Oaxaca.- Omar llega temprano al albergue y comedor Paula, anexo al templo del Carmen Bajo. Acompañado de sus amigos, se incorpora a la pequeña fila que se forma en la calle de Porfirio Díaz, frente a una reja de hierro. Sin embargo, su figura y atuendo difiere de los demás. Limpio, con ropa de marca, destaca entre los pordioseros, menesteroso, alcohólicos y vagamundos que esperan pacientes un almuerzo caliente.
De 34 años de edad, hablar fluido, respetuoso y amable, Omar cuenta que desde hace tres años se dedica a ingerir bebidas alcohólicas, cuando tocó fondo tras la pérdida de su esposa.
“Fue en Querétaro, viajábamos en una motocicleta cuando nos detuvimos en un semáforo y un conductor nos embistió por atrás. Mi esposa murió y ahí me enteré que estaba embarazada. Desde entonces no puedo superar las pérdidas y me dedico a tomar con estos amigos, que son ahora mi familia”.
Originario de Huatulco, asegura que está en proceso retomar su vida: “Ya lo estoy arreglando, poco a poco”.
Aunque apenas arriba al lugar la profesora Lilia Porras, benefactora del comedor, se apresura a saludarla de mano y pedir disculpas. “Perdón maestra, perdón, ya no vuelve a suceder, perdón”. Es que ayer vine tomado y eso no se permite, agrega a manera de explicación.
GIOVANI
En la larga mesa donde los hombres y mujeres consumen los alimentos (café, pan, gelatina, huevo con chorizo, frijoles y tortillas), Giovani, un menor de 11 años de edad, come en silencio frente a dos amigos.
Ataviado con una playera rota y sucia, el cuerpo lleno de mugre y el cabello encrespado, el niño recibió la oportunidad de acudir a la escuela, pero se resiste.
“Una señora que nos apoya y dirige una escuela le dijo que vaya cuando pueda, a la hora que quiera, que lo van a ayudar para que curse sus estudios, pero no asiste. Es muy testarudo”, comenta la profesora Lilia Porras.
-¿De dónde eres?
-De Puebla.
-¿Y cómo llegaste a Oaxaca?
-Así nomás.
-¿No te gusta la escuela?
-No.
Giovani termina de consumir sus alimentos, levanta la silla de plástico, la acomoda y junto con sus amigos se retira del comedor. Uno de ellos carga con el patrimonio del trío, piezas de PVC contenidas en una caja de cartón.
EL ALMA ALTRUISTA
La profesora Alicia Lilia Porras Mazari de Acevedo, fundadora del comedor, recuerda que en Monterrey conoció un lugar que atendía de manera gratuita a personas pobres, “por lo que acudí a las familias más ricas de Oaxaca para que me apoyaran con 4 mil pesos mensuales a fin de instalar un comedor aquí, pero nadie respondió. Entonces solicité ayuda a un grupo de amigas, entre ellas Mercedes Rojas y Julia Vásquez Cordero, y con ellas lo fundamos en el templo de San Agustín, pero al año nos pidieron el lugar que nos prestaban”.
Añade que la señora Alejandra Espíndola le comentó que podrían instalarse en las oficinas de Acción Católica Mexicana, “así que nos venimos para acá. Aunque estaba en muy mal estado, poco a poco lo hemos ido acondicionando”.
“Por obra de Dios reunimos a 31 amigas que apoyaran el comedor trayendo el desayuno diario, y ellas jamás han faltado. Ya tenemos seis años y ni un día hemos faltado para atender a las personas”.
Informa que todos los días atienden a un promedio de 60 u 80 personas, “pero lamentablemente ya no tenemos ni espacio ni recursos para atender a más, así que si nos quieren apoyar les pedimos que se organicen y abran otros lugares para apoyar a la gente pobre que no tiene ni para comer”.
LOS VOLUNTARIOS
El señor Javier Ruíz Toro manifiesta que entre todos se ayudan, “porque todos comemos aquí, todo lo que traen preparado lo distribuimos”.
Manifiesta que las personas que aportan los alimentos acuden a repartirlos. “Pero quien no falta es doña Lilí Porras, todos los días viene para ver qué hace falta, para organizar los desayunos”.
Mientras ordenas las tazas sobre la mesa, informa que cinco personas permanentemente participan como voluntarios en el comedor. “Yo he estado aquí seis años, los 365 días de cada año”.
-¿Por qué?
-Porque me gusta servir, me gusta ayudar a la gente, además me llenan de satisfacción las expresiones de todos y cada una de las personas que vienen. Cada quien tiene un historia interesante, unos conviven en la central camionera, otros en el río Atoyac, en colonias como la Guardado o el tiradero de basura.
Añade que en algunas ocasiones se llegan tanto a encariñar con la gente que asiste al comedor, que cuando les informan que fallecieron solicitan el apoyo del DIF municipal para que les donen un ataúd, “porque llegamos a considerarlos nuestros hermanos”.
