Un misterio ronda la verdadera identidad de William Shakespeare (1564-1616), algo que incrementa su reconocimiento, su gloria. La dicotomía entre su personalidad bastante banal de notable de Stratford-upon-Avon y la dimensión épica de sus obras dio lugar a numerosas especulaciones: la paternidad de sus obras fue en ocasiones atribuida a Francis Bacon y a John Florio.
Paradoja del genio, como lo retrata Diderot, fue igualmente un autor popular por excelencia, uno de los «hombres-universales» más raros para Victor Hugo, «genio bárbaro» para Voltaire, cuyo clasicismo riguroso no le impide calificar en estos términos al dramaturgo inglés: «Tenía un genio lleno de fuerza y de fecundidad, sin la más mínima chispa de buen gusto y sin el más mínimo reconocimiento de las reglas».
En su diario, André Gide escribe en 1933: «Hombre y naturaleza, en sus obras abiertas al viento, toda la poesía ríe, llora y tiembla con Shakespeare». Anteriormente, las formas habituales del teatro inglés popular de la época Tudor eran lo que llamábamos «obras morales». Estas obras, que mezclaban la piedad, la farsa y lo burlesco, eran alegorías en las que los personajes encarnaban virtudes morales defendiendo así una vida piadosa.
Una nueva corriente va surgir a finales del siglo 16, que enriquecerá la anterior. El genio de Shakespeare está en haber concentrado en sus obras todos los rasgos de la grandeza y de la pequeñez humana. La gran corte y la gente del pueblo vivían el teatro como una escapatoria a sus pasiones, como medida a sus ambiciones, como exaltación compartida que se expresaría libremente en las representaciones, donde los espectadores interactuaban con los actores y no dudaban en regañar les.
Entre la razón y la sinrazón
La ambigüedad de sus personajes es constante, la frontera es porosa entre los mundos y el tema de la locura siempre está subyacente: «El necio se cree sabio, y el sabio reconoce ser un necio». Hamlet ve sus noches amenazadas por el fantasma de su padre, que le empuja a vengarle. Él fingirá estar loco para descubrir al asesino de su padre. Vive en un sueño sujeto a pesadillas, donde la lucidez, la pelea contra la sinrazón y las grandes preguntas existenciales se abordan: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña tu filosofía».
El célebre aforismo «Ser o no ser, esa es la cuestión» plantea el asunto de la elección y la personalidad humana confrontada a la carga amarga de la existencia y de la incertidumbre post-mortem. Buenos consejos, sin embargo, se establecen: «Escucha a todos, pero las palabras a pocos.
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