Oaxaca.- El tiempo fue suficientemente amplio. Comió unas galletas. Fumó un cigarrillo. Eligió entre los zapatos revueltos los del número seis. Ahí mismo suplió los desgastados Air Jordan tipo botín y salió caminando entre los vidrios rotos de aparadores de la Zapatería Azteca, uno de los cuatro comercios saqueados en el centro histórico durante la noche del domingo y madrugada del lunes en Oaxaca.
El revoltijo sobre la calle de Hidalgo aparenta la imagen de una explosión. Vidrios como millones de piezas de un rompecabezas. Calzado nuevo y cajas de tenis por aquí y por allá. Por la banqueta, ruedan los chicles. Van en fuga por el agujero del contenedor estrellado en el piso.
El gerente de la tienda camina de un lado a otro tratando de asimilar lo ocurrido. Esquiva zapatos y vidrios revueltos en todo el local. “Tuvieron tiempo de hacer lo que quisieron, hasta cambiarse de zapatos”, expresa sin volverle el color al rostro perdido por la impresión.
Unas lonas y cobijas prendidas de las estructuras de los puestos provisionales resguardan el lugar. El reloj pasa del medio día. La denuncia fue interpuesta pero ninguna autoridad ha llegado a certificar lo ocurrido.
Rapiña
Sobre esa calle, la misma escena. Arremolinados , los ojos curiosos se asoman entre las cortinas y plásticos que resguardan el Coopel. Adentro los anaqueles fueron desmantelados. Los aparatos electrónicos y electrodomésticos desaparecieron. No quedó más que un centenar de etiquetas tiradas en el piso. Más allá, los maniquíes despojados de sus ropas. “No perdonaron nada”, expresa doña Julia, quien tiene un comercio a la vuelta de donde se ubica Coopel.
En esa esquina, la barricada -único testigo del saqueo- lanza una bocanada ligera. Una camioneta se detiene de sopetón. Con palas y escobar personal del ayuntamiento comienza el retiro raudo de los escombros. Atrás un convoy de cuatro unidades de la policía vial con elementos antimotines vigila el operativo. “Ya para qué”, reprocha un transeúnte que había acudido a Coopel a liquidar su adeudo con la tienda.
Bombas molotov
La camioneta arranca. El convoy rodea el zócalo en el retiro de barricadas instaladas en 15 puntos. En la esquina que forma 5 de Mayo e Independencia, el hollín quedó extendido en toda la calle. De frente al imponente teatro Macedonio Alcalá, quedó una rejilla de refrescos con botellas vacías, en una de éstas un trapo colocado como mecha de una bomba molotov. Con esa escena, dos comercios abren cortina tímidamente.
A pesar de todo, la vida en el corazón de la capital no para. Dos trabajadores se apresuran a colocar una red metálica en los ventanales de Modatelas. En otra refuerzan con triplay y otra más coloca cortina metálica. Sobre el corredor de venta de artesanías frente a correos de México, los comerciantes van, vienen, guardan, doblan, desmontan, cargan, llevan su mercancía. “Nos vamos porque no sabemos qué va a pasar”, expresa la vendedora sin detener su marcha a escape.
José, quien es barman en uno de los restaurantes ubicado en los portales montado en su bicicleta salió a verificar si habrían condiciones para laborar por la tarde. La incertidumbre quedó sembrada. En el Hotel restaurante Marqués del Valle sólo tres de una plantilla de 56 trabajadores llegaron a su jornada.
Dos mujeres hablan de lo ocurrido. Una de ellas lanza la pregunta obligada.
- ¿Ahora que hay qué hacer?
- Pues nada, sólo pedir que Dios nos bendiga- responde la otra con hilaridad.
Cita:
“Tuvieron tiempo de hacer lo que quisieron, hasta cambiarse de zapatos”:
Gerente de una zapatería saqueda
