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Colectivo Cuenteros: Serafina

Foto(s): Cortesía
Redacción

Dependíamos de los fondos que nos donaban las familias del Colegio Santa Eduviges, en el que Lupe aprendió cocina, Antonia, enfermería, Socorro se hizo modista y yo, Serafina, estudié para maestra. Aunque lo que me gustaba era escribir; ya hasta había publicado unos artículos en el Peoresnada. Escribía en papel de china de colores, delgadito, para sacar hasta doce copias de una vez. Con mucho disimulo las repartíamos en la comunidad para animar a la gente a que se uniera a nuestra causa.


Después de rezar frente al altarcito, escondimos en el sótano las imágenes y las cosas del culto. Luego, todas nos aplicamos a lo que nos tocaba hacer.



Guadalupe, la mayor de las hermanas, y Romualda, la sirvienta, hicieron las corundas. Unas de queso, otras de rajas, y otras vacías. Romualda batió la masa con la manteca, Lupe hizo las tortitas y el relleno, y los chamacos el envoltorio con hojas de maíz para que no se saliera nada de lo que llevaban dentro.


Luego vinieron al cuarto a ayudarnos con los corséts que Soco cosía con doble forro. Jalaban fuerte la agujeta para que nos quedaran lo más ceñidos posible. Encima nos pusimos las camisas y las enaguas, nos calzamos los botines y nos cubrimos con el chal.


—Yo prefiero la tortura que esta represión —dijo Antonia.


—Y yo, que me maten antes de que me toquen esos herejes —dijo Socorro.


—Cállense la boca —les contesté— queremos ser libres, no mártires, ni muertas, queremos defender nuestro derecho a la educación y a la fe.


—De momento se callan todas —Se metió Guadalupe, y nos dio diez consejos y veinte  bendiciones.


Nos fuimos por el camino hasta donde termina Puruándiro. Nos acercamos a un puesto de control en el que el vigilante era conocido de Toña. Estaba siempre hambriento y cansado. Se la quedaba mirando con ojos de borrego mientras ella se contoneaba frente a él y le prometía un beso que nunca le daba. Lo hizo oler las canastas, le dio los tamales con unos tragos de charanda y le habló casi en un susurro:


—¿Nos deja pasar oficial? Le llevamos comida a unas pobres que no tienen ni un pan que darle a sus chamaquitos.


—Ya sabe que está prohibido, Toñita —decía el uniformado atragantándose.


—Pero usted nos conoce, somos inofensivas. ¿No se acuerda cuando mi mamá le daba de cenar a la prole de sus hermanitos?


 —Es que es arriesgado —dudaba el oficial mientras engullía el siguiente bocado.


—Pero... usted sigue creyendo. ¿O no? ¿A poco quiere que su alma termine en los apretados infiernos?


El soldado quitó la cadena y nos internamos en un bosque hasta llegar al campamento.


—Brigada Santa Juana de Arco —dije en voz baja.


Le entregamos al Padre Anacleto las municiones que traíamos cosidas al corset, en los dobles fondos de la canastas y hasta en las corundas. Romualda y Toña fueron a revisar a los heridos mientras Socorro le informó al padre que la esposa del presidente municipal, a la que le hacía la ropa, nos iba a apoyar con armas y dinero. Yo le di copia de mi último escrito para que lo leyera con su gente.


Íbamos ya de regreso, muy apuradas, cuando nos sorprendieron los federales. Nos quisimos defender echándole a los ojos los polvos de chile y cal, pero a punta de carabina nos agarraron, nos encueraron para revisarnos y nos amenazaron.


  —¡Viva Cristo Rey! —era nuestra única respuesta— Y la Santísima Virgen.


—Ah, qué viejas tan fanáticas —dijo el capitán. Agregó entre risas que no era de militares golpear mujeres y que se conformaba con comerse “la corunda”.


Volvimos a la casa violadas y jodidas a que Lupe nos recibiera con la noticia de que los curas acordaron con el gobierno y lanzaron la llamada Conjura del silencio, para no tener problemas. ¿Qué? Si he sabido que era pedo, ni los calzones me quito. Tanto susto y tanto sacrificio, para nada.


 Me despedí de mis hermanas, de la Brigada y el Peoresnada. Me fui a la capital a trabajar en una escuela oficial y publiqué en un diario las crónicas de la santa traición.


 


RECUADRO


"Lo hizo oler las canastas, le dio los tamales con unos tragos de charanda y le habló casi en un susurro: '¿Nos deja pasar oficial?'"


 


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