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Un día en el Cerro de la Postema

Foto(s): Cortesía
Redacción

El Cerro de la Postema es emblema del pueblo de San José del Pacífico que está asentado a sus faldas. Subirlo a pie es una aventura, tanto por los tramos de angostas veredas al filo de pronunciadas pendientes, como por la observación de gran variedad de plantas silvestres, yerbas medicínales, comestibles y de condimento, como el poleo, laurel, salvias, berros blancos, ayocote, chipil y aromáticas matas de romerillo, entre muchas más. Al cerro lo pueblan encinos, pinos, tiñires, madroños, y los agrestes árboles de manitas, conocidos aquí como palo de yaco; además, hay una diversidad de aves canoras, cuyos trinos acompañan a los caminantes.


Un clima de misterio y misticismo envuelve a quienes llegan al sitio del Gentil. Lugar sagrado para los dos o tres patriarcas familiares que aún viven. Ahí se encontraron vestigios de un asentamiento prehispánico. Propios y extraños dieron testimonio de objetos encontrados, caritas, pequeños ídolos de barro, diversas vasijas y puntas de piedra. El lugar fue saqueado por varias décadas. Quienes buscan ahora pruebas del pasado, se conforman con pedacería de tepalcates. En el área de aproximadamente 50 metros de diámetro delimitada por piedras, hoy algunos grupos suben a realizar ceremonias de diferente naturaleza.


Por la tarde, una neblina suave invade el lugar. Grandes helechos y otras plantas que crecen ahí, donde la humedad es perenne, acentúan su halo mágico. Otro fenómeno se suma a su magia, el canto de los pájaros. Quienes pueden identificarlos, dicen que vocalizan ahí: jilgueros, clarines, gorriones, juncos ojilumbre, mirlos y varios más; escucharlos trinar al mismo tiempo es disfrutar un ensamble sublime. Solo en el territorio del  pueblo se han identificado más de 35 diferentes aves canoras, según la página “naturalista.mx”.  


Aventurarse a subir a pie, vale la pena, pero también existen accesos para vehículos hasta el sitio. El descenso es también, gratificante experiencia; pide al guía regresar por un camino diferente, siempre pasarás por bosques, encontrarás altos árboles acunando en sus ramas una variedad de magueyitos, bromelias y orquídeas silvestres, igualmente flores, seguramente desconocidas. Querrás tirarte un rato en el suelo alfombrado de resina, nombre que los propios dan al follaje seco de los pinos, y ¿por qué no?, dormir una pequeña siesta dejando al viento y al canto de los pájaros arrullarte. Sin duda, gozarás deslizándote  sobre la resina, para bajar algún declive, sin peligro. Volver a ser niño, siempre es un regalo.


En San José del Pacífico encontrarás magníficos ejemplares de maguey blanco, algunos con pencas de más de cuatro metros de longitud, y si ya inició la temporada de lluvias, seguro toparás con una variedad amplia de hongos o nanacates. Hay tramos de senderos, que por momentos se oscurecen con la sombra del tupido follaje de los pinos, que te regalarán como recuerdo, conos o piñas que caen de sus tallos y alguna rama de encino seco, emblemas de la Navidad. Un día de comunión con la naturaleza de la montaña, es siempre un recuerdo para atesorar.

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