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Denarios: Parajes

Foto(s): Cortesía
Redacción

El domingo, mi familia y yo, aislados desde hace tiempo en San José del Pacífico, decidimos aventurarnos para conocer algunos parajes casi inaccesibles que lo rodean. Debido a las muchas necesidades de la vida diaria, los lugareños han abierto brechas y veredas por lugares que antes eran impensables, por lo pronunciado de sus laderas.


Salimos del pueblo a las 12 del mediodía, un error en tiempos de lluvias. Entramos en una brecha que está a escasos 300 metros del pueblo. Es un camino estrecho, solo cabe un auto, así que si te encuentras otro auto en sentido contrario, es un verdadero contratiempo, pues quien tenga más cerca algún pequeño espacio más ancho, tiene que meter reversa hasta el sitio adecuado. Los pasajeros, con el Jesús en la boca y el corazón acelerado, guardan completo silencio para no distraer al conductor. La magnificencia de los paisajes compensa con creces esos minutos de tensión.


-¡Mira!- dice casi en un grito, desde la batea de la camioneta, el más joven de mis hijos. -¡Párate, párate!-, le indica a su papá. Estamos justo al lado de una gran encinera, de las ramas de cada árbol cuelgan largas tiras de pasle, como si fueran cabelleras de mujeres.


-Parecen brujas que se mecen-, dice Jazz, la novia de mi hijo mayor. 


Como si jugaran con ellas, unas decenas de ardillas brincan con regocijo de un lado a otro en aquella maraña. Son tan rápidas que en cuanto nos paramos para intentar fotografiar el espectáculo, huyen con tal rapidez que parece que las imaginamos.


Continuamos el descenso, pasando por terrenos de tierra roja que contrastan con el verde tierno de los brotes de maíz. Bordeamos también, las huertas de aguacate del señor Liborio, a quien saludamos y compramos unos kilos de su delicioso producto.



Así llegamos al rancho del señor Lázaro Pinacho, quien, después de algunos minutos de plática,  acordó sería nuestro guía. Nos paramos en la parte más alta de la loma en donde está su casa, para divisar el paisaje con la ayuda de unos binoculares. En la lejanía advertimos un fino hilo plateado. Era el sitio exacto de la cascada. Aunque había oído muchas historias sobre ella, no se veía como siempre la había imaginado. Yo estaba escéptica de que la difícil travesía valiera la pena.


Pero el acuerdo ya estaba hecho y nadie secundó mi desánimo. Seguimos bajando en el carro. Para nuestra sorpresa, el paisaje empezó a cambiar. Platanares, matas de café, tamarindo y ciruelos aparecían ante nuestros ojos, y un calor semitropical empezó a acariciarnos, lo que nos obligó a quitarnos los suéteres y gruesas chamarras con los que íbamos pertrechados. 


-¡Asu!- dijimos a coro - ¡Qué calor!-  Estábamos sorprendidos. Nunca imaginamos que en medio de la serranía hubiera estos paisajes tropicales, ¡y cómo no!, si habíamos descendido casi mil metros desde donde se ubica el pueblo.


Llegamos así, a la ranchería de la familia Pinacho, en donde viven los papás del señor Lázaro. Si habríamos de continuar con nuestro recorrido, este tendría que ser a pie.


La magnificencia de los paisajes, compensa con creces esos minutos de tensión.


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