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Lubina

Foto(s): Cortesía
Redacción

Para mi amiga Ana, que nunca me soltó la mano.


—¿Ahí trabaja Mariana la marrana? —pregunta una voz femenina—. ¿Ahí trabaja Mariana la mariguana? —Vuelve a preguntar ante el mutismo de su interlocutor.


Mariana cuelga el teléfono por quinta vez. No puede reportarlo, pues es la recepcionista; está obligada a contestar todas las llamadas que entren a la oficina.


Ring ring.


-¿Ahí trabaja Mariana la marrana? —Vuelve a intentar Lubina con toda la intención de desquiciar a la mujer que vio besando la mejilla de su esposo. Es tan persistente que puede tomarse minutos de su atareado día para marcar los ocho dígitos y hacer las mismas preguntas una y cien veces más. Odiaba que Mariana no fuera capaz de enfrentarla. Su número quedó registrado, para estas alturas ya debería saber que es ella la que marca.


Se lo advirtió a Esteban hace unos días; si no le ponía un alto a su aventura, ella tomaría cartas en el asunto. No lo abandonaría. Al menos no ahora. ¿Por qué permitir que una arribista destruya siete años de relación? ¿Una casa compartida? ¿Promesas? ¿Viajes? Pero, sobre todo, el tiempo que le invirtió a un hombre que no la merecía. Antes dejó que otras Marianas se le metieran a Esteban por los ojos, la entrepierna, su billetera, que podía dejar pasar a una mujer más. En especial, si no estaba segura de que se la anduviera cogiendo. Necesitaba más que una foto, mensajes confusos en el celular, el olor a perfume dulzón con el que regresaba Esteban los últimos viernes.


—¿Ahí trabaja Mariana la putana? —Sube el tono de su pregunta esperando que esta vez tenga respuesta—. Cuelgan. Lubina escribe un documento con las tres preguntas y firma con: “Tú ya sabes quién soy”. Lo imprime y lo manda por fax.


Mariana recibe el documento, se alivia de que nadie más haya tomado el fax por equivocación. Lo guarda en su bolsa. Esa es la primera prueba física de que alguien la hostiga.


Lubina tuvo que interrumpir su venganza porque el jefe de Recursos Humanos la atascó de trabajo y no tiene ni un minuto para tomar el teléfono. Después de fracasar once veces, sabe que tiene que encontrar otra forma. Durante días teje en su cabeza el plan perfecto.


Es viernes, el hígado de Esteban sabe que necesita un par de cervezas para descansar de la semana. Se dirige a la cantina y se sienta en la barra. De a poco van llegando sus amigos. Ponen canciones en la rockola, se empedan. Piden un pomo para llevar y se van los más valientes a la casa de Mariana.


Lubina lleva diez cigarros y un six de Modelo. Espera paciente a que la camioneta de Esteban se estacione. La lluvia ha favorecido porque ningún vecino reportó a la Blazer dorada que lleva cinco horas vigilando el domicilio de Mariana. De pronto se escucha un par de motores acercarse. Cuatro hombres bajan de sus autos y entran a la casa. Pasan las horas, Lubina quisiera ser invisible para poder entrar y mirar de cerca la orgía que seguramente está sucediendo en el interior. Mientras fuma su veinteavo cigarro, ve a los amigos de Esteban salir de la casa, sin él. Aguarda, uno, dos, cinco minutos.


En sus años de adolescencia, su primer novio le enseñó a abrir las puertas con una navaja y una tarjeta. Repite la maniobra que aprendió y logra entrar. Esteban está completamente borracho y duerme sobre el sillón. Sube a la habitación principal y se encuentra con Mariana, que también duerme. No sabe qué hacer, planeó cualquier situación, menos encontrarlos dormidos. Llora en silencio. Baja las escaleras y ve a Esteban sufrir con la espuma que le sale de la boca. —Pinche borracho —le murmura, y revisa su cartera—. El condón sigue ahí, por precaución se lo coloca en el pene casi erecto y se retira a su casa. Quiere dejar atrás la paranoia y el descontrol de sus celos. Total, vendrá otra Mariana a la que pueda fastidiar.


A la mañana siguiente, un policía toca la puerta de Lubina, su esposo se ahogó con su propio vómito. Está muerto. Tiene que ir a reconocerlo para hacer los trámites necesarios. No siente pena, toma sus jeans que no ha estrenado y sale con lentes oscuros. Durante el velorio, adopta su papel de viuda. Se lamenta por no encontrarlo en la movida.


Mariana, tras dar su testimonio a los policías, vuelve a casa. Llora todo el fin de semana por el único hombre que amó y no pudo tener. Halla consuelo al saber que nadie más volverá a molestarla.


Ring ring. —¿Ahí trabaja Mariana la asesina? —Pregunta la misma voz de siempre.


SEMBLANZA


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Poeta y narradora.


Estudia la Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato. Ha publicado los poemarios Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial la Rana 2019), así como el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Además de aparecer en algunas antologías nacionales. En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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