Esta breve historia es mi regalo de cumpleaños, pues no quiero olvidar lo que estoy viviendo en este lugar; si bien la mayoría de cosas que pasan son malas, también pueden surgir otras cosas para enseñarnos a vivir la vida de una manera que agrade a Dios.
Yo soy José, “El Hamburguesa”, “El Arrepentido”, “El Locutor”, recientemente el “El Voz De Profeta”, soy el que quiere y anhela escuchar nuevamente “Pepe”, pues esta sencilla palabra ahora es mi esperanza, quiero escucharla estando fuera de éste lugar. Jamás pensé que llegaría a caer en semejante abismo, carente de la mayoría de emociones que tiene un ser humano, un abismo donde no existen los amigos y mucho menos alguien que se preocupe por ti, un lugar donde la mayoría de sabores, colores y olores agradables no tienen cabida. Sabores insípidos, el aroma a nicotina es lo que predomina, el color más alegre es el de las pulseras elaboradas por los habitantes de este lugar, azul pero no el azul infinito del cielo, predomina el azul de la vestimenta que portamos sin vida y que arrastra un gran pesar, color que nos distingue y nos etiqueta.
Lo único que te indica la hora en este lugar son los pases de lista “6, 8, 13, 18”; el 18 indica que solo queda agradecer que un día más ha terminado. Al principio me exaltaba cada vez que escuchaba mi nombre, pues creía que la pesadilla había llegado a su fin; sin embargo, la ilusión se perdía entre las burlas de los internos, así está escrito en la puerta del infierno: “Abandonad toda esperanza”. Sin embargo, me sigo poniendo de pie al inicio del día, sacando fuerzas para que mi pesar no aumente y me agobie.
El abismo te consume y te convierte en un habitante más. Tratas de actuar como ellos para mimetizarte y sobrellevar las cosas, empecé a perder mi esencia poco a poco, esta situación envuelve tu alma con un velo de tristeza, pero bastó el comentario de uno de los habitantes para comenzar a recobrar la compostura: “Tú no eras así, ni aquí ni allá afuera, no intentes ser como los otros; sé tú mismo, tú vas a ser grande”. “¿Cómo una persona como yo puede ser grande?”, me pregunté, y negué la posibilidad de ese hecho pues sentí que había fracasado en la misión de mi vida.
Comencé a meditar, pues me daba cuenta que algo estaba sucediendo. Mis oraciones se volvieron más humildes y reales; de pronto, un día fue como si Dios se apiadara de mi y retirara la bruma que obstruía los ojos de mi alma y pensamientos, colocándome de nuevo dentro de mi carrito de madera y me mostró como nunca dejó de jalar de él, o más bien que nadie dejó de jalar de él.
Pedí perdón, ya que mis seres queridos por la gracia del señor no me han abandonado y me profesan un amor jamás sentido. Ahora me veo con ojos distintos a los del ayer, padres, hermanos, primos, sobrinos, amigos y quizá mi futura esposa me esperan afuera de este abismo. Buscaré ser paciente, ya que Dios sabe que la vida en este lugar no es fácil, así como también sabe de mi arrepentimiento y mi compromiso con él y con la sociedad.
“Al principio me exaltaba cada vez que escuchaba mi nombre, pues creía que la pesadilla había llegado a su fin”.
