15: 02: 08
Los dulces sobre la mesa tienen una uva pasa dentro. Son transparentes, de colores verde, amarillo y rojo. También hay unos de color azul que recuerdan el color del mar. La familia ha terminado de comer. Elisa toma el de color azul y mientras le quita el papel celofán, ve a contraluz los tonos que parecen agua cristalina; lo mira como quien observa la obra de un patisserie. Se lo lleva a la boca, intenta sacar la pasa con la lengua. Con el dulce en la boca, pronuncia las palabras "hoy en la escue…" Entonces, el intruso se acomoda como si lo hubieran hecho a la medida de su garganta, se atora y de inmediato la adrenalina la obliga a luchar con todas sus fuerzas. Se inclina en una posición para vomitar, no puede. Comienza a sudar.
Rodrigo camina por la avenida San Juan de Letrán que a esa hora es un caos desde que iniciaron los trabajos de construcción de la Torre Latinoamericana casi terminada. Ha prometido a su hermana subir al piso donde habrá un mirador como anuncian los carteles publicitarios. Será divertido ver la ciudad desde lo alto; mirar el aeropuerto, las pistas y a los aviones al despegar. Está seguro que a Elisa le gustaría ver el cerrito donde dicen que se apareció la Virgen de Guadalupe.
El trolebús se ha retrasado tanto, que la fila de pasajeros es enorme. Cuando por fin se acerca uno, duda antes de formarse en la fila. Tal vez podría esperar el siguiente, pero son casi las dos; está hambriento, cansado y el trayecto desde San Ildefonso a casa es largo.
15: 02: 10
Elisa golpea la mesa con las manos abiertas. Por un momento parece ser invisible. Se lleva la mano a la garganta; todavía tiene la envoltura arrugada. Se percatan de que algo se le ha atorado y no puede respirar.
—¡¿Qué cosa es, qué te pasa?! —pregunta su mamá a gritos, intenta quitarle la mano de la garganta; descubre el papel que minutos antes envolvía el dulce azul. En su desesperación, la niña golpea la jarra de cristal que cae en el piso y se rompe en pedazos. Se forma un charco con el que la abuela resbala, se golpea con la pata de la mesa aunque logra detenerse para no caer: en su intento de ayudar quiere alcanzarla, sacar la golosina que ella le compró, pero no sabe qué hacer. Se sostiene de la silla, con el tobillo lastimado y aunque se ha formado una protuberancia en su pie, no se queja.
—Escúpelo, escúpelo —grita su mamá, pero Elisa no reacciona.
Su cuerpo se aletarga como en ese sueño del que a veces no se puede despertar. Los ojos se han cerrado, se desvanece sobre la silla, ha perdido el conocimiento.
Rodrigo mira su reloj; son las dos diez, esperar otro trolebús lo retrasaría demasiado y prometió no entretenerse en la preparatoria y volver a casa temprano. En un último momento, decide subir, busca las cuatro monedas de diez centavos en sus bolsillos, se las entrega al operador, viaja de pie aunque al poco tiempo se desocupa un lugar junto a la ventanilla. Deja caer la cabeza y pronto se duerme por el calor del verano y el aire enrarecido. Por momentos levanta la cabeza, abre los ojos para verificar que siguen sobre sus piernas los libros que se mantienen juntos como si tuvieran un imán. Siente su peso invariable y vuelve a dormitar con el ronroneo del vehículo que en algunas partes del trayecto se detiene cuando la corriente eléctrica que lo impulsa deja de fluir y el operador debe bajar a acomodar los cables en su sitio para seguir su marcha.
15: 02: 15
La madre corre hasta el teléfono para llamar a papá, gira el disco pero no puede recordar el número ni la extensión, lo busca en el directorio telefónico que se le cae de las manos. Se da cuenta de que es inútil; que de cualquier modo sería demasiado tarde cuando él llegara. Regresa donde está Elisa, la abuela la sostiene por la espalda, tiene la cabeza caída hacia atrás. Mete su dedo en la boca; intenta alcanzar al intruso que sigue pertinaz atorado en la garganta de su hija, la levanta, la sostiene por los pies, la cuelga de cabeza y la sacude con todas sus fuerzas. Le da golpes en la espalda. Sigue sin respirar.
Rodrigo despierta, está a unas cuadras de casa. Mientras camina, busca las llaves en su bolsa del pantalón. Entra, recorre el pasillo para ir a su cuarto; sin embargo, al escuchar el llanto y los gritos, corre al comedor donde se percata de la urgencia, avienta sus libros al piso, se aproxima a su hermana que sigue inconsciente.
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—Un dulce está atorado en su garganta —su mamá grita histérica.
Sin pensarlo, Rodrigo mete sus dedos en la boca para alcanzar con el dedo medio lo que ha obstruido el paso del aire, pero está resbaloso, no lo alcanza; no hay forma de jalarlo. La acuesta en el suelo. Golpea con fuerza su espalda, la voltea, oprime el estómago. La madre mira la escena; la sangre espesa y densa ha reventado los capilares oculares, de la boca sale un líquido caliente, la nariz se ha dilatado tanto que también de los poros emana sangre por el esfuerzo de atrapar una bocanada. Se necesita un objeto más largo y flexible que pueda empujar al resbaladizo caramelo o al menos voltearlo. Entonces, Rodrigo recuerda la manguera con la que drenan el agua del antiguo refrigerador, es una manguera flexible y larga.
—La manguera del refri, necesito la manguera del refri —grita.
Se levanta a toda prisa, trae el objeto de la cocina. En un último intento, Rodrigo mete la manguera por la boca de la niña, siente cómo el objeto apenas se mueve hacia abajo con la presión que ejerce al empujarlo. Junto a él, está su madre como una muñeca inerte, con las manos cubre su cara manchada de rimel que ha dejado líneas negras. Rodrigo sigue metiendo la manguera una y otra vez por la boca de su hermana; inclusive sopla a través de ella; intenta darle de su aire, darle un poco de su propia vida, hacerla respirar.
Elisa ya no escucha. Tampoco siente las manos que la acunan, ni en la boca el sabor del dulce que recuerda el color del mar…
El tiempo ha pasado demasiado rápido y ahora la casa está en silencio; un silencio donde ni el llanto puede oírse ya.
Son las quince horas con quince minutos.
