Bajo el sol matutino se juntó la pena con el dolor. Achaques de los años, ansias de platicar con alguien. O aunque sea unos minutos de atención. Así se encontraron los dos varones, Oliverio y Hermenegildo, entrados ya en años.
La pequeña área recreativa de la fuente de las Ocho Regiones de la capital, es refugio para encontrar amigos; pero también para descansar de las muchas horas y tensión en espera de un diagnóstico médico o la atención a un familiar en el Hospital General Doctor Aurelio Valdivieso.
“Yo vine porque me duelen mucho las rodillas, ya casi no podía caminar”, comparte uno de ellos, originario de Nochixtlán. “Yo vine a distraerme, a platicar, a hacer amigos”, dice el otro, que pasó medio siglo en los Estados Unidos.
Entre orgullo y pesar, muestra su pierna mecánica, que suple a la amputada por la diabetes. Entre los ancianos, los padecimientos amainan con la conversación.
Pero en el interior del nosocomio, el dolor es latente. Sufrimiento por la enfermedad o a la espera de un paciente en parto, que se agudiza con la intemperie. Un centenar duerme, come, vive, entre ramas y plásticos, en el patio del nosocomio más grande del estado. Ahí no hay albergue y el único anexo, está saturado o no lo conocen.
Dolor, vejez, experiencias y angustias se comparten afuera del hospital.
Patio, a falta de albergue
Una solitaria mujer, en espera de su allegado que recibe atención médica, no halló lugar más que a un costado del pasillo del acceso principal al nosocomio, en la colonia Reforma de la capital.
Sin cobijas, con escasos cartones como colchón, le venció el sueño y cerca del mediodía aún no le calentaba el fuerte sol.
Pero no sólo los pasillos se ocupan. La pequeña sala de espera, en el patio del inmueble, es insuficiente para albergar a decenas y decenas de familiares. Unos se acurrucan en la dura silla de plástico; otros se acomodan las cobijas; unos más apilan cartones; otros, somnolientos, tratan de buscar alimentos en las inmediaciones.
A falta de albergue, una reducida jardinera es usada como dormitorio por varias personas, e incluso las ramas de los arbustos sirven para sostener lonas y plásticos que permiten mitigar el frío.
La larga espera hospitalaria no conoce rincones cómodos; la angustia, menos.
Tejer y destejer la vida
Frío que a doña Paula Avendaño y a don Carlos no les incomoda mucho. Ella está al sol, suda, mientras teje un cesto, con cintas de plástico, a falta de palma. “La palma ya no se da, como ya no llueve, pues ya no se da, ya tenemos que comprar plástico”, dice la mujer, que no cesa los dedos en la elaboración del artículo, por el que ganará no más de 50 pesos.
Ellos llegaron de Santa Cantarina Adéquez, Nochixtlán, junto con su hija que está en labores de parto; él arribó por la mañana de ayer, pero ella desde el domingo; por lo tanto, se tuvo que quedar a dormir donde pudo.
“Pos qué le vamos a hacer, no hay de otra; en el pueblo no hay trabajo, no hay nada; no hay empleo, y pos lo poco que tenemos lo destinamos pa’ nuestra hija”, dice ella. Ambos confían en regresar a casa pronto, una vez que el alumbramiento no tuvo complicaciones.
Angustiosa espera
Más angustiosa es la espera de doña Petra Aracely y don Claudio Santiago, que vienen de Nuevo Zoquiápam, en la Sierra Juárez; ella ya lleva más de una semana, aunque cada vez que puede, se queda a un lado de su hijo, encamado en el hospital, y no al aire libre.
El ahora joven, de 26 años de edad, padece convulsiones desde los 14; en una de esas cayó y se golpeó fuerte; se rompió el brazo.
Lo llevaban a tratamiento al centro de salud de la localidad, pero ahora por primera vez lo trajeron al Civil, está en Traumatología en espera de una intervención quirúrgica; pero de las convulsiones nada saben, lo único que les han dicho es que le cambiarán el tratamiento.
“Es complicado por los gastos; el campo no da ni sembrando milpa, no hay salario. Estamos a la buena de Dios y a la espera de un milagro”, dicen ellos.
Llegados de Nuevo Zoquiápam, el matrimonio ya lleva una semana en la capital.
Frío anuncio
Otro caso es el de un par de mujeres de Santa María Peñoles; jóvenes ellas, curtidas por el frío, pasan el rato a un costado de la jardinera. Ambas llegaron el sábado, para traer a un familiar en labores de parto.
Venir de su pueblo les llevó tres horas de camino, en destartalado autobús. Desde hace tres días han tenido que gastar en alimentos, a veces tortas, a veces tacos, que igual están caros; el primero, a costo de 25 pesos; el segundo, mínimo a 15 pesos, más un refresco de 10 pesos, o agua, aunque limpia no hay.
Las tímidas mujeres confían en que pronto darán de alta a su familiar, para regresar cuanto antes a su pueblo.
“Lo que pasa es que en pueblo no hay clínica, no hay médico, por eso tuvimos que llegar hasta acá. Pensábamos que no nos iban a atender porque había paro, pero qué bueno que no hay”, se consuelan ellas, que llegada la noche eligen su pedazo de piso para dormir.
Dormir, tejer la vida, destejerla. Platicar, soñar con una vida sana, el ambiente hospitalario.
Los dos alegres amigos
Afuera el sol quema, pero a los amigos espontáneos no les importa mucho. Oliverio González regresó hace poco del norte (Estados Unidos) y trata de distraerse y hacer amigos.
Hermenegildo Cruz es de Nochixtlán, pero radica en la capital; salió a caminar para ejercitar sus rodillas, que a falta de líquido articular se le habían atrofiado.
“Hace algunas semanas, justo en el paro, estuve internado; estaba feo, aunque tarde, me atendieron, gracias a Dios; lo único es que tenía que comprar mis propias medicinas, porque no tenían. Después de 20 días me dieron de alta, me recomendaron caminar”, dice.
Al otro hombre le acabó la diabetes la pierna; se la detectó tarde y tuvieron que amputarle la derecha. Ahora ya se cuida, se inyecta insulina tres veces al día, disfruta de la vida y del producto de su trabajo; es jubilado.
“Ahora no queda más que cuidarse, porque ya ve que las enfermedades no perdonan; hay que cuidarse, hay que cuidarse mucho”, dicen, mientras la vida pasa en el hospital y sus cercanías, entre el frío, angustias y camas de piedra.
El fallido albergue
A finales del año 2011, el entonces secretario de Salud, Germán Tenorio Vasconcelos, ideó un albergue al aire libre, para lo cual tomó parte de la calle Doctor Mario Pérez Ramírez, en el lado norte del nosocomio, cerca de la entrada a Urgencias.
Presuntamente, sin contar con los permisos respectivos por parte de la autoridad municipal, construyó galeras con estructura metálica, y asientos, que eran ocupados como dormitorio e incluso cocina, por parte de familiares de los enfermos. Ante la polémica generada por la invasión del carril de circulación vehicular, un año después fue retirada la estructura y actualmente se utiliza únicamente como carril especial para el estacionamiento de ambulancias.
