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El color como lenguaje de la naturaleza

Foto(s): Cortesía
Redacción

En la literatura de todos los tiempos y en el arte medieval –por ejemplo, en Notre Dame de París– se ha representado a la naturaleza como un libro, abierto o cerrado según nuestra capacidad de interpretar su lenguaje. Un lenguaje que para la razón es pura matemática, como diría Galileo Galilei, y que para la sensibilidad es un código donde prima el color.


La geometría de las formas (por ejemplo, la disposición de espacios en la arquitectura) nos ubica frente a la realidad; pero es el color el que tiñe nuestra afectividad y modifica nuestro mundo emocional. Además, la primera sensación, la que primero llega a nuestra conciencia, es la de la vista, y dentro de esta, el color antes que la forma. Por ello en el marketing actual, el primer indicativo es el color: la distribución de zonas de un edificio, los tipos de combustibles que usamos para nuestro vehículo, los identificadores de un cableado eléctrico, el símbolo-color corporativo de un logotipo, etcétera; el color es el que abre antes la puerta de nuestra sensibilidad y es por ello de vital importancia en todos los ámbitos de nuestra vida.


En el arte antiguo, los diferentes colores indicaban la presencia de los diferentes estados (tatvas les llamaban en la India) o vibraciones emocionales en el alma de la naturaleza; o bien formaban un código de encriptación de ocultos significados que, ahora, los estudios de iconografía y simbología religiosa están intentando descifrar (por ejemplo, en los jeroglíficos egipcios); o bien un código silencioso conocido por todos, independientemente de la lengua que hablasen (como sucede en la heráldica medieval).


La misma filosofía hindú dice, como la azteca, que la vida es una galería de pinturas, de sucesión de hechos que tantas veces no podemos evitar, pero que nosotros coloreamos con estados de alma (colores) deslucidos, oscuros o vivos y luminosos. Dice también que nuestro pasado es un laberinto de imágenes inmóviles, teñidas por nuestra emotividad, y que desde el inconsciente, presiona y modifica nuestra visión e interpretación del mundo. En otros textos, identifican la vida y la naturaleza entera, como un tejido multicolor donde cada hebra –como en el mito de las parcas griegas o las normas germánicas–, de un color, es uno de los hilos de nuestro destino.


Cuando filósofos como Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno dicen que cada paisaje es, en el fondo, un estado del alma, es por cómo en él están tejidos las formas y los colores, y la vibración que estos imprimen en el alma. Hay colores que inspiran y descansan el alma, como el azul del cielo, que sugiere lo infinito; otros, como el rojo, excitan, son como un fuego que quema; otros inspiran confianza, como el amarillo del sol; otros, como el verde, con su infinidad de matices –¿no es, en definitiva, el color de la naturaleza?– detienen en él nuestra conciencia, pero señalan un límite: Goethe, en su Teoría de los colores, dice que «el ojo y el ánimo descansan en este (color) compuesto. No se quiere pasar mas allá y no se puede tampoco». Por ello, dice que este color se usa –se usaba, en su siglo, y también, aunque no solo, ahora– en los decorados de una sala de estar.


Sí, el lenguaje del color es el de la naturaleza y también el del alma humana. Síguenos en Facebook Nueva Acrópolis Oaxaca e Instagram acropolis_oaxaca, informes al 9511585000.


 


En el arte antiguo los diferentes colores indicaban la presencia de los diferentes estados (tatvas les llamaban en la India) o vibraciones emocionales en el alma de la naturaleza.


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