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El Lector Furtivo: El cantar del Mío Cid

Foto(s): Cortesía
Redacción

Camino a su destierro, un caballero, el Cid Campeador,  entra a la ciudad de Burgos acompañado por su tropa que menesterosa clama por ayuda a la población. Esta, amenazada por el Rey Alfonso VI bajo pena de perder los ojos, le niega todo auxilio. Eso no impide que desde las ventanas se escuche el siguiente lamento: "Dios, qué buen vasallo, si tuviera buen señor".


El Cantar de Mío Cid es reconocida como la primera gran obra de la literatura española, escrita en su totalidad en castellano, y no en latín, como se estilaba; relata las últimas hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador. Aunque la versión que los especialistas atribuyen a Per Abbat, fue escrita alrededor del año 1140, siempre veremos que es referida como obra anónima, ya que ésta muy probablemente sea transcripción del trabajo de uno o más juglares desconocidos.


Desde su primera publicación, el Poema del Mío Cid ha sido dividido en tres cantares. Cada uno de estos cantares correspondería a una jornada o sesión de recitación.


Primer cantar. Cantar del destierro. Cuenta cómo El Cid, desterrado de castilla por el Rey Alfonso VI, tras abandonar a su esposa y a sus hijas (casi en calidad de rehenes), pasa por Burgos donde el pueblo le niega auxilio. Inicia una campaña militar hacia el sur de Castilla para reconquistar tierras que están en manos de moros, acompañado por sus fieles. A cada batalla ganada, el Cid envía al Rey varios presentes para recuperar su favor.


Segundo cantar. Cantar de las bodas. El Cid logra conquistar Valencia y envía el acostumbrado presente para el Rey. Esto le vale el perdón real. Los Infantes de Carrión (hijos del conde de Carrión),  motivados por la creciente fortuna del Cid, piden la mano de sus hijas Doña Elvira y Doña Sol. Aunque estos personajes no son de su agrado, El Cid accede a las bodas por mandato del Rey.


Tercer cantar. Cantar de la afrenta de Corpes. Los tales Infantes dan muestra de su cobardía al huir de la batalla y de todo aquello que les represente un peligro. El Cid los reprende y estos  pretextan un viaje de vuelta a su tierra, haciéndose acompañar de sus esposas a las que, en el paraje de Corpes,  hacen objeto de abuso y ofensas. Para vengar esta afrenta, el Cid organiza un torneo donde los dichos abusadores son derrotados y sus hijas tomarán nuevos maridos, los Infantes de Navarra y Aragón.


El cantar del Mío Cid no ha sido el único poema en torno a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar. Muchos de los episodios más conocidos de este personaje no están consignados en el poema, sino que son fruto de la tradición (como la escena en la que el cadáver del Cid sujeto a su montura derrota a las huestes del rey moro Búcar que atacaban Valencia).


Aunque hoy en día, gracias al poema, el Cid sea un símbolo de piedad cristiana y de la lucha contra los musulmanes, es bien sabido que el Rodrigo Díaz de Vivar de carne y hueso, prestó servicios para los reyes moros de Zaragoza, lo cual lo pone en calidad de mercenario, como los muchos que había en aquella época y cuya espada se ponía al servicio del mejor postor.

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