Aún sin la validación oficial para que en Oaxaca se implemente el tratamiento de plasma convaleciente en enfermos graves de COVID-19, Carlos Contreras aceptó ser parte de la fase experimental y se alista para donar plasma por segunda vez.
“No debemos escatimar, no tenemos que esperar miles de muertes en Oaxaca para pensar en ayudar”, dice con el apasionamiento de ser un donante voluntario frecuente, médico de profesión y un paciente recuperado de COVID-19, pero sobre todo con la preocupación de que en el estado alrededor de 170 personas no pudieron volver con su familia porque se impuso la muerte.
Hablar de la COVID-19 para Carlos no se limita a números. Así fuera un sólo fallecimiento, pide pensar que se trata de una persona que no pudo regresar con su familia o que dejó de contribuir de alguna manera a la sociedad, un privilegio de vida del que ahora goza.
En un área laboral que impedía realizar las actividades desde casa, Carlos enfermó cuando en Oaxaca los contagios con COVID-19 se confirmaban aún por decenas y las muertes eran pocas, pero ya en plena transmisión comunitaria, sin casos importados.
Comenzó con malestar general en el cuerpo y un ligero dolor de cabeza que buscó curar con analgésicos, pero a las 24 horas los síntomas volvieron y se multiplicaron: cefalea, fiebre y un dolor en el cuerpo que le hicieron dudar e interrumpir sus labores.
Después de que sus síntomas se acentuaron y una serie de interrogatorios telefónicos, logró que a su casa llegara personal de los Servicios de Salud de Oaxaca a tomarle la muestra que al día siguiente le permitió saber que enfermó de COVID-19, lo que también le ocurrió a su esposa.
Ambos se quedaron sin salir de casa. Lo que hicieron los días anteriores se los permitió, habían comprado víveres suficientes y sus hijos estaban en casa de las abuelas; sólo tenían reuniones pendientes del trabajo.
Incredulidad
Antes de enfermar de COVID-19, Carlos hasta se reía de la nueva enfermedad, “pensaba que era una exageración”, pero el problema fue al quinto día cuando los malestares se acentuaron y comenzó a sentir una opresión en el pecho.
En ese momento le quedó claro que su obesidad e hipertensión lo hacían estar dentro del grupo de riesgo, la fiebre aumentó y no se podía controlar con dos dosis de analgésico, a falta de tratamiento médico específico.
“La realidad es que todo sigue en fase de experimentación, sólo es seguir con analgésicos”, aclara. La opresión en el pecho y espalda aumentó, la fiebre no cedía. Con su esposa hizo un pequeño plan de cómo actuar si requería hospitalización, pero no fue necesario.
Al octavo día empezó a ceder el dolor torácico. no hubo dificultad respiratoria como tal que hubiera representado un signo de alarma y ambos lograron superar la enfermedad en los 14 días, sobre todo ella que presentó síntomas leves.
Compartir vida
Cuando escuchó del tratamiento de plasma, ambos cumplieron con el protocolo que se sigue a nivel internacional para detectar padecimientos infecto-contagiosos. Ambos eran negativo a SARS-CoV-2 y pudieron donar.
Sólo tuvo que llegar en ayuno al Centro Estatal de Transfusión Sanguínea y esperar que durante 40 minutos la máquina de extracción de plasma hiciera su trabajo. No supo quién recibió las defensas que su cuerpo generó al SARS-COV-2, porque ya había una lista de pacientes en espera, pero tiene la seguridad de que donó vida.
“Una cama de hospital o un ventilador no es garantía de sobrevivencia para un paciente con COVID-19, son herramientas médicas para mantenerlo con vida mientras su organismo empieza a defenderse del ataque y donar plasma es una forma de ayudarle”, explica.
En torno a la donación de cualquier componente sanguíneo "hay muchos tabús, a veces es entendible por qué nos cuesta trabajo donar, pero si todos los pacientes recuperados donamos, habrá más posibilidades de sobrevivir a la COVID-19”, dice con la seguridad de esperar un segundo o tercer llamado para donar parte de la inmunidad que su propio cuerpo adquirió.
