Una de las experiencias más gratificantes que tuve durante mi infancia, fue la de contar con un magnífico libro que ahora considero uno de los más importantes trabajos editoriales de México. Este libro, dividido en dos tomos, se llamó simplemente "Lecturas clásicas para niños". Aunque el ejemplar que teníamos en mi casa correspondía a una reedición de los años 80, esta colección de obras literarias fue publicada originalmente en 1924, en el último año de gestión de José Vasconcelos como Secretario de Educación Pública.
El hecho de llamar “Misiones Culturales” al trabajo educativo de campo, deja ver que el entonces Secretario veía la labor educativa como una suerte de evangelización, y así como para el catecismo, el contacto con los niños fue considerado crucial en esta misión evangelizadora, ya que finalmente serían estos niños la Raza Cósmica de la que hablará un año después.
La colección de Vasconcelos es también un título que reacciona a lo que en aquel tiempo eran los materiales corrientes para la lectura en la escuela: textos pobres de contenido, enfocados en moralizar y que correspondían a un plan metodológico mal distribuido, que suponía que los textos tenían que ir ganando complejidad conforme el niño avanzaba en su educación; esto, siguiendo la lógica educativa en idiomas como el inglés o el francés, cuya discrepancia entre la fonética de una palabra y su ortografía es muy clara. Vasconcelos no veía porqué en México y en los países hispanohablantes esto debiera ser así, puesto que en nuestro idioma la relación entre la fonética y la ortografía es mucho más clara y constante. En el prólogo de esta obra encontramos lo siguiente: “Quien aprende a leer un buen libro de primer año, ya puede entender cualquier obra escrita”.
Consideraciones aparte les voy a contar la experiencia que, como niño, tuve al tener estas lecturas: eran simplemente increíbles, inteligentísimas y muy fáciles de disfrutar. En una página me encontraba con los Vedas, en la otra con La Ilíada, en otra El sueño de Akinosuke, en una más un cuento de Tolstoi, o un fragmento del Quijote. Una selección que se guiaba, a decir de su compilador, por “el criterio cronológico combinado con el de calidad”. Ni qué decir que una a una estas lecturas me proporcionaron, además de las consabidas horas de placer, una visión del mundo un poco más amplia de la que tendría si hubiera prescindido de ellas.
A esta edad me vengo enterando de que, si pude disfrutar de esas lecturas, fue gracias al trabajo de adaptación de personas como el mismo Vasconcelos, su gran amiga Gabriela Mistral, Palma Guillén, Francisco Monterde, García Icazbalceta y también que este fue uno de los primeros trabajos que echó mano del talento en grupo de quienes después identificamos como los Contemporáneos: Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y Bernardo Ortiz de Montellano.
Mención aparte merece el excelente trabajo de los ilustradores como Roberto Montenegro y Fernando Ledesma. La medusa que se encuentra en la portada del libro, es una de las imágenes que se han quedado grabadas en mi cabeza para el resto de mi vida.
