona roja de Tlaxcala; cuando te platiqué te burlaste y de ahí en adelante  pediste que te llamara “León”; no entendiste la  palabra, pero sí,  yo te llevaba de comer, como las leonas. Han pasado diez años y nunca nos casamos, hijos no quisiste, aborté. Ahora, después de darte la firma para sindicalizar a las putas de Tlaxcala, me diste la noticia, te vas a casar mañana con  Marianita, la niña de 14 años que cobra la entrada al putero; no iba a dejar que lo hicieras, no ibas a arruinar otra vida, así que te di lucha, te herí con gritos, palabras y amenazas, pero no tardaste en romperme algunas costillas y dejarme aquí tirada.


Siento cómo mi vida pende de un hilo,  se estira, se estira, con cada suspiro se va, se va; los murmullos que me salen de la boca con dificultad suenan a terror, como los gritos de los monos aulladores apunto de ser cazados, siento que un peso empieza a desprenderse de mi carne, de mi columna vertebral, de mi mandíbula y me deja liviana como una pluma, tengo ganas de volar, de irme a un cuarto que no huela a ti, a sangre, a copal, extiendo los brazos a punto de lanzarme al vacío, pero algo me detiene.


Soy un barco desesperado con ganas de zarpar, veo que estás sentado sobre mi ancla; claro, no puedo partir sin vengar lo que es mío, a mi mente regresan todas las historias que repetía de niña dentro de Bonampak; los nombres de reyes, las fechas y también las bendiciones y brujerías que me enseñó la abuela; repito oraciones que salen de color azul, forman un torbellino que abre el techo y de él bajan formaditos cientos de aluxes, duendes de la selva, los veo rodearte como si estuvieran a punto de jugar a doña Blanca, pero se lanzan hacia ti con tanta furia que incluso los escuché rugir como panteras; te veo agonizar, uno de ellos se acerca a mí, trae en sus manos lo que te arrebató, un corazón chiquito como de niña, lo pone dentro de mi pecho vacío y aún me queda a la perfección.


Abro los brazos, sin titubeos me lanzo entera, con todo y corazón, a un cenote sin retorno.


"Entre el grana cochinilla, amarillo y el azul maya, tú parecías parte de las historias en la pared, la misma nariz, la frente larga y achatada, la mirada acechante del guerrero jaguar".


CONTACTO:


fb:colectivo cuenteros


tweeter@Ccuenteros


Medium: Colectivo cuenteros


Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.