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"Aquí nadie se queja por usar cubrebocas": oaxaqueña vive la pandemia desde Portugal

Foto(s): Cortesía
Redacción

LISBOA, Portugal.- A finales de agosto de 2019, tomé todas mis cosas y emprendí mi viaje hacia Portugal para estudiar una Maestría en Comunicación Audiovisual y Multimedia, en la Facultad de Diseño, Tecnología y Comunicación de la Universidade Europeia, localizada en esta ciudad.


Me emocionaba mucho volver a la escuela e iniciar una nueva aventura en otro continente.


Al inicio, como era de esperarse, me tomó un poco de tiempo acostumbrarme a mi nueva vida y justo cuando ya estaba habituada, la pandemia cambió todo por completo. 


Cambio radical


Cuando llegué a estudiar a Lisboa, después de realizar todos los trámites que faltaban, arreglar papeles en la escuela y demás, mi rutina se volvió predecible: ir a la escuela en metro todos los días, ir al supermercado el fin de semana, hacer tarea y proyectos de diseño en la biblioteca de la escuela o en algún café. Pensaba que todos los meses serían así, pero en marzo todo cambió.


Después de China, Europa fue uno de los primeros lugares donde el coronavirus COVID-19 se propagó rápidamente.


En Italia y España había demasiados contagios así como muchos decesos.


El gobierno portugués, al ver esto, decidió actuar rápidamente.


Dentro de la Unión Europea, la gente puede viajar libremente, entre país y país, por auto, tren, autobús, etc., y tomando en cuenta que la frontera entre Portugal y España (conocida como La Raya) tiene mil 214 kilómetros de longitud, el virus podría propagarse rápidamente de un país a otro.


Así como en Italia, la población portuguesa es sumamente susceptible al virus, ya que al menos 20 por ciento de los habitantes tiene 65 años de edad, o más. 


Además de que también un 20 por ciento de la población es fumadora. 


No obstante, los riesgos eran muy altos y fueron necesarias la aplicación de medidas extremas para detener la propagación del coronavirus.


El encierro


El semestre apenas había comenzado, cuando el gobierno portugués ordenó que todas las clases (en todos los niveles educativos) se dieran virtualmente.


Así mismo, todos los restaurantes, centros recreativos, bares, cines, centros comerciales, las playas, etc., estarían cerrados indefinidamente, hasta nuevo aviso.


Los únicos establecimientos que tenían permitido abrir eran los supermercados, farmacias, hospitales, y algunos restaurantes con servicio a domicilio.


En los supermercados la entrada estaba muy restringida, sólo podía haber un pequeño número de personas adentro.


Lisboa es uno de los principales atractivos turísticos en Europa, pero durante este tiempo, parecía una ciudad fantasma.


Las pocas veces que salí por víveres, no pude evitar sentir una tristeza extrema y un sentimiento de incertidumbre.


Todo parecía abandonado, como una película postapocalíptica, porque no había fecha probable para que los establecimientos volvieran a abrir.


Los hospitales seguían a su máxima capacidad con enfermos por COVID-19 y mi familia en México estaba demasiado preocupada por mi salud, ya que desde los seis años padezco de asma. 


Mucha gente creyó que la cuarentena duraría poco tiempo y que las medidas de seguridad tan estrictas no durarían tanto.


Nadie tenía permitido salir de su casa más que para hacer compras necesarias. Policías patrullaban las calles todo el tiempo y tenían el derecho de preguntarte hacia dónde ibas.


Los trabajadores esenciales debían llevar consigo un permiso escrito que les permitía trasladarse del trabajo a su casa y viceversa. Los viajes, incluso entre distintos municipios, estaban prohibidos.


En mi clase, todos teníamos la esperanza de volver a la escuela, pero los meses pasaron y tuvimos que clausurar el semestre virtualmente.


Una nueva realidad


Ahora, ya que el virus está mucho más controlado (hay menos de 150 nuevos casos al día en todo el país), todo está mucho más relajado.


Todos los comercios pueden estar abiertos, siempre y cuando todos utilicen cubrebocas adentro.


El número de clientes se sigue contando e incluso en las tiendas más pequeñas, no se permiten más de una o dos personas al mismo tiempo.


A cualquier lugar al que vayas, toda la gente usa cubrebocas y se lava las manos constantemente.


En algunos lugares, como clínicas y oficinas, se mide la temperatura de todas las personas que ingresan.


Toda la gente coopera y nadie pelea con los empleados. 


Nadie se queja por tener que usar cubrebocas.


Cuando veo videos en internet de México o Estados Unidos, de personas peleando por un simple cubrebocas me da mucha tristeza.


Me encantaría que todos entendieran que un acto tan pequeño puede ayudar inmensamente a controlar el virus. No se trata del gobierno, ni de los hospitales, sino de nosotros mismos.


Entre todos tenemos que cuidarnos.


Creo que cuando estás lejos de tu familia, como yo, es cuando te das cuenta de que la salud y el bienestar de tus seres queridos es lo que más importa.


Aquí en Portugal ya pasamos lo peor de la crisis, y aunque todo parece estar bajo control, toda la gente sigue las recomendaciones del Ministerio de Salud.


Sólo me queda decirles: tengan paciencia. La salud de ustedes y de su familia es más importante que esa reunión o fiesta. Un poco de cooperación por parte de todos tiene excelentes resultados. Y no se desesperen, que esto pasará. 

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