Octavia entró tímida a la entrevista de trabajo. Entregó los papeles al gerente. Sus manos se encontraban sudorosas, esperaba que le dieran el trabajo, pues estaba cansada de preparar decenas de solicitudes de empleo y éste no llegaba.
-Y todo por seguir al estúpido que me embarazó- musitó.
La mujer terminó la primaria y secundaria con promedio de siete y al susurro del primer amor, abandonó la preparatoria. Octavia hizo memoria sobre lo desdichada que se sintió, lloró por haber dejado la escuela, lloró porque su hombre hecho para la pasión la abandonó, lloró porque sus padres la echaron a la calle cuando supieron que estaba “panzas”, lloró porque a las seis semanas perdió a su bebé, y ahora llora porque no encuentra empleo.
Creyó estar de suerte cuando leyó en el periódico “Se solicitan agentes de ventas/ sexo indistinto/ de dieciocho a cuarenta años/ escolaridad mínima secundaria/ facilidad de palabra y conocimiento de la ciudad”.
Ahora está ahí, sentada para la entrevista.
-¿Tu nombre es Octavia?- Le preguntó el gerente.
-Para servirle, señor- le contestó.
-Mira, necesitamos vendedores para baterías de cocina.
-¡Ah!- respondió desconcertada.
-Por cada batería que vendas, pides un enganche de cincuenta pesos, esa será tu comisión.
-Me parece bien- afirmó Octavia.
-¡Imagínate, vendiendo diez baterías por cada salida, ganarías quinientos pesos diarios!
Claro que vendería baterías, pero no diez, sino quince y tal vez hasta veinte. A los tres días había un grupo de ocho personas, liderado por un joven de traje azul marino y corbata roja. El diablito de cada vendedor transportaba las baterías; algunos llevaban dos, otros cuatro, los más audaces, seis y Octavia diez.
Llegaron a la periferia de la ciudad, el líder ordenó el ataque y todos corrieron a tocar las puertas de las casas. Octavia colocó en el piso de tierra los utensilios de la batería ante una señora que la miraba sorprendida y le dijo:
-Mire, “señito”, la batería tiene dos ollas y dos sartenes de diferentes tamaños.
Su clienta parecía interesada.
-Además, trae una olla de presión, un cazo, una olla vaporera y una cacerola- insistía Octavia-; en total, son ocho piezas por tan sólo cincuenta pesos de enganche.
-¿Pero, cuánto voy a pagar cada mes?- preguntó la señora.
-Una cantidad muy pequeña. Sólo en abonos se puede uno hacerse de sus cositas, o dígame si no- recalcó Octavia.
No la convenció. Así que corrió a otra casa, y después a otra y a muchas más. Gastó palabras, gastó saliva, gastó fuerzas y no vendió nada. Eran las cinco de la tarde, el hambre lastimaba su estómago vacío, la sed se hacía visible en sus labios blancos y resecos, sus pies cansados arrastraban el polvo del desaliento.
-Tienen que ser perseverantes- sostuvo el gerente, ante el fracaso del primer día.
Para Octavia no hubo un mañana en el arte de vender, sus necesidades la redujeron al silencio, sus ojos nublados miran el camino que la lleva de regreso a la casa de sus padres, deseando que no la arrojen de nuevo a la calle.
El diablito de cada vendedor transportaba las baterías; algunos llevaban dos, otros cuatro; los más audaces, seis, y Octavia diez.
